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Peggy Friedman Kulik (#1019) siguió siendo amiga de Linda Breder, nacida Reich, hasta su edad de oro. Dasha, la hija de Linda, recuerda oír la risa de las amigas de su madre, que se conocían de Auschwitz y de Canadá, cuando recordaban cómo robaban cosas delante de las narices de las SS. Algunas personas creen que las supervivientes no deberían reír. Pero después de tantos años de sufrimiento y horror se merecen la risa. Todos los supervivientes que conozco tienen un sentido del humor excelente.
Las fotos de Peggy de joven muestran a una chica a quien le gustaba hacer muecas, a pesar de las penurias que vivió después de la guerra. Como tantas otras jóvenes, Peggy tuvo problemas para concebir y llevar sus embarazos a buen término. Casi todas las supervivientes sufrieron abortos o tu vieron que realizar «interrupciones» médicas —como se decía antes— para salvar sus propias vidas. Peggy perdió gemelos. Dos niños. «Un hombre de las SS me dio una patada en la espalda y me dañó el útero.» Al final tuvo un hijo que nació cuatro semanas antes de salir de cuentas. (Le puede interesar: otros testimonios de vida de sobrevivientes del Holocausto).
Para quienes habían crecido en familias numerosas, tener un hijo o dos era duro. Para sus hijos hay otra forma de tristeza. «Fuimos una generación que creció sin abuelos —dice Sara Cohen, la hija de Danka Kornreich Brandel (#2779) y sobrina de Rena—. Tampoco teníamos muchas tías, ni muchos tíos, ni primos. Hasta que no me uní a la familia de mi marido y le acompañé a reuniones familiares con más de una docena de tíos y tías, e innumerables primos, no me di cuenta de lo que vivían otras familias. Cuando tuve a mis propios hijos y fui testigo del amor incondicional y de la sabiduría que recibían de sus abuelos, entendí por fin lo que me había perdido durante la infancia.» (Video testimonial de sobrevivientes de Auschwitz).
Bertha Berkowitz Lautman (#1048) emigró a Cleveland, Ohio, donde tuvo un hijo, Jeffrey Lautman. Fue con él varias veces a Auschwitz. Durante su vida, Bertha hizo todo lo posible por educar a los jóvenes sobre el Holocausto. «Es muy importante llevar a niños al campo con supervivientes para enseñarles que el Holocausto no es un engaño. Hay que estudiar y aprender todo lo posible. Hay que seguir y organizarse activamente. Cuando yo ya no esté, todo se va a olvidar. ¿Quién va a acordarse?», se pregunta.
Tú, que estás leyendo estas líneas, lo harás. Sí, lo harás. Bertha conservó la amistad con muchas de las chicas que conoció en Auschwitz y vivió a un par de manzanas de distancia de una de sus mejores amigas, Elena Grunwald Zuckermenn (#1735). Elena fue la segunda mujer que habló sobre el primer transporte y me confirmó el relato de Rena Kornreich Gelissen sobre el transporte de Poprad en nuestro libro Rena’s Promise. En esa época, yo todavía no tenía ni idea de que hubiera otras supervivientes, pues Erna y Dina, las mejores amigas de Rena, ya habían fallecido. (Recomendado: Diez libros para entender el Holocausto). No obstante, Elena prefirió mantener su nombre en el anonimato mientras vivió, y con los años perdimos el contacto. Después, cuando estaba trabajando en este libro, recibí un correo electrónico de la hija de Elena con fotos de su madre con Bertha, cargadas con libros escolares y con pinta de estudiantes de instituto.
«Mi hermano y yo creíamos que nuestra madre era muy crítica con nosotros, con nuestras elecciones y decisiones —cuenta la hija de Elena—. Yo algunas veces la llamaba “la Dama de Hierro”. Pero me di cuenta de que esa era su forma de protegernos y de guiarnos hacia una vida mejor y con más oportunidades. No hay duda del impacto de aquellos sucesos traumáticos, que afectaron a su naturaleza práctica, a su visión temerosa del mundo y a la importancia que le daba a la familia. Con solo diecisiete años, fue la primera de la familia en abandonar el hogar, sobrevivió a los horrores y experimentó la depravación en los campos de concentración. Tras la liberación, descubrió que era la única superviviente de una amplísima familia. Mi madre se preocupaba sin cesar, pero conseguía canalizar su ansiedad en actividades productivas, regulando la vida familiar y manteniendo una gran red de amistades con supervivientes y refugiados. Siempre sentí que éramos diferentes, quizá incluso especiales, por las experiencias traumáticas de mis padres y la pérdida de la familia. He leído sobre el trauma transmitido de generación en generación, pero creo que la fuerza y la determinación de sobrevivir también pueden transmitirse entre generaciones.»
