Entre el 18 y el 21 de marzo, Bogotá acoge un encuentro que, más allá de su dimensión diplomática, posee un profundo significado histórico y político: el Foro de Alto Nivel CELAC–África, impulsado por la presidencia pro tempore de Colombia en la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Más que una reunión protocolaria, este espacio representa un intento por recomponer el diálogo entre dos regiones cuya historia ha estado marcada por vínculos tan intensos como traumáticos, y que hoy comparten desafíos y potencialidades que trascienden sus propias geografías.
Aunque el foro no haya podido constituirse formalmente en una cumbre entre la CELAC/Unión Africana —como habría sido deseable—, su realización representa un avance significativo. Tras más de una década de relativa desconexión, el encuentro en Bogotá busca reactivar una interlocución interregional que durante años quedó relegada frente a otras prioridades geopolíticas.
En este esfuerzo ha sido decisiva la voluntad política del gobierno del presidente Gustavo Petro, que ha apostado por revitalizar el papel de la CELAC como espacio de articulación del Sur Global. Desde las cumbres América del Sur–África celebradas en Abuja (2006), Isla Margarita (2009) y Malabo (2013), no se había producido una iniciativa comparable para retomar esta relación en un contexto internacional profundamente transformado.
Han pasado trece años para que dos regiones llamadas a compartir diagnósticos y horizontes vuelvan a mirarse con atención. Los temas que hoy las convocan son estructurales: la defensa de la vida y la paz, la protección de la biodiversidad, la soberanía alimentaria, el acceso a un financiamiento climático más justo, la equidad digital y la cooperación en materia de paz y seguridad.
En este marco, adquiere especial relevancia el papel de las diásporas africanas en América Latina y el Caribe. La resignificación de la afrodescendencia no constituye únicamente una cuestión identitaria o cultural; es también un camino imprescindible hacia la reparación histórica, la memoria y la restauración de la dignidad de pueblos cuya historia fue atravesada por la violencia colonial y esclavista.
En cierto sentido, este encuentro invita a imaginar el camino inverso de las antiguas rutas de la esclavitud. Aquellas que durante siglos transportaron despojo, sufrimiento y desarraigo podrían comenzar a transformarse en vías de cooperación, conocimiento mutuo y oportunidades compartidas entre los pueblos de ambas regiones.
La agenda del foro refleja la densidad de ese pasado compartido. Entre los temas centrales emerge con fuerza la cuestión aún pendiente de la reparación histórica por los siglos de esclavitud que conectaron de manera brutal a África, América Latina y el Caribe. A ello se suma la persistencia de vestigios del colonialismo en ambas regiones. En este contexto, la situación del Sáhara Occidental en África, así como la existencia de territorios aún bajo administración colonial en el Caribe, recuerdan que la descolonización no es una página cerrada de la historia, sino una herida supurante que interpela al sistema internacional.
No es casual que esta cuestión recobre hoy centralidad. Hace apenas unas semanas, la cumbre de jefes de Estado y de gobierno de la Unión Africana adoptó la Declaración de Argel, en la que el colonialismo fue definido como un crimen contra la humanidad. Más allá de su dimensión jurídica, esta afirmación introduce una reflexión ética ineludible: el colonialismo no es solo memoria, sino un presente persistente que interpela directamente la responsabilidad de los Estados.
Cuando Colombia entregue el 21 de marzo la presidencia rotativa de la CELAC a Uruguay, quedará al menos asentado un cimiento político para dar continuidad a este diálogo. Sin embargo, el significado de este foro no puede comprenderse únicamente desde la acción gubernamental. También es el resultado de años de trabajo académico e intelectual orientado a promover un mayor conocimiento mutuo entre África, América Latina y el Caribe.
Durante demasiado tiempo, la relación entre ambas regiones estuvo mediada por miradas superficiales o estereotipadas, que reducían su complejidad histórica a imágenes folclóricas o exóticas. Frente a ello, diversas iniciativas académicas han insistido en la necesidad de construir un diálogo más riguroso, basado en la investigación, el intercambio intelectual y la reflexión crítica sobre un pasado compartido.
En este sentido, el trabajo de académicos como Jerónimo Delgado y Mauricio Jaramillo de la Universidad Externado de Colombia, Mojtar Leboihi —ex profesor de la misma universidad y durante una década representante saharaui en Colombia—, Walter Cadenas de la Universidad Militar Nueva Granada, Germán Ortegón de la Pontificia Universidad Javeriana, así como Víctor Currea-Lugo y Felipe Medina, junto con los estudios sobre las mujeres saharauis y africanas desarrollados en la Universidad Pedagógica Nacional y la Universidad de La Salle, ha contribuido modestamente a corregir una histórica fractura de comprensión entre las dos orillas del Atlántico Sur. Se trata de una labor silenciosa pero fundamental, que hoy adquiere especial relevancia en un contexto internacional marcado por profundas tensiones, el debilitamiento del multilateralismo y el creciente cuestionamiento del orden jurídico internacional.
En este escenario, el Foro CELAC–África trasciende lo estrictamente diplomático. Las regiones que durante siglos padecieron con mayor intensidad los efectos del colonialismo, la esclavitud y el despojo tienen hoy la posibilidad de articular una voz propia en el sistema internacional. Desde que el presidente Petro extendió la invitación a este encuentro en Tegucigalpa, hace un año, el entorno geopolítico se ha deteriorado de manera acelerada, con especial impacto en África y América Latina.
Hoy, muchas de las declaraciones de las grandes potencias parecen desprovistas de los mínimos filtros de responsabilidad, y se traducen en nuevas formas de presión y depredación. En paralelo, el frágil sostén jurídico al que tradicionalmente recurrían los Estados más pequeños se vuelve cada vez más inestable, como un terreno de arenas movedizas que limita incluso su capacidad de reacción.
Por ello, este encuentro en Bogotá adquiere un significado que rebasa los márgenes de la diplomacia. Si África, América Latina y el Caribe logran caminar juntas, las antiguas rutas de la esclavitud —que durante siglos transportaron dolor y despojo— podrían empezar a recorrer el camino inverso: convertirse en puentes de dignidad, cooperación y esperanza.
Desde ese sur tantas veces herido podría comenzar a dibujarse un horizonte distinto, no solo para estas regiones, sino para el conjunto de la humanidad. Tal vez así sea posible romper, al fin, con el maleficio de ser golpeados en simultáneo mientras se nos condena a defendernos en solitario.
Esa es la contribución a la que, desde la República Árabe Saharaui Democrática —único Estado árabe de habla hispana—, estaremos siempre dispuestos a sumarnos, junto a nuestros pares en la Unión Africana y en la CELAC.
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