Fue una mañana de 1992 cuando Camilla Parker Bowles entendió lo que la mayoría de británicos sentía por ella. Una lluvia de panes, lanzados con furia por admiradores de la princesa Diana, la sorprendió en un exclusivo supermercado de Londres, en donde hacía sus compras. Después le llovieron huevos, tomates y durante años, miles de insultos. Diana la llamaba “el Rottweiler” —porque, según decía, era muy fea—; la Reina Isabel aseguraba en los pasillos palaciegos que Camilla tenía cara de caballo y la prensa inglesa la bautizó como “la otra” y “la tercera en discordia”.
La lista de improperios contra Camilla tenía una sola razón: el divorcio de Diana de Gales y Carlos III. Ese año, calificado por la casa de Windsor como el annus horribilis, el primer ministro, John Mayor, anunciaba oficialmente al Parlamento la separación de la pareja real.
Las razones del rompimiento fueron ventiladas por la propia Lady Di a su biógrafo, Andrew Morton, quien reveló en el libro Diana, la historia real que la relación del príncipe con Camilla había conducido a la princesa de Gales a depresiones, bulimia y cinco intentos de suicidio.
Luego se conocieron detalles íntimos del tórrido romance, que comenzó 20 años atrás durante un partido de polo. Aquella tarde de 1970, Camilla, de 23 años, y Carlos, de 22, sintieron una atracción “casi animal”, según relataron amigos de la pareja. ¿Cuestión genética? Tal vez, si se tiene en cuenta que la bisabuela de Camilla Parker, Alice Keppel, fue la amante del rey Eduardo VII, tatarabuelo del príncipe.
Fue así como comenzaron sus intensos encuentros. Camilla, quien se casó en 1973 con Andrew Parker Bowles, se convirtió en la amante de Carlos, hasta su matrimonio con Diana, en 1981, cuando la plebeya decidió dar un paso al lado para que la unión del heredero de la corona británica funcionara. Las buenas intenciones duraron poco porque el príncipe no dejó de buscarla.
Carlos le confesaba amargamante a sus amigos que no podía vivir sin Camilla, que era ella su razón de vivir y que no podía soportar más a Diana, una mujer “fría, inexperta y bulímica”. “Me he pasado todos estos años oliendo sus vómitos”, confesó el príncipe.
Entonces se reanudaron las citas furtivas. En el Palacio de Buckingham ya era un secreto a voces que el poco agraciado príncipe, quien no gozaba del favor popular, tenía una cortesana y estaba enamorado de ella. Diana era sólo un estorbo. Había que esconder el terrible secreto de alcoba. Y así lo exigieron los reyes a los empleados de Palacio.
Pero la transcripción de una conversación telefónica entre Camilla y Carlos no dejó lugar a dudas del affaire. Un periódico australiano había puesto en evidencia la atracción que sentían. Carlos incluso reconoció que deseaba “ser un tampax” para estar dentro de ella.
A pesar de la advertencia real, funcionarios de palacio vendieron a la prensa las cartas que Camilla le enviaba a Carlos: “Añoro estar contigo día y noche, abrazarte, consolarte y amarte”, era la frase más frecuente en las comunicaciones de los dos amantes. Camilla se convirtió así en la mala de la película y Carlos confirmó su imagen de mentiroso, pusilánime e infiel.
La transformación
Cuando Diana Spencer murió, en 1997, la aceptación de Camilla y Carlos, señalados de ocasionar las desgracias de la “princesa del pueblo”, llegó a cero. Si bien nunca fueron apreciados por los británicos, desde entonces eran “detestados”. Hoy, casi doce años después, la imagen de Camilla es otra. La fama de “bruja” que cosechó durante años se transformó en la de la amante perfecta, la mujer que supo esperar y que, sin duda, podría convertirse en la próxima reina en palacio.
Así quedó claro esta semana durante su gira por Latinoamérica. En sus viajes por Chile, Ecuador y Brasil, la pareja demostró por qué su amor ha logrado superar 35 años de traiciones, obstáculos y tragedia. Camilla, a quien ya se le nota en sus manos la herencia familiar de osteoporosis, demostró su carácter: a los 61 años es una mujer simpática, inteligente, sin complejos sociales y con gran sentido el humor.
Lola Villacrés, la persona que guió su visita por Galápagos (Ecuador) la describió así: “Tiene unos ojos hermosos que transmiten mucha paz y se nota que es muy inteligente, hizo preguntas mucho más allá de las que hace un turista común”.
En Chile, la imagen que dejó fue la misma. “Es una mujer menos fea de lo que dicen, muy lista y que sabe mantener su lugar. Es muy diferente a Diana”, aseguró Ángela Méndez, periodista chilena.