El trastorno por estrés postraumático (TEPT) todavía no se había definido ni estaba reconocido en las décadas de 1940 y 1950, pero los supervivientes lo sufrieron. Joan Rosner Weintraub (#1188) ofrece un recordatorio conmovedor del modo en que aquello afectó al resto de su vida. «Me dan miedo las sombras. Si voy en coche y detrás de mí hay un policía, me echo a temblar. Me da miedo que venga a por mí. Veo un uniforme y me entra un miedo mortal.»
«Parecemos normales, pero no lo somos —dice Edith Grosman. ¿Cómo van a serlo?—. Me quedé sin educación, que era lo más importante de mi vida. Perdí la salud. Volví con el cuerpo roto. Elsa volvió sana, pero todo le daba miedo. Al final, el miedo la mató.» El miedo también vive en Edith. Pero ella lo oculta mejor. Por lo general. Basta un pequeño incidente para desencadenar el pánico. La familia de Edith lo llama «la historia de las setas», e ilustra el trauma perdurable que sufren los supervivientes.
Pocos días antes de que Edith, Ladislav y su hijo fueran a visitar a la familia de Edith en Israel, adonde los Friedman habían emigrado en la década de 1950, un noticiario informó de que una familia había ido a recoger hongos en Israel y sin querer había comido setas venenosas. La familia entera había muerto. No informaron de los nombres de las víctimas. Después de varios días viajando desde Praga, la familia Grosman tomó un ferry a Tierra Santa, pero «cuando llegamos al muelle —recuerda George—, no había nadie para recibirnos. Mi madre estaba fuera de sí. Perdió el control».
Edith estaba convencida de que su familia se había muerto envenenada por las setas. Lloró histérica y no había forma de que George o su marido la calmaran. Estaba convencida de que su familia entera había muerto. «Entonces ¡apareció el clan Friedman al completo!», dice George. Habían pinchado una rueda en la autopista. Hubo alegría y muchas carcajadas, pero los nervios del momento revelan el trauma de Edith y de todas las mujeres que sufrieron aquello, por mucho que lo oculten de sus hijos y de sus seres queridos.
Estoy en Tylicz, Polonia, con los hijos de Erna y Fela Dranger (#1718 y #6030). Han volado desde Israel para explorar la región y están buscando algún resto de su familia o de judíos en un pueblo que ahora está dominado por los resorts de esquí. Por las pistas de nieve hay altavoces metálicos atados a postes de telégrafo que emiten a todo volumen pop estadounidense de los ochenta. «Descendemos de supervivientes muy especiales. No todo el mundo puede sobrevivir en un lugar así mucho tiempo. —Avi es un hombre alto y amable con ojos profundos y tiernos—. Sé que cuando nací, ella [Fela, su madre] tuvo una crisis. —Sus ojos se llenan de lágrimas. Su primo mayor alarga la mano y le da un toque en la pierna. Aunque sean primos, se llevan como hermanos, porque Avi pasó los primeros dos años de su vida en casa de su tía Erna mientras su madre recuperaba la cordura—. Cuando cumplí catorce, tuvo otra crisis. —Su voz tiembla—. Salía al vestíbulo gritando que había gente que iba a pegarle y a matarla.»
«Mi madre era más fuerte —interviene Akiva, el hijo de Erna—. Nunca la he visto llorar ni derrumbarse. Jamás.» No le contó su experiencia a ningún miembro de su familia. Los hijos son, por supuesto, supervivientes indirectos. «Todas estábamos enfermas —confirma Edith—. Salimos de aquello, pero el daño que se nos hizo, mentalmente, es mucho mayor que lo que les hicieron a nuestros cuerpos. Nunca lograremos librarnos del mal que nos hicieron en el corazón cuando cambiaron el modo en el que miramos al mundo y a la gente. Este fue el mayor daño que nos hizo la guerra.»
La supervivencia trae consigo una variedad compleja de emociones y conjeturas. «Nunca me sentí culpable —dice Rena Kornreich—. ¿Por qué iba a hacerlo? No hice nada malo. ¡Ellos, sí! ¡Ellos son culpables!» En cambio, Edith dice: «La culpa del superviviente nunca se va». Claro que Edith perdió a su hermana Lea. Rena, no. «No pasa ni un día sin que piense en Lea. Todo lo que hago, lo hago por Lea. Siempre ha sido así. No puedes verla. Nadie sabe que está ahí, pero ahí está. En mi mente, en mi corazón, siempre está ahí.» Edith se da un golpecito en el frágil pecho y mueve la cabeza. En la luz que entra a través de la ventana, estoy segura de ver el espíritu de Lea detrás de su hermana.
