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Bélgica: un viaje al epicentro del coronavirus

La Grand Place de Bruselas logró un punto alto de concurrencia a inicios de diciembre, momento en que el virus redujo su agresividad. A pesar de ello, el temor de la población frente al COVID-19 sigue latente.

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Sebastián Montes Sandoval
24 de diciembre de 2020 - 05:01 p. m.
El mes pasado, la capital de la Unión Europea llenó titulares a nivel mundial como la nación más golpeada por la segunda ola de COVID-19 en el viejo continente.
El mes pasado, la capital de la Unión Europea llenó titulares a nivel mundial como la nación más golpeada por la segunda ola de COVID-19 en el viejo continente.
Foto: Sebastián Montes
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Llegué a Bruselas el 22 de noviembre de 2020 en el vuelo VY8992 de Vueling Airlines. Eran las 2:20 p.m. cuando aterrizamos tras poco menos de dos horas de trayecto en las que el cielo despejado, azul y brillante de Barcelona se convirtió en un cúmulo grisáceo de nubes amontonadas entre sí. Se veía venir un frío aguacero debido a la temperatura de 7°C que me recibió en el aeropuerto de Zaventem, eje principal del tráfico y operaciones aéreas de Bélgica, país conocido para ese entonces como el epicentro del coronavirus en Europa.

Ver más: EE le explica: ¿Cuáles son las restricciones en varios países para controlar el coronavirus en Navidad?

El mes pasado, la capital de la Unión Europea llenó titulares a nivel mundial como la nación más golpeada por la segunda ola de Covid-19 en el viejo continente. Para entonces, registró una incidencia de 1.800 contagios por cada 100.000 habitantes, de acuerdo con datos del Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades (ECDC). El país alcanzó su pico máximo de casos diarios el 29 de octubre, cuando reportó un total de 23.921 infectados.

Tan solo un día después de registrar dichos números, el gobierno belga decretó el cierre total de todos los comercios no esenciales, que vino precedido del parón en la actividad de bares, restaurantes y museos, la obligatoriedad del teletrabajo y un toque de queda a nivel nacional entre las 10:00 p.m. y las 6:00 a.m., decretados pocas semanas antes.

“Es un confinamiento, pero permitirá reabrir las escuelas y no aislará a las personas. Son medidas duras pero necesarias teniendo en cuenta la situación crítica de los hospitales, con más de 6.500 personas internadas por COVID-19”, aseguró el ministro de Sanidad de Bélgica, Frank Vanderbroucke, durante el anuncio de dichas estrategias.

Las fuertes precauciones en territorio belga también venían acompañadas de restricciones importantes para cada viajero proveniente de países del espacio Schengen, únicos autorizados para despachar vuelos hacia naciones europeas debido al avance de la segunda ola de la pandemia.

Para ingresar a Bélgica, era necesario llenar un ‘Formulario Localizador de Pasajeros’, que debía ser enviado 48 horas antes de la llegada y en donde debía especificarse el lugar de estadía de los últimos 14 días, el sitio de residencia en Bruselas, así como responder a preguntas donde se evaluaba la opinión de cada persona acerca del lavado de manos, el uso de mascarillas, el mantenimiento de distancia de 1,5 metros, e incluso las preferencias de los medios de transporte. Imagino que, si se colaba alguno de esos fulanos que no cree en la existencia del coronavirus, preferían estar preparados para tenerlo vigilado.

Las fuertes precauciones en territorio belga también venían acompañadas de restricciones importantes para cada viajero proveniente de países del espacio Schengen, únicos autorizados para despachar vuelos hacia naciones europeas debido al avance de la segunda ola de la pandemia. Para ingresar a Bélgica, era necesario llenar un ‘Formulario Localizador de Pasajeros’, que debía ser enviado 48 horas antes de la llegada y en donde debía especificarse el lugar de estadía de los últimos 14 días y el nuevo sitio de residencia en Bruselas.

El cuestionario también contenía preguntas donde se evaluaba la opinión de cada persona acerca del lavado de manos, el uso de mascarillas, el mantenimiento de distancia de 1,5 metros, e incluso las preferencias de los medios de transporte. Imagino que, si se les colaba alguno de esos fulanos que no cree en la existencia del Covid, preferían estar preparados para tenerlo vigilado.

