Seis meses después de la caótica caída de Kabul, la población afgana se divide hoy en dos grandes grupos: quienes no lograron escapar del país tras el temido regreso del talibán y quienes pudieron hacerlo. Y aunque el panorama del segundo colectivo suena de entrada más amable, pues por lo menos ya no tiene que lidiar con las amenazas de los talibanes a diario en casa, este se encuentra encerrado en la misma incertidumbre que el primero. Atrapados sin salida y al borde de la miseria.
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Los países occidentales no han mostrado mecanismos efectivos para reasentar a la población afgana que huyó de su país en agosto de 2021. Reino Unido es una de las pruebas de ello. Más de 12.000 afganos que fueron recibidos por Londres continúan alojados en habitaciones de hoteles que no ofrecen un entorno adecuado para que superen el trauma de la persecución y violencia que experimentaron.
La población afgana no puede salir de estos hoteles porque no han logrado ser reasentados en otros alojamientos, y si dejan estos espacios podrían perder el apoyo que el Ministerio del Interior les ofrece a largo plazo. El proceso de reubicación solo ha avanzado con 4.000 personas y está estancado en la gran mayoría de los 12.000 casos recibidos.
“El gobierno claramente ha tenido problemas para establecer una asociación efectiva con las autoridades locales para trasladar rápidamente a los afganos a hogares a largo plazo en la comunidad”, señaló Enver Solomon, director ejecutivo del Refugee Council, al diario The Guardian.
La situación se repite en Emiratos Árabes Unidos (EAU), donde los afganos refugiados han comenzado a protestar por las condiciones en las que los tienen en hoteles de paso. “Seis meses de cadena perpetua”, “estoy sufriendo mentalmente” y “queremos libertad” son algunas de las cosas que se escuchan en Abu Dhabi, según The Wall Street Journal.
EAU se convirtió en una estación de paso indefinida para la población migrante que salió de Afganistán y que no puede viajar a Estados Unidos, pese a las promesas hechas, por la falta de documentación. Cerca de 10.000 afganos están confinados en residencias fuertemente aseguradas mientras esperan noticias sobre sus procesos de migración a Estados Unidos.
Las solicitudes de visas para viajar a EE. UU. están siendo tratadas mediante el proceso regular de migración, según la prensa estadounidense, por lo que podrían tardar años en ser resueltas.
“Llevamos seis meses esperando aquí. ¿Por qué no han hecho ningún plan para nosotros?”, se quejaba un afgano en medio de una protesta frente a la Embajada de Estados Unidos en Abu Dhabi.
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Hay cientos de migrantes que también están varados en países de Europa y Latinoamérica esperando noticias de Estados Unidos sobre sus solicitudes de refugio. Es posible, según representantes estadounidenses, que miles no sean admitidos.
Los Servicios de Ciudadanía e Inmigración de los Estados Unidos (USCIS) dijeron haber recibido más de 40,000 solicitudes de permisos humanitarios desde julio de 2021, un mes antes de la caída de Kabul. De estas, solo el 0,4 % han sido aprobadas. Miles de personas temerosas de volver a Afganistán continúan esperando regularizarse en el país y, aunque logren este permiso humanitario, cabe resaltar que no tienen un camino para asegurar la residencia legal permanente.
“Los retrasos para los afganos que buscan visas humanitarias son extremadamente preocupantes, por lo que estoy tomando medidas activamente con otros miembros de la Cámara para instar a varias agencias federales a realizar cambios que acelerarían este proceso de solicitud. Es crucial que nos aseguremos de que nuestros aliados afganos que huyen el régimen opresor de los talibanes puede reasentarse en un entorno más seguro de la forma más rápida y segura posible”, dijo el representante demócrata Jim Acosta.
Una crisis desbordada
Para quienes ya se encuentran en Estados Unidos, la situación no es positiva. Hasta el 2 de febrero de este año, el país le dio la bienvenida a más de 76.000 ciudadanos de Afganistán que huyeron del país a través de la Operación Allies Welcome. Esta es una gran cantidad de personas que llegó de manera repentina a EE. UU. sin haber un plan de contingencia para satisfacer sus necesidades básicas. Ante la sorpresa, las agencias que ofrecen asistencia humanitaria fueron desbordadas por las necesidades de esta población y se quedaron cortas para responder a la crisis.
Miles de afganos permanecen en hoteles estadounidenses con estadías prolongadas o en viviendas de alquiler temporal sintiendo que les incumplieron las promesas hechas. Además de los problemas para conseguir un permiso humanitario, el problema para los refugiados es el acceso a vivienda.
Una vez aprobados los permisos, las agencias financian el reasentamiento durante 30 a 90 días. Después de este periodo, los afganos podrían obtener fondos de apoyo de organizaciones sin fines de lucro para costear una residencia, pero es poco probable que el mercado inmobiliario los reciba si no tienen trabajo y no cuentan con un historial crediticio. Los voluntarios que están ayudando a la población afgana en Estados Unidos también señalan con preocupación que no tienen suficiente comida pese a los esfuerzos de las agencias humanitarias.
“La financiación por refugiado no es suficiente. Tenemos múltiples fuentes de financiación, en su mayoría subvenciones, y podemos cubrir las necesidades a medida que surgen en este momento. Pero estamos desviando parte de nuestra financiación administrativa para apoyar cosas como alimentos y fondos adicionales para vivienda”, dijo Courtney Madsen, directora de Church World Service, una de las agencias de reasentamiento, a USA Today.
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Eso nos deja un panorama desolador para el grupo que fue evacuado de Afganistán, más de 122.000 personas solo en agosto, según números de los gobiernos que participaron de las operaciones de rescate en Kabul. No hay un trato digno, no hay agilidad en los procesos de regularización y no hay vías para asegurar una residencia legal permanente.
Para la población que queda en Afganistán la situación es mucho más lamentable. A Queralt Puigoriol, tras estos seis meses, no le queda duda de que “el mundo es una mierda”. Esta activista española, de manera altruista, está ayudando junto a otras mujeres a las personas atrapadas en Afganistán que buscan desesperadamente escapar de la violencia en su país, notando en el proceso la frialdad con la que los gobiernos abordaron esta emergencia. Hay desconexión, hay desinterés y, sobre todo, mucha burocracia.
Puigoriol, quien no conoce en persona a ninguna de las otras siete mujeres con las que trabaja en la campaña Women On The Run, nos cuenta que la situación es dramática. Solo su grupo ha ayudado a tramitar más de un centenar de solicitudes de refugio de afganos. El mayor obstáculo, luego del idioma, son los recursos y los requisitos que se les piden a los afganos para poder comenzar una nueva vida lejos del infierno de Kabul.
Las personas que huyen no tienen dinero para viajar y quienes pueden darse el lujo de hacerlo son detenidos por la barrera de la documentación. Los gobiernos exigen pruebas de que la vida de estar personas está corriendo peligro, sin tener en consideración la situación por la que pasan.
Washington le ha estado fallando a la población afgana en todos los frentes. Los fondos congelados del país sumergen a la nación en una crisis económica aguda que deja a los afganos enfrentando una escasez de alimentos en Afganistán, y estos ya deben enfrentar las duras condiciones que trajo el regreso del talibán a sus vidas. Para quienes buscan escapar las opciones son pocas: tienen que gastar mucho dinero y nadie les asegura que no quedarán atrapados en otro país sin poder hacer una nueva vida. Seis meses después, el drama ya no solo es de quienes están atrapados en Afganistán, sino de quienes quedaron atrapados en los países de acogida luego de huir.
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