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Día de las víctimas del Holocausto: “Después de tanto sufrimiento y horror se merecen la risa”

Fragmento del libro “Las 999 mujeres de Auschwitz”, sello Roca Editorial, sobre las primeras jóvenes judías víctimas de la Alemania nazi.

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Heather Dune Macadam * / Especial para El Espectador
27 de enero de 2021 - 03:07 p. m.
Edith Grosman (centro), una de las sobrevivientes, y dos de sus amigas. El trastorno por estrés postraumático (TEPT) todavía no se había definido ni estaba reconocido en las décadas de 1940 y 1950, pero ellas lo sufrieron.
Edith Grosman (centro), una de las sobrevivientes, y dos de sus amigas. El trastorno por estrés postraumático (TEPT) todavía no se había definido ni estaba reconocido en las décadas de 1940 y 1950, pero ellas lo sufrieron.
Foto: Archivo particular
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Peggy Friedman Kulik (#1019) siguió siendo amiga de Linda Breder, nacida Reich, hasta su edad de oro. Dasha, la hija de Linda, recuerda oír la risa de las amigas de su madre, que se conocían de Auschwitz y de Canadá, cuando recorda­ban cómo robaban cosas delante de las narices de las SS. Algunas personas creen que las supervivientes no deberían reír. Pero después de tantos años de sufrimiento y horror se merecen la risa. Todos los supervivientes que conozco tienen un sentido del humor excelente.

Las fotos de Peggy de joven muestran a una chica a quien le gustaba hacer muecas, a pesar de las penurias que vivió después de la guerra. Como tantas otras jóvenes, Peggy tuvo problemas para concebir y llevar sus embarazos a buen tér­mino. Casi todas las supervivientes sufrieron abortos o tu vieron que realizar «interrupciones» médicas —como se de­cía antes— para salvar sus propias vidas. Peggy perdió geme­los. Dos niños. «Un hombre de las SS me dio una patada en la espalda y me dañó el útero.» Al final tuvo un hijo que na­ció cuatro semanas antes de salir de cuentas. (Le puede interesar: otros testimonios de vida de sobrevivientes del Holocausto).

Para quienes habían crecido en familias numerosas, tener un hijo o dos era duro. Para sus hijos hay otra forma de tris­teza. «Fuimos una generación que creció sin abuelos —dice Sara Cohen, la hija de Danka Kornreich Brandel (#2779) y sobrina de Rena—. Tampoco teníamos muchas tías, ni mu­chos tíos, ni primos. Hasta que no me uní a la familia de mi marido y le acompañé a reuniones familiares con más de una docena de tíos y tías, e innumerables primos, no me di cuen­ta de lo que vivían otras familias. Cuando tuve a mis propios hijos y fui testigo del amor incondicional y de la sabiduría que recibían de sus abuelos, entendí por fin lo que me había perdido durante la infancia.» (Video testimonial de sobrevivientes de Auschwitz).

Bertha Berkowitz Lautman (#1048) emigró a Cleveland, Ohio, donde tuvo un hijo, Jeffrey Lautman. Fue con él varias veces a Auschwitz. Durante su vida, Bertha hizo todo lo po­sible por educar a los jóvenes sobre el Holocausto. «Es muy importante llevar a niños al campo con supervivientes para enseñarles que el Holocausto no es un engaño. Hay que estu­diar y aprender todo lo posible. Hay que seguir y organizarse activamente. Cuando yo ya no esté, todo se va a olvidar. ¿Quién va a acordarse?», se pregunta.

Tú, que estás leyendo estas líneas, lo harás. Sí, lo harás. Bertha conservó la amistad con muchas de las chicas que conoció en Auschwitz y vivió a un par de manzanas de distan­cia de una de sus mejores amigas, Elena Grunwald Zucker­menn (#1735). Elena fue la segunda mujer que habló sobre el primer transporte y me confirmó el relato de Rena Kornreich Gelissen sobre el transporte de Poprad en nuestro libro Rena’s Promise. En esa época, yo todavía no tenía ni idea de que hu­biera otras supervivientes, pues Erna y Dina, las mejores ami­gas de Rena, ya habían fallecido. (Recomendado: Diez libros para entender el Holocausto). No obstante, Elena prefirió mantener su nombre en el anonimato mientras vivió, y con los años perdimos el contacto. Después, cuando estaba trabajando en este libro, recibí un correo electrónico de la hija de Elena con fotos de su madre con Bertha, cargadas con libros escolares y con pinta de estu­diantes de instituto.