Aún me es difícil recordar cuantas veces me pidieron enseñar el código QR que me llegó al celular después de enviar dicho formulario, pues era un documento mucho más importante que el mismo pasaporte. Además de mostrarlo antes de entrar al vuelo, tuve que demostrar que lo tenía en medio del trayecto y antes de pasar a migración, donde tres policías se atornillaron en la puerta de embarque para asegurarse de que todos los pasajeros contaban con dicho salvoconducto.

Debo reconocer que el ambiente se sintió tenso. Contrario al aeropuerto Josep Tarradellas de Barcelona, donde la algarabía de los pasajeros en los controles de equipaje apenas me permitió recordar cualquier cosa que pudiera haber olvidado, las terminales de Zaventem albergaron una quietud total. El silencio fue absoluto, y los pasillos que conectaban el control de equipajes con las tiendas duty free se asemejaron un pueblo fantasma, pues todos los comercios estaban cerrados.

Tampoco se podía pensar en interactuar con los demás pasajeros. Todos los que llegaban apenas se miraban entre sí, e intentar preguntar algo generaba una aversión instantánea. Lo descubrí a las malas, cuando mi teléfono se quedó sin cobertura. Traté de pedir internet compartido a un hombre que había llegado en mi vuelo, y así poder contactar al dueño de la casa donde iba a vivir, quien se había ofrecido a recogerme, pero ni siquiera había terminado de preguntar cuando el tipo me miró con ligero desconcierto y se apartó de mí con rapidez. Parecía que los europeos de pura cepa no estaban acostumbrados a pedirse favores entre sí, contrario a los latinos.

Por suerte, no fue necesario solicitar internet, pues me encontré con el dueño de la casa apenas puse un pie en la zona de llegadas. Su nombre es Sébastien, que viene siendo la versión francófona de mi nombre. Lo reconocí de inmediato porque era el único pelirrojo del grupo de personas que se encontraban en la sala de espera. Nos saludamos chocando codos, dadas las circunstancias, y tomó una de mis dos maletas de 25 kilos para ayudarme a guardarla en el baúl de su carro.

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El trayecto desde el aeropuerto a la casa tardó poco menos de 40 minutos. Como quedaba a las afueras de la ciudad, casi todo el trayecto estuvo adornado por un paisaje boscoso con un tono anaranjado, característico de la temporada otoñal que se preparaba para darle paso al invierno decembrino. Solo en el último tercio del viaje pude apreciar la arquitectura de las zonas residenciales, cuyas casas de ladrillos estaban ataviadas con fachadas puntudas y escalonadas en su mayoría. Al parecer, era la característica más notable de la arquitectura flamenca, y su propósito era facilitar la limpieza de las chimeneas y los tejados, casi todos hechos de cerámica, cuando la nieve comenzara a acumularse.

Mi casa queda ubicada en Auderghem, uno de los 19 municipios de la región de Bruselas, situado al sureste de la ciudad y a tan solo 20 minutos de distancia del barrio europeo, hogar de las sedes principales de la Comisión, el Consejo y el Parlamento, donde se reúnen los gobernantes y diputados de los 27 estados miembros de la Unión Europea cada vez que se lleva a cabo una cumbre comunitaria. Sin embargo, tuve que esperar para verlo de cerca.

Como todos los países europeos, Bélgica decretó una cuarentena de 10 días para los viajeros que arribaran a su territorio, dejando las salidas al supermercado como única excepción para conocer los alrededores, que no eran diferentes a una zona residencial llena de casas. La vista era similar desde mi ventana, que daba al patio trasero de los vecinos de enfrente y a algunos edificios que se asomaban a lo lejos.

Aproveché el confinamiento para averiguar sobre los destinos turísticos más reconocidos de Bruselas que podía visitar en medio del cierre decretado por la pandemia. El más notable resultó ser la Grand Place, catalogada como el corazón geográfico, histórico y comercial de la ciudad, que a su vez forma parte del Patrimonio Mundial de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Parecía ser el lugar perfecto para empezar a conocer la ciudad, y curiosamente, el momento ideal, pues mi salida del encierro coincidió con la celebración de la llegada de San Nicolás.

