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Colombia-Corea: la nueva era de la geoeconomía y sus implicaciones

A diez años del TLC, la relación con Corea del Sur sirve para medir hasta qué punto Colombia ha logrado traducir la apertura comercial en capacidades productivas y margen de maniobra en un contexto internacional cada vez más marcado por la competencia estratégica.

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Carolina Urrego-Sandoval, Ph. D., y Ralf J. Leiteritz, Ph. D.*
29 de marzo de 2026 - 04:00 p. m.
El grupo de K-pop BTS actúa durante el concierto 'BTS THE COMEBACK LIVE | ARIRANG' en la plaza Gwanghwamun, en el centro de Seúl.
El grupo de K-pop BTS actúa durante el concierto 'BTS THE COMEBACK LIVE | ARIRANG' en la plaza Gwanghwamun, en el centro de Seúl.
Foto: EFE - YONHAP / POOL
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Este año, Corea se siente particularmente cerca en Colombia por dos grandes acontecimientos: por un lado, la visita del famoso grupo de k-pop BTS, que dará conciertos los próximos 2 y 3 de octubre. Por el otro, el décimo aniversario de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio (TLC) entre Colombia y Corea del Sur, el 15 de julio.

Sin embargo, el vínculo entre los dos países es resultado de una relación histórica, más particular. Esta no se inició con un tratado comercial. Empezó con una guerra. Colombia fue el único país de América Latina que participó oficialmente en la Guerra de Corea: 5.062 hombres del Ejército y la Armada apoyaron a las fuerzas de Naciones Unidas en el enfrentamiento con las fuerzas comunistas del norte. Allí fallecieron 145 combatientes, 69 desaparecieron y aproximadamente 610 resultaron heridos. La relación ha sido fraterna y cercana durante décadas; se expandió a una Asociación Estratégica de Cooperación y posteriormente a un acuerdo comercial que se firmó en febrero de 2013.

Este TLC es, hasta hoy, el único acuerdo bilateral de este tipo que Colombia tiene con un país asiático. Por eso, más que un aniversario protocolario, funciona como termómetro del giro hacia Asia-Pacífico. Si bien discutir cuánto exportamos, cuánto importamos, quién ganó, quién perdió es fundamental, no es suficiente. El punto no es “celebrar” o “condenar” el TLC, sino entender qué nos enseña sobre cómo nos hemos relacionado con Corea y con Asia en un escenario internacional cada vez más competitivo.

A lo largo de estos 10 años, marcados por shocks externos como la pandemia, el intercambio comercial bilateral ha mostrado una tendencia creciente y el déficit entre Colombia y Corea se ha reducido frente a los primeros años de implementación del acuerdo. Sin embargo, el patrón estructural del comercio ha cambiado poco. Las exportaciones colombianas hacia Corea siguen concentradas en bienes minero-energéticos y algunos productos primarios, mientras que las importaciones desde Corea están dominadas por bienes industriales y tecnológicos de alto valor agregado, como vehículos, autopartes, maquinaria, y equipos electrónicos. La asimetría también se observa en la relevancia relativa: Corea representa menos del 1 % del total de las exportaciones colombianas, mientras que en importaciones su participación se acerca al 4 %. Este patrón es precisamente el tipo de resultado que la economía política internacional permite interpretar más allá del balance comercial: no basta con medir flujos; es necesario analizar qué tipo de inserción productiva estamos consolidando y con qué implicaciones estratégicas.

¿Por qué ahora? Se cumplen 10 años, pero las ideas y el mundo que inspiraron ese tratado y para el que se creó, donde el comercio se entendía como integración, reglas relativamente estables y beneficios previsibles, ya no existe. En el libro Economía política global: Problemas en un orden internacional en transformación, insistimos en una idea incómoda pero esclarecedora: ese mundo ha sido reemplazado por una lógica o ideología distinta: la geoeconomía. Esta hace referencia al uso estratégico de herramientas económicas para fines de poder estatal y seguridad nacional en un contexto de creciente competencia internacional.