Camilla, al contrario de Diana, nunca ha concedido una entrevista y ha hecho todo lo posible para no posar ante los fotógrafos. Ella prefiere —como en su juventud— quedarse a la sombra. La esposa de Carlos III no quiere eclipsar al futuro rey, quien no es propiamente un derroche de simpatía.
La duquesa de Cornualles, título que ganó el 8 de abril de 2007 cuando se casó con Carlos, sabe su lugar. No realiza funciones reales y tampoco constitucionales, porque éstas le corresponden a la reina Isabel II. Pero ya consiguió desplazar a Diana del imaginario popular. Según The Times, tres de cada cinco británicos la ven como una buena reina y ahora muchos han cambiado su opinión sobre ella. “De la bruja del cuento pasó a ser una mujer incondicional”, relata el periodista británico Hewitt Lucas.
Detrás de este logro hay una estrategia diseñada por los asesores del príncipe Carlos. Fueron ellos quienes poco a poco consiguieron convencer a los ingleses de que además de ser la amante del Príncipe de Gales, Camilla ha sido su amiga y mejor consejera. Fue ella quien lo convenció de casarse con Diana, pues ella era “la mujer ideal” para un príncipe; fue ella la que intentó por todos los medios que el matrimonio real funcionara y fue ella la que lo convenció de reconocer públicamente su adulterio, “a pesar del alto precio que iba a tener semejante arranque de sinceridad”.
Hace diez años era impensable que Camilla fuera coronada. Hoy su posición es cómoda, tanto que hasta el mismísimo arzobispo de Canterbury lo dijo: “El príncipe de Gales podría casarse con su Camilla sin poner en peligro su marcha hacia el trono de Inglaterra. Una cosa no tiene por qué complicar la otra”.
Hasta cuando Diana murió nadie pensaba que Camilla pudiera siquiera entrar al palacio real. Hoy vive en Highgrove House, la residencia privada de Carlos, y goza con el 78% de aprobación popular. Con Camilla, explican comentaristas ingleses, el príncipe Carlos tiene la posibilidad de hacer una imagen fuerte.
Con los índices de popularidad tan altos hoy como lo eran en 1952, cuando Isabel fue coronada Reina de Inglaterra, los rumores insisten en que pronto la Reina abdicará a favor de su hijo. Otros preferirían que lo hiciera en beneficio de su nieto el príncipe William, un joven con gran carisma y quien le resultaría muy benéfico para la realeza británica, teniendo en cuenta su parecido a Diana, su madre. Pero, al parecer, el príncipe William no quiere todavía actuar como el heredero y prefiere que su padre asuma.
Hoy la vil traición de la que fue víctima Lady Di es una historia de amor romántico que ha superado todo tipo de obstáculos a lo largo de 35 años y parece tener un final feliz. Es posible, según los cronistas reales, que si este relato cunde en el imaginario popular, salve a Carlos; que rescate y redima su figura, y permita que la historia lo juzgue no como un aristócrata inútil y frívolo, sino como el protagonista de un gran amor real.
Sea cual sea el resultado de este debate no resuelto de la monarquía británica, la ambición de Carlos por ser Rey permanece inalterable, igual que su amor por Camilla. Ya se lo dejó claro a la Reina Isabel II: “Aquí todo es negociable, excepto Camilla”.
La herencia de Isabel II
Elizabeth Alexandra Mary, o Isabel II, tiene 82 años y es reina del Reino Unido desde 1953. Ha visto pasar diez gobiernos durante su reinado, pero ya estaría muy cerca del retiro. De su matrimonio con el teniente Felipe de Mountbatten, Duque de Edimburgo, nacieron tres hijos: Carlos, Ana y Andrés. Nadie discute que Carlos de Gales sea el heredero de Isabel II, y que después de él continúen en la línea de sucesión los príncipes William y Harry.
Una historia de política y meretrices
El historial de amantes y concubinas que se han paseado por las alcobas reales y presidenciales es largo. Tradicionalmente los reyes de las casas monárquicas europeas se han rodeado de mujeres y los mandatarios modernos han hecho de la seducción parte esencial de sus carreras políticas. Uno de los casos más sonados fue el de Marilyn Monroe con el presidente John F. Kennedy. Cuentan que ella se suicidó el 5 de agosto de 1962, porque su relación con “Mr. President” ya no podía ser. Los ex presidentes franceses François Mitterand y Jacques Chirac también pasaron varias noches en compañías femeninas “no oficiales”. Y, cuentan que Nicolás Sarkozy tiene varios affaires en su historial. En la Casa de Mónaco las historias de cama de los Grimaldi son famosas.