De acuerdo con las tradiciones de los países francófonos, San Nicolás es el equivalente a Santa Claus en Estados Unidos. Suele llegar en la mañana del primer domingo de diciembre para dejar dulces y regalos a los niños que se han portado bien, mientras que aquellos con mal comportamiento suelen encontrar ramas de árbol dentro de sus zapatos. Si bien la celebración estuvo en peligro debido a la pandemia, la ministra del Interior de Bélgica, Annelies Verlinden, firmó una carta conjunta con el ministro de Salud para permitir que el personaje navideño caminara por los tejados durante el toque de queda, tranquilizando no solo a los niños, sino a los pequeños comercios.

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Como consecuencia de dicha “excepción”, los comercios no esenciales reabrieron el 1 de diciembre, junto a los museos y las piscinas. Sin embargo, el regreso a las actividades venía con varias condiciones para mantener a raya el virus: solo se podía recibir a un cliente por cada 10 metros cuadrados, las compras debían hacerse de forma individual y en un máximo de 30 minutos por tienda. A pesar de las medidas, la gente salió de forma masiva para dar inicio a la temporada navideña.

Caminar por la Grand Place y sus alrededores no fue fácil. Saliendo de los edificios principales (el Ayuntamiento de Bruselas, la Maison du Roi y la Maison du Roi d’Espagne), las calles de conexión directa, como la Heuvelstraat y la Rue du Marche aux Herbes, estaban repletas de ciudadanos y turistas que salían de las tiendas de moda con sus compras navideñas, aunque siempre respetuosos de las medidas de seguridad.

Además de la distancia reglamentaria de metro y medio que cada persona cumplía a rajatabla, la entrada de cada tienda contaba con un dispensador de desinfectante y un vigilante que se aseguraba de que todos los clientes hicieran uso del mismo antes de acceder a las instalaciones. La mascarilla, tanto en la calle como en espacios cerrados, era obligatoria.

Solo pude salir del frenesí generado por las compras cuando llegué a las Galerías Saint-Hubert, las más famosas de Bruselas y ubicadas al final de la calle Heuvelstraat, y si bien encontré un poco más de quietud, me percaté que la causa de la misma seguía ligada a las compras conmemorativas de la llegada de San Nicolás, pues los alrededores estaban repletos de las emblemáticas chocolaterías belgas.

“La verdad es que hemos estado bastante ocupados esta semana. Con la llegada de San Nicolás, han venido muchos clientes todos los días. No nos han dado tiempo de parar, y la verdad que se agradece, porque las cosas han estado complicadas para las empresas durante la segunda ola”, mencionó Philippe, encargado de una de las cinco sucursales de ‘La Belgique Gourmande’, una de las chocolaterías artesanales más reconocidas en Bruselas.

Al ser el producto insignia del país, el chocolate ha logrado crear una industria local e internacional a su alrededor. Según cifras de la Oficina Europea de Estadística (Eurostat), Bélgica exportó 300.000 toneladas del producto en 2019, número que representa 14% del total que salió de los Estados miembros de la UE, que llegó a 2,2 millones de toneladas.

En la actualidad, Bélgica es el segundo mayor exportador de chocolate de la UE, solo superado por Alemania con 640.000 toneladas que representan 30% del total despachado por el bloque comunitario. El top cinco se completa con los Países Bajos con 290.000 toneladas, Polonia con 230.000 e Italia con 180.000. Entre ellos, exportaron tres cuartas partes del total de chocolate y barras de chocolate del bloque comunitario el año pasado, agregó la información.

Decidí aprovechar la ocasión para probarlo, aunque no lo comí solo, sino que compré uno de esos típicos gofres recubiertos con chocolate, que estaban de moda dada la escasez de posibilidades a la hora de vender comida en las calles. Son básicamente lo mismo que los waffles, aunque con una masa más ligera y cuadrados más grandes. Eso sí, el sabor es brutal, sobre todo con el punto dulce del producto insignia de la repostería belga.

No obstante, las cifras del mercado del chocolate y la euforia de la población en general a la hora de celebrar la llegada de San Nicolás no impactaron a la totalidad de la misma, pues hubo varios ciudadanos que prefirieron ser más cautos ante la presencia silente de la pandemia y la relajación que empezó a vislumbrarse con el levantamiento de las primeras medidas. Tanto así, que algunas familias no conmemoraron la anhelada fecha, sobre todo aquellas conformadas por padres primerizos.

