Aprovechando la tolerancia y dispersión ciudadanas, la seguridad por saturación de retenes, requisas, anuncios luminosos y el maquillaje de tacita de plata, expresan la política complaciente de un Distrito donde hincarse, entregar y permitirlo todo es sinónimo de buen anfitrión.
La escenografía de castillos, murallas, baluartes, monumentos y una servil expresión colonial, pisotea el espíritu de libertad e independencia del ser caribe que aún existe en nosotros. Ese legado de historia de dignidad no aparece por ninguna parte. En el protocolo de la cumbre no hay referencia u homenaje que permita saber a los presidentes y sus delegaciones que la independencia y la democracia comenzaron por Cartagena, y que, este año, conmemoramos la expedición de la Constitución del 12, que institucionalizó al primer Estado soberano de Colombia.
Ya es tradicional que frente a grandes eventos, en nombre de la seguridad y otras consideraciones protocolarias, el gobierno local se vea condenado a ser una oficina abyecta, perdón, alterna, de la Presidencia y la Cancillería. El alcalde y su gobierno pasan a un tercer plano. Su autoridad es constreñida, usurpada. La subalternidad es asumida con docilidad, entre otras razones, porque el evento supera la capacidad organizativa local y es una oportunidad de poner la mano, y así poder pavimentar sin remiendos la alfombra roja —la avenida Santander— y ser invitado a una que otra cena, fiesta privada o reunión con empresarios. Recolonizada, Cartagena seguirá vendiéndose. La joya está en oferta. Magnates y visitantes poderosos según, nos harán el favor de globalizarnos más.
La salida no es la de oponerse y restarle importancia a tan magno evento, menos pensar en la ciudad autárquica; sería inocuo y pre moderno. ¡No!, los cartageneros exigimos respeto, que no nos pasen por encima con el ‘no se puede salir ni ir al centro porque irán las esposas de los presidentes’; o, ‘ya veremos si se puede o no ir a las playas’, o imponiendo tres días de ley seca y dando autorizaciones desacertadas, como la de montar en la Torre del Reloj un Juan Valdez —la cafetería de la cumbre—, y al lado, una gran carpa de Artesanías de Colombia.
Por tratarse de un escenario de actuación de los poderosos y de los ricos empresarios, en la locación delimitada para rodar la película, los pobres, uno de los temas de la agenda, aparecerán sólo para aplaudir; si estorban o afean el paisaje, desaparecerán por tres días.
Rafael Vergara