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Zemari Ahmadi regresó desde su oficina a su casa en Kabul el domingo. Le dio las llaves de su Toyota blanco a su hijo, quien trepó a este junto con otros niños. Esa fue la última vez que lo vio con vida.
Un misil estadounidense, disparado por un avión no tripulado, cayó justo encima del vehículo, según cuenta la familia de Ahmadi y sus amigos. En total murieron diez personas, entre ellas siete niños, y dos contratistas que trabajaban para Washington, entre ellos Ahmadi.
El proyectil disparado buscaba un objetivo del Estado Islámico (EI), responsable del ataque suicida cerca del aeropuerto de Kabul que dejó más de 170 muertos la semana pasada. Ninguno de las víctimas tenía vínculos con el EI.
“El misil explotó encima del vehículo lleno de niños, que estaba aparcado dentro de casa”, explicaba el lunes Aimal Ahmadi, el hermano de Zemari, desde Kwaja Burga, un barrio densamente poblado en el noroeste de Kabul. “Los mató a todos”, añade.
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Los medios estadounidenses como The New York Times no han podido corroborar la historia y si, en efecto, el misil disparado mató a los niños y a los contratistas. Sin embargo, el Pentágono reconoció que hay una posibilidad de que civiles hubieran muerto en el ataque con aviones no tripulados del domingo.
“No estamos en posición de disputarlo”, dijo John F. Kirby, portavoz del Pentágono.
El Comando Central de Estados Unidos no ha abordado las circunstancias que rodearon el ataque del domingo y se limitó a resaltar que fue un “golpe aplastante” contra el Estados Islámico de Khorasan (ISIS-K), el brazo del EI responsable del atentado en Kabul.
El capitán Bill Urban, portavoz del Comando Central del ejército estadounidense, sugiere que la muerte de los civiles no fue causada por el misil lanzado el domingo, sino por una explosión que provino del interior del vehículo posterior al impacto del proyectil, posiblemente por un cargamento de explosivos que se escondía en el coche.
“No está claro qué pudo haber sucedido y estamos investigando más”, añadió Urban.
El lunes, cuando la AFP acudió al lugar, Aimal Ahmadi esperaba impaciente la llegada de familiares que lo ayudaran a organizar el entierro de la mayoría de miembros de su familia.
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“Mi hermano y sus cuatro hijos murieron. He perdido a mi hija pequeña, a sobrinos y sobrinas”, enumera con tristeza ante los restos del coche, reducido a un montón de metal calcinado.
Para Ahmadi, la respuesta del Comando Central es cruel. Sabe que su familia no era simpatizante del Estado Islámico, ni kamikazes que escondían explosivos en el coche para un atentado. Su hermano, Zemari, era ingeniero y trabajaba para una oenegé estadounidense que solo quería trabajar.
El lanzamiento de este proyectil ha sido catalogado como el último error del ejército estadounidense en veinte años de guerra contra los talibanes, a menudo salpicados por la muerte de decenas de civiles como “daños colaterales”.
Las excusas preventivas de Estados Unidos, que mostró su profunda tristeza ante eventuales muertes de civiles, de poco le sirven a Rashid Noori, otro vecino.
“Los talibanes nos matan, el Estado Islámico nos mata, los estadounidenses nos matan. ¿Acaso piensan que todos nuestros niños son terroristas?”, dice desesperado.
*Con información de AFP.
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