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“Decidimos no celebrar porque nuestra bebé tiene apenas un año y no quisimos exponerla al Covid con las actividades de San Nicolás. Las cosas están mucho mejor que en octubre, pero no queremos arriesgarnos”, comentó Sammy, uno de los vecinos de mi barrio, al que me encuentro ocasionalmente cuando salgo al supermercado. Vive a solo dos casas de distancia con su hija y su esposa, una ecuatoriana de unos 25 años a la que aún no he tenido el placer de conocer. Hay que aceptar que, estando al otro lado del mundo, se agradece la presencia de personas que hablen el mismo idioma y provengan de países vecinos, aunque sea para charlar un rato.

Lo cierto es que la actitud prudente de Sammy se dejó ver ese mismo domingo, pues el revuelo de las compras y las calles atestadas de gente desapareció para dar paso a una desolación total. A pesar del frío que suele acompañar los días durante esta época del año, no había casi nubes en el cielo, panorama que aproveché para dar una caminata por el Parc de Laeken, creado en 1850 por el rey Leopoldo II. Sus principales atractivos eran sus más de 186 hectáreas y el Castillo Real de Laeken, residencia del rey belga, actualmente cerrado al público. Sin embargo, dicha condición no impactó las actividades de otro símbolo de la capital aledaño al parque: el Atomium.

Diseñado por el ingeniero André Waterkeyn y construido en 1958 por los arquitectos André y Jean Polak, la estructura está compuesta por nueve esferas hechas de acero y aluminio que funcionan como un museo abierto al público, cuyas exposiciones varían según la temporada. En la esfera más alta, situada a 102 metros de altura, contiene un mirador hacia la ciudad y un restaurante en el nivel superior, cerrado temporalmente debido a la pandemia.

A pesar de que se podía acceder a ellos sin ninguna restricción, tanto el parque como el Atomium estaban prácticamente solos. Además de mí, solo había algunas parejas que disfrutaban el día soleado sin pensar en el frío reinante, y grupos de niños con uniformes de boy scout acompañados de sus guías. Incluso los más pequeños seguían la regla de la mascarilla y el distanciamiento al pie de la letra.

No por nada Bélgica logró convertirse en el quinto país con mejor situación epidemiológica de la UE la semana pasada, al registrar una incidencia de 282 casos por cada 100.000 habitantes y reportar un nivel de contagios “10 veces menor que hace 10 semanas”, según el primer ministro de Bélgica, Alexander de Croo. A pesar de ello, los contagios registraron un leve incremento de 3% el pasado 14 de diciembre, con una media de 2.231 nuevos infectados.

Para mantener el nivel de contagios a raya, Bélgica impuso cuatro días después una prueba de PCR negativa para los no belgas que entren en el país, confirmándose como la nación con las medidas más restrictivas dentro de toda la UE, entre las cuales se incluye la obligatoriedad de invitar únicamente a una persona para Navidad, aparte del núcleo familiar que viva en la residencia en cuestión.

Si bien la capital europea ya logró dejar atrás el sobrenombre de “epicentro del coronavirus” para ser uno de los ejemplos a seguir en el manejo de la segunda ola, el gobierno local y comunitario prefiere mantenerse cauto, pues las cifras de Alemania, que reportó 910 fallecidos el pasado 15 de diciembre, junto a los casi tres millones de infectados en Francia (que cierra el top 5 de países con más contagiados de Covid) y la nueva cepa del virus que obligó a Reino Unido a encerrarse en las navidades hacen que Bélgica deba caminar con pies de plomo. Ya no son el foco de la pandemia en Europa, pero están rodeados por escenarios peligrosos que los pueden llevar de regreso al punto de mira.

Por mi parte, soy consciente de que esta será una navidad atípica. La dificultad para hacer amigos es mucho mayor tras pasar un mes sin acceso a los espacios donde la gente suele interactuar, por lo que seguramente tendré que celebrar solo. No obstante, tenía clara dicha situación mucho antes de llegar, por lo que no me afecta demasiado, sino que me tranquiliza al pensar que una normalidad cercana a la que teníamos antes del virus puede llegar pronto, si los programas de vacunación surten el efecto esperado.

Por Sebastián Montes Sandoval

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