La culpa puede ser un dilema para el superviviente. En su faceta de bióloga, Edith busca la lógica y la ciencia tras la cuestión de la supervivencia, preguntándose: «¿y si hubiera sobrevivido por una parte de mi ADN que era diferente del de mi hermana? ¿Qué pasaría si quienes sobrevivimos tuviéramos un gen de supervivencia y los demás no lo tuvieran?». Muchas supervivientes parecen haber hecho un contrato interno consigo mismas. Rena se había esforzado por recordar todo lo ocurrido para poder contárselo a su madre algún día. Cuando comprendió que habían asesinado a su madre en el Holocausto, se aferró a sus recuerdos para contarle a alguien algún día lo que había ocurrido. Ese alguien acabé siendo yo.
«¿Cómo voy a acordarme de todos los detallitos? —pregunta Joan Rosner Weintraub—. Es humanamente imposible. ¿Cuántos golpes? Hacíamos algo que no les gustaba y nos daban veinticinco latigazos. ¿Se puede sobrevivir a veinticinco latigazos? Ahora solo vivo por mi hija y mis nietos.» Para muchas de estas mujeres, sus hijos dieron sentido a sus vidas. Los ojos de Avi se vuelven a llenar de lágrimas cuando rinde homenaje a su madre. «Nos enorgullecemos de nuestras madres al saber que sobrevivieron a algo muy difícil, y nos enorgullecemos de todas las jóvenes que sobrevivieron, así como de las que no sobrevivieron, pues hicieron lo posible por levantar sus corazones. Su éxito es tener mucha descendencia, muchos nietos, bisnietos y tataranietos.»
Ella Friedman Rutman (#1950) y su hermana Edie Valo (#1949) volvieron a Eslovaquia y encontraron que solo cinco tíos suyos habían sobrevivido; el resto de la familia había muerto. Por entonces, vivían en Eslovaquia, pero más tarde se mudaron a Canadá —el país—, donde Ella se hizo niñera de los hijos de Edie. «Yo nunca he querido tener hijos —dice Ella—. Cuando estaba en el campo, siempre pensaba que iba a morir. Al final pensé que quizá sería libre, pero que no tendría hijos, porque no quiero que mis hijos pasen por lo mismo que yo.» Tenía treinta años cuando recibió una sorpresa: una hija. «La mejor sorpresa de mi vida. Sin Rosette, no habría vivido de verdad.»
La prima de Ella y Edie —otra Magda (#1087)— era la madre de Donna Steinhorn. «Supe desde muy pequeña que mis padres eran diferentes a los demás —cuenta Donna—. Y eso hacía que siempre quisiera protegerlos. Quería curar las profundas heridas que trataban de ocultarme. Quería hacer todo lo que estuviera en mi mano para que fueran felices.» Del mismo modo, las madres evitaban contar lo que ocurrió en el Holocausto para que sus hijos fueran felices. A pesar de que muchas supervivientes opinaran así, a una hija le contaron demasiado y demasiado pronto, lo cual le acabó provocando un trauma vicario. El genocidio no desaparece. Del mismo modo que persigue a los supervivientes, da forma a la vida de quienes viven con los supervivientes y los quieren.
La madre de Orna Tuckman, Marta F. Gregor (#1796), nunca habló de su experiencia, así que en 2016 Orna emprendió un viaje de autodescubrimiento que la llevó a Eslovaquia y a Auschwitz conmigo. En las ciudades de donde sacaron a las chicas, visitamos las viejas sinagogas y los ayuntamientos en busca de restos de familias antes de recorrer la ruta de Poprad a Auschwitz en el septuagésimo quinto aniversario del primer transporte. Nos encontrábamos en el enorme espacio vacío de la segunda planta del bloque 10, donde metieron a las chicas al principio de su cautiverio —y donde, más tarde, se realizaron los experimentos de esterilización médica en mujeres— cuando Orna, con la mirada perdida, se sinceró: «Creo que a mi madre la esterilizaron aquí. Yo soy adoptada». Orna no supo que era adoptada hasta después de la muerte de su madre. Todas las mujeres que sobrevivieron con Marta habían guardado su secreto.
Tener hijos podría ser el mayor acto de supervivencia y de curación. Una clase de estudiantes de Psicología de la Universidad de Brown le preguntó a Rena en una ocasión qué hizo después de la guerra para recuperarse mentalmente. «Tuve hijos», contestó. Después de su primer aborto, el nacimiento de su hija Silvia fue un milagro. Rena estaba llena de felicidad con su hija en brazos. Miró a su marido y le dijo: «Te quiero, John». Después miró al médico y a las enfermeras: «Le quiero, doctor. Y también a la enfermera. Quiero al mundo entero, aunque en él haya alemanes».
* Autora del libro. Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial.