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La cuenta regresiva para que Benazir Bhutto retomara por tercera vez el poder en Pakistán se reducía a 12 días. Según todos los pronósticos, la carismática líder, de 54 años, arrasaría en las cruciales elecciones parlamentarias programadas para el próximo 8 de enero. Con ella como Primera Ministra, quedaría atrás un régimen militar de nueve años y la sexta nación más populosa del mundo (165 millones de habitantes), ficha clave en el ajedrez geopolítico de Oriente, retomaría por fin la senda de la democracia.
El jueves pasado, ante centenares de seguidores reunidos en Liaqut Bagh, una plaza en la ciudad de Rawalpindi, al norte del país, Bhutto recordó su estirpe y credenciales políticas para ponerse al frente de esta poderosa nación, miembro del club de países con arsenal nuclear: “toda mi familia se sacrificó por la democracia en Pakistán”.
En efecto, su padre Zulfikar Ali Bhutto, fundador del Partido Popular de Pakistán y derrocado por un golpe militar en 1977, fue ejecutado en la horca en 1979. Su hermano Shawanaz Khan murió en circunstancias misteriosas (aparentemente envenenado) durante un exilio en Cannes, en julio de 1985. Murtaza, otro de sus hermanos, cayó abatido en un tiroteo con la policía en septiembre de 1996.
Sus palabras, sin embargo, más que evocadoras resultaron proféticas. Al termino de su discurso, y mientras se dirigía escoltada a uno de los carros de la caravana, dos disparos, sobre su cabeza y el pecho, y el estallido de un hombre-bomba confirmaron el destino trágico de los Bhutto. A las 6:16 del 27 de diciembre (hora de Pakistán) Abbas Hayat, patólogo del Hospital General de Rawalpindi, anunció oficialmente la muerte de Benazir Bhutto. Las agencias de prensa internacionales incluyeron en sus cables información sobre la muerte de otras 14 personas despedazadas por la explosión, también la enérgica protesta de líderes en todos los rincones del planeta así como la inestabilidad registrada en las Bolsas de Nueva York, Madrid y Tokio.
Historia de una heroína
Bhutto había regresado a Pakistán tan sólo 71 días atrás. El exilio en Inglaterra por casi ocho años terminó gracias a una negociación política con el actual presidente militar, Pervez Musharraf. En el acuerdo, presionado por la comunidad internacional, se levantaban los cargos que pesaban en su contra por corrupción y se garantizaba la participación en los próximos comicios. Incluso se habló de un pacto en el que Musharraf se mantenía en la Presidencia y ella asumía como Primera Ministra. Fórmula para encaminar a Pakistán hacia la democracia sin ceder terreno a los grupos extremistas.
La fórmula finalmente fracasó, así que el 18 de octubre de este año, Bhutto arribó a Pakistán como líder de la oposición a Musharraf y con el propósito de iniciar la campaña hacia la primera magistratura. Ese mismo día, en Karachi, su ciudad natal y una de las más importantes de Pakistán, un ataque suicida en el que fallecieron 134 personas y del que salió ilesa, le advirtió sobre los peligros que acechaban en el camino de regreso al poder.
Las elecciones despertaron la esperanza de la democracia entre los sectores moderados pero también le abrieron espacios a grupos religiosos y fundamentalistas con arraigo en una población mayoritariamente musulmana.
El atentado no amedrentó a Bhutto: “Tenemos que modificar un poco nuestra campaña por los ataques suicidas, pero continuaremos reuniéndonos con el público. No seremos disuadidos”. La carismática líder, quien en 1988 se convirtió en la primera mujer en dirigir un estado islámico, sabía que en una sociedad con fuertes tendencias patriarcales como la paquistaní, el coraje es un valor altamente estimado.
La historia de Benazir Bhutto es la historia de una mujer de voluntad inquebrantable y un carácter templado por las circunstancias de la vida. Siendo niña su padre la invitaba a estudiar biografías de legendarias mujeres como Indira Gandhi y Juana de Arco. Preludio de lo que sería su propio destino.
En 1977, con apenas 24 años, regresó a Pakistán después de completar una brillante educación en las universidades de Oxford y Harvard, para integrarse al servicio diplomático. Pero ese año la suerte de la familia cambió. Su padre fue derrocado por el general Zia-ul-Haq y ella encarcelada en repetidas ocasiones hasta exiliarse en Inglaterra en 1984. Dos años después regresó a Pakistán para retomar las banderas del Partido Popular de Pakistán.
Tras la muerte de Zia en un sospechoso accidente aéreo, Benazir llevó a este partido a la victoria. Alegatos de corrupción en su contra la obligarían a dimitir 20 meses después. Igual suerte corrió en 1996, tres años después de volver a ganar las elecciones. En esta ocasión, las acusaciones iban dirigidas contra su esposo Asif Ali Zardari, desprestigiado con el apodo de “el señor 10 por ciento”, quien pasó varios años en prisión.
Bhutto nuevamente escogió el exilio como trinchera para seguir luchando contra las fuerzas extremistas y la dictadura militar. Ocho años después regresaría con la ilusión de devolver la democracia a los pakistaníes, pero un asesino- suicida se interpondría en el camino.
¿Qué va a suceder?
La muerte de Bhutto deja a Pakistán en un limbo político. Según el profesor paquistaní, Mirza Tassaduk Baic, especialista en derecho internacional y humanitario de la Universidad de Växjö en Suecia, “con la muerte de la ex primera ministra, el panorama es incierto y preocupante. Pakistán puede sumergirse en una guerra civil o una desintegración, debido a los distintos conflictos que han marcado al país en los últimos años, así como la presencia de grupos talibanes, facciones radicales, una oposición divida y ataques terroristas”.
“Este asesinato demuestra que los extremistas son lo suficientemente poderosos como para afectar el proceso democrático” , indicó Rasul Baksh Rais, experto en ciencias políticas de la Facultad de Ciencias Administrativas de la Universidad de Lahore a la agencia AP.
Para Benjamín Herrera, analista internacional y profesor de la Universidad Javeriana, “Bhutto era la carta de los norteamericanos para lograr un acuerdo con el Gobierno actual, alcanzar una relativa estabilización de la región y evitar la talibanización de Pakistán”. Y añadió: “Eso en este momento queda completamente desbarajustado y una oposición bastante armada, que tiene una alianza muy fuerte con los talibanes de Afganistán. Esos elementos son los que realmente van a profundizar la desestabilización y van a cuestionar todo lo que es el plan de los Estados Unidos para lograr un control de la región”.
Ante este panorama, en el que según Enrique Serrano, experto en política internacional y profesor de la Universidad del Rosario, podría tomar fuerza el ex primer ministro Nawaz Sharif, “un personaje ambiguo, populista y corrupto”, tal vez la mejor opción sea respaldar a Musharraf por un tiempo más en el poder.
Musharraf, dice Serrano, “ha logrado una relativa estabilización del país en los nueve años que ha estado frente al poder. No ha hecho tan mal las cosas. Nadie creía en él cuando asumió el cargo, pero es una persona con una sincera intención de retornar la democracia a Pakistán”.
Benjamín Herrera cree que los Estados Unidos están pensando en ese sentido. “Es muy posible que con el apoyo de los Estados Unidos, Musharraf logre mantenerse en el poder”. Pero advirtió que la gente se olvida que Musharraf fue el principal aliado de los talibanes antes de los atentados del 11 de septiembre, junto con Arabia Saudita y representantes del islamismo radical asiático. Posición que moderó ante el ultimátum dado por el presidente George Bush tras los ataques del 11 de septiembre. “Pasó a ser un facilitador de las acciones militares contra los talibanes en Afganistán. Pero al interior de Pakistán mantiene una política de mucha permisividad frente a los movimientos radicales islámicos”, explicó Herrera.
Mientras los seguidores de Bhutto entran en un duelo que se prolongará por 40 días y las sospechas por el atentado recaen en la organización terrorista Al Qaeda, el futuro de Pakistán vuelve a barajarse.