Así lo hemos evidenciado con las políticas del presidente Trump, la proliferación de aranceles, subsidios industriales, controles a exportaciones, estándares más estrictos y políticas para asegurar cadenas de suministro. Estas medidas no buscan solo proteger mercados, sino resguardar sectores estratégicos, reducir vulnerabilidades y fortalecer capacidades internas. La interdependencia, tan promulgada en el pasado, no desaparece, pero cambia de significado: deja de ser garantía de estabilidad y se convierte en un terreno de disputa. Colombia ha sido ya testigo directa de estas prácticas. En enero de 2025, los vuelos desde Estados Unidos con colombianos deportados, las amenazas arancelarias al país y los cruces públicos entre los presidentes Petro y Trump reflejan una relación bilateral tensionada, donde migración y comercio operan como instrumentos de presión política. Sin embargo, más que una ruptura estructural, estos hechos muestran una señal de época: incluso aliados estratégicos tradicionales operan hoy bajo una lógica de presión y negociación constante, donde la interdependencia ya no garantiza estabilidad o continuidad.

Desde una posición distinta, la relación entre Estados Unidos y Corea del Sur también ha enfrentado fricciones que ilustran el giro geoeconómico actual. Corea del Sur es una potencia intermedia avanzada: industrial y tecnológica, con empresas globales y capacidad estatal. Y aun así opera con restricciones reales en un entorno de rivalidad entre grandes economías. En 2025 y comienzos de 2026, Washington volvió a recurrir a la amenaza de aranceles sobre bienes surcoreanos, incluidos automóviles y otros productos industriales, como mecanismo de presión para acelerar compromisos de inversión coreanos. En septiembre de 2025, un operativo de ICE en una planta de proveedores vinculados a Hyundai en Alabama derivó en la detención de más de 100 trabajadores surcoreanos por presuntas irregularidades migratorias, varios de los cuales fueron repatriados.

En situaciones como estas, la narrativa más sencilla que se presenta para países como Colombia o Corea es que para protegerse de estos embates deben diversificar sus dinámicas de cooperación y su relacionamiento con nuevos socios como si fuera un sencillo ejercicio técnico. Sin embargo, esto subestima los costos de moverse en un sistema jerárquico y con limitaciones internas. Las discusiones sobre la necesidad de diversificar dejan de ser un eslogan amable y se convierten en un problema de resiliencia: ¿cómo ampliar opciones sin quedar atrapados en nuevas dependencias?

El aniversario del TLC con Corea es una oportunidad para mirar la relación Corea-Colombia en una dimensión más amplia: no solo como un expediente comercial, sino como una relación con implicaciones estratégicas en un orden internacional más complejo. El problema, y la oportunidad, es que el tratado nació con una premisa que hoy está en crisis: un mundo donde abrir mercados bastaba para producir transformaciones internas. Diez años después, el comercio se parece menos a autopista y más a frontera. Eso obliga a una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿la relación con Corea se está usando para construir margen de maniobra en medio de transformaciones globales, o se queda como una colección de visitas, memorandos y fotos con efecto limitado?

Para responderla, Colombia tropieza con su reflejo más persistente: la brecha entre lo que decimos y lo que hacemos. Lo hemos visto en reformas, planes, misiones y “hojas de ruta”: diseños impecables que asumen capacidades estatales y privadas que en la práctica no existen o existen de manera fragmentada. Como señaló James Robinson, premio nobel de economía 2024, en su reciente visita al país, Colombia suele acumular proyectos ambiciosos poco evaluados y, aun así, reencauchados. Ese choque persistente entre lo ideal y lo posible podemos llamarlo, sin eufemismos, la falacia del voluntarismo. Esta no es falta de ideas; es creer que la voluntad sustituye la capacidad. Es confundir firma con implementación. En un entorno geoeconómico, ese error cuesta y se paga con vulnerabilidad. Como se ha dicho muchas veces, un TLC, por sí solo, no produce el “giro hacia Asia”: como máximo, abre una puerta. Lo decisivo es lo que el país hace para cruzarla. Eso incluye logística, estándares y certificaciones, inteligencia comercial, financiamiento, articulación productiva, cultura de negocios, coordinación público-privada y una estrategia de aprendizaje. Sin esos elementos, el comercio puede crecer sin que cambie la estructura de fondo: exportaciones concentradas, importaciones sofisticadas y asimetrías persistentes.