«Mi hermano y yo creíamos que nuestra madre era muy crítica con nosotros, con nuestras elecciones y decisiones —cuenta la hija de Elena—. Yo algunas veces la llamaba “la Dama de Hierro”. Pero me di cuenta de que esa era su forma de protegernos y de guiarnos hacia una vida mejor y con más oportunidades. No hay duda del impacto de aquellos sucesos traumáticos, que afectaron a su naturaleza práctica, a su visión temerosa del mundo y a la importancia que le daba a la familia. Con solo diecisiete años, fue la primera de la familia en aban­donar el hogar, sobrevivió a los horrores y experimentó la depravación en los campos de concentración. Tras la liberación, descubrió que era la única superviviente de una amplísima fa­milia. Mi madre se preocupaba sin cesar, pero conseguía cana­lizar su ansiedad en actividades productivas, regulando la vida familiar y manteniendo una gran red de amistades con super­vivientes y refugiados. Siempre sentí que éramos diferentes, quizá incluso especiales, por las experiencias traumáticas de mis padres y la pérdida de la familia. He leído sobre el trauma transmitido de generación en generación, pero creo que la fuerza y la determinación de sobrevivir también pueden trans­mitirse entre generaciones.»

El trastorno por estrés postraumático (TEPT) todavía no se había definido ni estaba reconocido en las décadas de 1940 y 1950, pero los supervivientes lo sufrieron. Joan Rosner Wein­traub (#1188) ofrece un recordatorio conmovedor del modo en que aquello afectó al resto de su vida. «Me dan miedo las som­bras. Si voy en coche y detrás de mí hay un policía, me echo a temblar. Me da miedo que venga a por mí. Veo un uniforme y me entra un miedo mortal.»

«Parecemos normales, pero no lo somos —dice Edith Grosman. ¿Cómo van a serlo?—. Me quedé sin educación, que era lo más importante de mi vida. Perdí la salud. Volví con el cuerpo roto. Elsa volvió sana, pero todo le daba miedo. Al final, el miedo la mató.» El miedo también vive en Edith. Pero ella lo oculta mejor. Por lo general. Basta un pequeño incidente para desencadenar el pánico. La familia de Edith lo llama «la historia de las setas», e ilustra el trauma perdurable que sufren los supervivientes.

Pocos días antes de que Edith, Ladislav y su hijo fueran a visitar a la familia de Edith en Israel, adonde los Friedman ha­bían emigrado en la década de 1950, un noticiario informó de que una familia había ido a recoger hongos en Israel y sin que­rer había comido setas venenosas. La familia entera había muerto. No informaron de los nombres de las víctimas. Des­pués de varios días viajando desde Praga, la familia Grosman tomó un ferry a Tierra Santa, pero «cuando llegamos al muelle —recuerda George—, no había nadie para recibirnos. Mi ma­dre estaba fuera de sí. Perdió el control».

Edith estaba convencida de que su familia se había muerto envenenada por las setas. Lloró histérica y no había forma de que George o su marido la calmaran. Estaba convencida de que su familia entera había muerto. «Entonces ¡apareció el clan Friedman al completo!», dice George. Habían pinchado una rueda en la autopista. Hubo alegría y muchas carcajadas, pero los nervios del momento revelan el trauma de Edith y de todas las mujeres que sufrieron aquello, por mucho que lo oculten de sus hijos y de sus seres queridos.

Estoy en Tylicz, Polonia, con los hijos de Erna y Fela Dran­ger (#1718 y #6030). Han volado desde Israel para explorar la región y están buscando algún resto de su familia o de judíos en un pueblo que ahora está dominado por los resorts de esquí. Por las pistas de nieve hay altavoces metálicos atados a postes de telégrafo que emiten a todo volumen pop estadounidense de los ochenta. «Descendemos de supervivientes muy especiales. No todo el mundo puede sobrevivir en un lugar así mucho tiempo. —Avi es un hombre alto y amable con ojos profundos y tier­nos—. Sé que cuando nací, ella [Fela, su madre] tuvo una cri­sis. —Sus ojos se llenan de lágrimas. Su primo mayor alarga la mano y le da un toque en la pierna. Aunque sean primos, se llevan como hermanos, porque Avi pasó los primeros dos años de su vida en casa de su tía Erna mientras su madre recuperaba la cordura—. Cuando cumplí catorce, tuvo otra crisis. —Su voz tiembla—. Salía al vestíbulo gritando que había gente que iba a pegarle y a matarla.»

