En los últimos días se ha vuelto a abordar la posibilidad de un ataque militar contra Irán por parte de Estados Unidos e Israel. La tensión se ha intensificado, no sólo por los atentados a turistas israelíes en Bulgaria, sino por el viejo temor que produce la retórica negacionista de Ahmadineyad y su llamado a la destrucción de Israel. Pero la principal preocupación la origina la posibilidad de toparse con un Irán nuclear.
Para los expertos que priorizan la seguridad israelí y la estadounidense, el armamento nuclear estaría dispuesto para su uso al finalizar el presente año. Además de temer un eventual ataque iraní, se corre el riesgo de que se propague el efecto de oposición a la no proliferación. EE.UU. se vería entonces incapacitado para evitar el surgimiento de estados nucleares que buscarían equilibrarse con Irán y, de ese modo, aumentar su preponderancia en la región: un escenario en el que EE.UU. perdería el dominio de sus intereses estratégicos.
Para evitarlo, Obama ha revelado ciertas ambigüedades, pero entre obstaculizar una intervención militar y una salida negociada, sigue con las sanciones diplomáticas y económicas. Europa, aunque vacilante, contemporiza. Rusia y China, al mismo tiempo que sancionan a Irán, cooperan y dilatan la profundización de las sanciones.
En esa guerra diplomática no debe sorprendernos que Irán busque su propia supervivencia. Tendría ciertas razones para transformar su capacidad en armamento nuclear. En primer lugar, por prestigio. Desde su desarrollo, el armamento nuclear es el principal recurso de poder material para ser considerado potencia, y a Irán lo carcome el atavismo del viejo imperio persa, la vuelta a ser una potencia regional y mundial. Ciertamente, EE.UU. le teme a un competidor disidente en la región.
En segundo lugar, para disuadir: Irán cree que Irak podría haber evitado la invasión si hubiese contado con armamento nuclear. El régimen iraní sólo representa una amenaza para su propio pueblo; no constituye una amenaza a la seguridad estadounidense e israelí, o por lo menos no como la que representaría cualquier Estado sobre otros en un sistema anárquico. Un ataque nuclear de Irán implicaría una retaliación estadounidense devastadora que conllevaría el final del régimen, más preocupado por su propia crisis política y humanitaria. Por tanto, Irán —como afirma Kenneth Waltz— no actuaría de una manera menos racional que otro Estado que ya posea las armas.
Buscando su supervivencia, Irán teme por el contrario al hecho de estar rodeado de varios estados nucleares amenazantes, como los propios EE.UU. e Israel. Las sanciones y la imposición de una agenda de negociación unilateral, que incluye el cambio de régimen o amenazas de bombardeos a reactores nucleares —como en Irak y Siria previamente—, a cambio de eliminar su programa nuclear, son factores suficientes para que Irán mantenga una posición intransigente. Tales presiones lo fortalecen, e incluso los partidos liberales terminan cerrando filas alrededor del gobierno.
* Internacionalista, investigador del Centro Colombiano de Estudios Árabes y profesor universitario.