Con el bipartidismo casi extinto en varias de las democracias parlamentarias, de mantenerse y extenderse esta tendencia, estaríamos ante una crisis política de incalculables consecuencias, perfecto río revuelto para pescadores de ocasión.
Son tres los modelos del sistema democrático moderno: el presidencial, el parlamentario y el híbrido. El primero, prevaleciente en los países de América, instaurado por primera vez en los Estados Unidos. Se trata de un sistema estable, en el que el ejecutivo convive con el poder legislativo, en una relación asimétrica dominada, si no en la teoría si en la práctica, por el primero a la cabeza del cual está un presidente amo del poder. El sistema híbrido, imperante en Francia tiene un presidente con determinados poderes y un legislativo que nombre un primer ministro, presentándose situaciones en que partidos opuestos están a la cabeza de ambos poderes, creándose lo que se llama la “cohabitación”.
El tercero, el más purista de los sistemas democráticos, es el parlamentario, originado en la Inglaterra del siglo XVII. En países como Reino Unido o Canadá, donde el sistema parlamentario es bicameral, la cámara alta está conformada por personajes nombrados a dedo y tiene como su función básica aprobar las leyes emanadas de la cámara baja. En países donde la cámara alta representa las regiones, como Alemania o India, esta tiene algo más de poder, especialmente de veto, no de creación de leyes.
Sin embargo, es en la cámara elegida por sufragio popular donde yace el poder político en las democracias parlamentarias. Los electores pueden votar por un partido en distrito único como Israel, o por candidatos de partidos en distritos electorales, como en Inglaterra o España. El parlamento elige al primer ministro a quien puede destituir en cualquier momento.
Actualmente el sistema parlamentario sufre de una crisis profunda. Este funcionaba bien cuando dos o máximo tres partidos lograban escaños en el parlamento. Había alternancia y una oposición militante, pero “leal”, tal como se le denomina en el parlamento inglés. El gran problema ha surgido con la explosión de partidos, la fragmentación del electorado, la crisis de los partidos tradicionales que han detentado el poder por décadas y el surgimiento de opciones populistas.
Aparece el rompecabezas de armar coaliciones, negociando principios y puestos. España que en sus dos últimas contiendas pasó de dos partidos a cinco estuvo casi dos años sin gobierno. De igual manera, Alemania, bastión de estabilidad democrática, tras las últimas elecciones en 2017, su parlamento quedó con representación de seis partidos y pasaron meses antes que se pudiera formar una coalición mayoritaria encabezada por Merkel. Israel lleva 4 elecciones en dos años y podría estar encaminándose a la quinta por la dificultad en formar una coalición estable. Italia, sistema parlamentario bicameral, ha sido por décadas paradigma de la inestabilidad de sus gobiernos por la dificultad de obtener mayorías por la diversidad de partidos, algunos que aparecen y desparecen y por la fragilidad de las coaliciones.
Con el bipartidismo casi extinto en varias de las democracias parlamentarias, de mantenerse y extenderse esta tendencia, estaríamos ante una crisis política de incalculables consecuencias, perfecto río revuelto para pescadores de ocasión.