Una forma más honesta de plantear estos 10 años es discutir qué significa acercarse de verdad a Corea en un orden internacional cambiante. El comercio es un buen comienzo, pero no puede ser el único lenguaje de la relación. Sin mejoras en educación, ciencia, innovación aplicada, cooperación técnica y redes empresariales, el TLC corre el riesgo de quedarse como una carcasa: existe en el papel, pero no en la vida económica del país.

¿Qué implica, entonces, pasar de las palabras a las acciones sin prometer más de lo que podemos cumplir?

Primero, aceptar que el problema central no es la falta de discurso sobre Asia, sino la falta de capacidades para operar allí. Eso empieza por conocimiento real: investigación aplicada, datos, comprensión de estándares y regulación, lectura de mercados, cultura de negocios, y redes humanas. Una relación estratégica requiere infraestructura institucional, no solo entusiasmo. Segundo, llevar la relación al terreno de la cooperación concreta: formación técnica, productividad, estándares, innovación aplicada y sectores donde Corea tiene ventajas evidentes. No como fantasía de “transferencia tecnológica” automática, sino como construcción gradual de competencias. Menos retórica sobre diversificación, y más trabajo sobre cuellos de botella: logística, certificaciones, diplomacia sanitaria, financiamiento, construcción de capacidades empresariales, y coordinación público-privada.

Tercero, asumir que diversificar tiene inherentes costos políticos externos. La geoeconomía consiste precisamente en que los grandes actores reaccionan cuando otros intentan moverse. Colombia no puede suponer que un giro hacia Asia ocurre sin fricción. La pregunta no es si habrá tensiones, sino qué tan preparada está Colombia para sostener una estrategia de ampliación de opciones sin quedar atrapada en dilemas binarios o nostálgicos. Cuarto, construir relación más allá del comercio. Intercambios sostenidos, proyectos conjuntos de investigación, diplomacia regulatoria y alianzas entre universidades, centros tecnológicos y empresas. La relación Corea–Colombia no puede depender solo de importadores y exportadores: necesita densidad social e institucional. Ahí, la ola cultural, incluido el hito de BTS, puede ser un activo: ayuda a tejer interés, legitimidad social y redes para agendas más exigentes (educación, innovación, productividad).

Todo esto conduce a una conclusión simple: el TLC cumple 10 años en el peor momento para creer que el libre comercio es solo economía. Hoy, el comercio es estrategia; la pregunta no es a qué mercado entramos, sino qué vulnerabilidades reducimos y qué capacidades construimos para que ese acceso no sea una dependencia más.

La relación Colombia–Corea tiene un activo histórico que pocos países pueden invocar, y una plataforma formal, el TLC, que pocos países en la región tienen con Asia. El desafío no es celebrar el tratado como símbolo de diversificación, ni condenarlo como si fuera el único culpable de problemas estructurales. Es usar el aniversario para plantear, con honestidad, el dilema de fondo: si Colombia quiere que la relación con Corea sea estratégica en un orden geoeconómico, debe dejar atrás la falacia del voluntarismo. En la nueva economía política global, las relaciones no se sostienen con discursos; se sostienen con capacidades reales.

* Carolina Urrego-Sandoval es docente investigadora de la Facultad de Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia y Ralf J. Leiteritz es profesor titular de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

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Por Carolina Urrego-Sandoval, Ph. D., y Ralf J. Leiteritz, Ph. D.*

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