Al menos 15 años pasará Josef Fritzl, de 73, encerrado en el pabellón psiquiátrico de una prisión austriaca. Así lo decidió el juez de una corte de Sankt Pölten, Austria, tras un juicio de cuatro días que culminó el jueves con la sentencia del jurado.
El Monstruo de Amstetten, como lo ha llamado la prensa, fue condenado por los cargos de asesinato por omisión, esclavitud, violación, coacción grave y privación de libertad.
El miércoles, Fritzl se había declarado culpable de todos los cargos, saliéndose así del libreto acordado con su abogado, el amenazado Rudolf Mayer. La defensa insistía desde el comienzo del juicio en que el Carcelero de Amstetten, como también lo llaman, no podía ser responsabilizado de la muerte de uno de sus hijos, quien falleció a los pocos días de nacer en el sótano de su casa. “Mi cliente fue responsable de sus acciones, pero su personalidad tiene anormalidades psicológicas. Él no escogió ser como es”, dijo ayer Mayer ante el juez, tras conocer la sentencia.
Fritzl mantuvo durante 24 años a su hija Elisabeth encerrada en el sótano de su casa. Se calcula que la violó 3.000 veces y tuvo con ella siete hijos mientras estuvo cautiva. Uno de ellos murió a pocos días de haber nacido y fue incinerado por su padre-abuelo.
Dos hechos parecieron cambiar el parecer de Fritzl. Primero, las once horas que duró el video de la declaración de su hija, presentado en la corte el miércoles, y la visita secreta que ella habría realizado a la corte durante su comparecencia.
Según confesó ayer Mayer, bastó con el contacto visual entre Fritzl y Elisabeth (cuya presencia en el recinto pasó inadvertida por la prensa) para que el ‘monstruo’ cambiara de parecer y se declarara culpable de todos los cargos. Desde que la vio, “Josef palideció y se derrumbó”, dijo ayer su abogado.
Para otros, sin embargo, la decisión de Fritzl no tuvo nada que ver ni con el arrepentimiento, ni con la presencia de su hija. “Fritz tiene el perfil de una persona que siempre tiene que estar en control”, le dijo a la BBC el psiquiatra Jeremy Coid, quien ha seguido de cerca el caso. “Ha sido muy doloroso para él estar expuesto de esta manera. Confesar su culpabilidad le permitía detener este proceso. No hay que verlo como un acto de remordimiento”, concluyó.