Un cese al fuego frágil y unas negociaciones que están lejos de conducir a un acuerdo. Irán y Estados Unidos llevan los últimos meses en un vaivén de acusaciones y propuestas de paz que ninguno acepta y que, por el contrario, han aumentado las tensiones entre ambos.
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Esto, sin embargo, no es nuevo. Irán lleva más de una década diluyendo y aplazando las conversaciones en torno a su programa nuclear, ya sea en medio de conflictos armados, como el que se vivió con Estados Unidos desde febrero de 2026, o en escenarios diplomáticos en Europa enfocados en regular estas prácticas.
Según Guillermo Ospina, profesor de la Universidad San Buenaventura, la estrategia de Irán en las negociaciones internacionales está profundamente ligada a su visión de seguridad y a la necesidad de garantizar la permanencia del régimen. El académico explica que, desde la Revolución Islámica y la guerra entre Irán e Irak, el país ha construido una percepción constante de amenaza, especialmente frente a Estados Unidos e Israel.
En ese contexto, Ospina señala que Irán actúa como un Estado que desconfía de su entorno y de la diplomacia tradicional, por lo que suele utilizar las negociaciones como una herramienta para obtener compromisos vinculantes que le aseguren garantías políticas y de seguridad.
Según el profesor, esa desconfianza histórica ayuda a explicar por qué el país suele prolongar los procesos de diálogo y ser insistente en las condiciones que plantea en la mesa de negociación. El viernes pasado se cumplió un mes del frágil alto al fuego entre Irán y Estados Unidos, marcado por bloqueos marítimos mutuos en el estrecho de Ormuz y amenazas constantes que mantienen la tensión sin llegar al quiebre total.
Por un lado, el gobierno de Donald Trump carece aún de la autorización del Congreso para reanudar operaciones bélicas a gran escala, lo que limita su maniobrabilidad militar. Por el otro, Irán —en desventaja frente al poderío estadounidense— aprovecha esta pausa para reparar instalaciones militares dañadas, al tiempo que propone negociaciones por fases que prioricen sus intereses, como el levantamiento de sanciones y bloqueos antes de discutir su programa atómico.
Sin embargo, la última propuesta de Irán a Estados Unidos fue calificada como “totalmente inaceptable” por Trump, mientras que la República Islámica afirmó que era “generosa” y “razonable”. Este constante cruce de acusaciones y la aparente incapacidad de ambas naciones para llegar a un acuerdo plantean la verdadera pregunta: ¿qué está ganando cada una al aplazar una paz real?
“El retraso en los tiempos, y no ajustarse necesariamente al ritmo que quiere imponer Donald Trump —quien busca acuerdos rápidos—, le ha dado a Irán una ventaja importante, porque entiende que el tiempo juega a su favor en cierto sentido”, afirmó Ospina.
El profesor señala que Irán ha entendido que el tiempo puede convertirse en una herramienta estratégica dentro de las negociaciones, especialmente frente a la postura del gobierno de Trump, que ha insistido en resultados rápidos y visibles.
En ese sentido, Irán estaría dispuesto a dialogar sobre medidas inmediatas, como un eventual alto al fuego o la reapertura del estrecho de Ormuz, pero mantiene la posición de revisar cuidadosamente cada punto de las negociaciones más sensibles.
En esto, Teherán tiene experiencia. La más reciente se remonta a 2019, durante las discusiones en torno al acuerdo nuclear conocido como el Plan de Acción Integral Conjunto. En ese proceso —una de las negociaciones más largas y complejas de los últimos años— Irán planteó limitar parte de su programa nuclear a cambio del alivio de sanciones económicas. Las conversaciones también estuvieron marcadas por constantes aplazamientos y extensos plazos de negociación.
Antes de eso, en 2015, durante el gobierno de Barack Obama en Estados Unidos, se firmó un acuerdo histórico mediante el cual Irán accedía a no fabricar, durante al menos una década, una bomba atómica a cambio del levantamiento de las sanciones económicas. Las negociaciones habían comenzado en 2014 y fueron aplazadas primero seis meses, luego hasta noviembre de ese año, hasta concretarse finalmente en julio de 2015, un año después de su inicio.
“Según relatan algunos de los enviados de Estados Unidos que participaron en el proceso, muchos temas debían negociarse repetidamente antes de alcanzar un consenso. Ese modelo de negociación contrasta con la idea de acuerdos rápidos impulsada por Donald Trump”, explicó el profesor.
Sin embargo, durante el primer mandato de Trump, en 2017, Estados Unidos se retiró del acuerdo nuclear firmado en 2015 bajo el gobierno de Obama. Irán reprochó esa decisión al considerar que destruyó la confianza en Washington como socio negociador, pues evidenció que un pacto firmado por una administración puede ser revertido por la siguiente.
En su análisis “Vivir con la ambigüedad nuclear: las implicaciones de la estrategia nuclear de Irán”, Wyn Bowen y Matthew Moran (Chatham House, 2015) describen cómo Irán recurrió sistemáticamente a aplazamientos en las negociaciones nucleares como parte central de su estrategia de “ambigüedad nuclear”.
Esta táctica le permitió preservar sus opciones para desarrollar un arma atómica sin activar intervenciones militares directas, al tiempo que avanzaba técnicamente en el enriquecimiento de uranio y en el desarrollo de centrifugadoras mientras disminuían las presiones internacionales. El concepto de “ambigüedad nuclear” se ha vuelto más evidente en medio de la actual confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán.
A diferencia del escenario de 2015, cuando el Plan de Acción Integral Conjunto se centraba en la diplomacia y en límites claros al programa nuclear iraní, hoy Teherán utiliza las pausas en la tensión militar y las negociaciones parciales para fortalecer su posición estratégica.
“En la práctica, esto significa que Irán evita cerrar completamente la puerta a un posible desarrollo nuclear militar, pero tampoco confirma abiertamente que esté construyendo un arma atómica. Esa ambigüedad le permite ganar capacidad técnica y política sin cruzar de manera explícita la línea que podría desencadenar una respuesta militar internacional inmediata”, concluyó Ospina.
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