«Mi madre era más fuerte —interviene Akiva, el hijo de Erna—. Nunca la he visto llorar ni derrumbarse. Jamás.» No le contó su experiencia a ningún miembro de su familia. Los hi­jos son, por supuesto, supervivientes indirectos. «Todas estábamos enfermas —confirma Edith—. Salimos de aquello, pero el daño que se nos hizo, mentalmente, es mu­cho mayor que lo que les hicieron a nuestros cuerpos. Nunca lograremos librarnos del mal que nos hicieron en el corazón cuando cambiaron el modo en el que miramos al mundo y a la gente. Este fue el mayor daño que nos hizo la guerra.»

La supervivencia trae consigo una variedad compleja de emociones y conjeturas. «Nunca me sentí culpable —dice Rena Kornreich—. ¿Por qué iba a hacerlo? No hice nada malo. ¡Ellos, sí! ¡Ellos son culpables!» En cambio, Edith dice: «La culpa del superviviente nunca se va». Claro que Edith perdió a su hermana Lea. Rena, no. «No pasa ni un día sin que piense en Lea. Todo lo que hago, lo hago por Lea. Siempre ha sido así. No puedes verla. Nadie sabe que está ahí, pero ahí está. En mi mente, en mi corazón, siempre está ahí.» Edith se da un golpecito en el frágil pecho y mueve la cabeza. En la luz que entra a través de la ventana, estoy segura de ver el espíritu de Lea detrás de su hermana.

La culpa puede ser un dilema para el superviviente. En su faceta de bióloga, Edith busca la lógica y la ciencia tras la cues­tión de la supervivencia, preguntándose: «¿y si hubiera sobre­vivido por una parte de mi ADN que era diferente del de mi hermana? ¿Qué pasaría si quienes sobrevivimos tuviéramos un gen de supervivencia y los demás no lo tuvieran?». Muchas supervivientes parecen haber hecho un contrato interno consigo mismas. Rena se había esforzado por recor­dar todo lo ocurrido para poder contárselo a su madre algún día. Cuando comprendió que habían asesinado a su madre en el Holocausto, se aferró a sus recuerdos para contarle a al­guien algún día lo que había ocurrido. Ese alguien acabé sien­do yo.

«¿Cómo voy a acordarme de todos los detallitos? —pre­gunta Joan Rosner Weintraub—. Es humanamente imposi­ble. ¿Cuántos golpes? Hacíamos algo que no les gustaba y nos daban veinticinco latigazos. ¿Se puede sobrevivir a vein­ticinco latigazos? Ahora solo vivo por mi hija y mis nietos.» Para muchas de estas mujeres, sus hijos dieron sentido a sus vidas. Los ojos de Avi se vuelven a llenar de lágrimas cuando rinde homenaje a su madre. «Nos enorgullecemos de nues­tras madres al saber que sobrevivieron a algo muy difícil, y nos enorgullecemos de todas las jóvenes que sobrevivieron, así como de las que no sobrevivieron, pues hicieron lo posi­ble por levantar sus corazones. Su éxito es tener mucha des­cendencia, muchos nietos, bisnietos y tataranietos.»

Ella Friedman Rutman (#1950) y su hermana Edie Valo (#1949) volvieron a Eslovaquia y encontraron que solo cinco tíos suyos habían sobrevivido; el resto de la familia había muerto. Por entonces, vivían en Eslovaquia, pero más tarde se mudaron a Canadá —el país—, donde Ella se hizo niñera de los hijos de Edie. «Yo nunca he querido tener hijos —dice Ella—. Cuando estaba en el campo, siempre pensaba que iba a morir. Al final pensé que quizá sería libre, pero que no tendría hijos, porque no quiero que mis hijos pasen por lo mismo que yo.» Tenía treinta años cuando recibió una sor­presa: una hija. «La mejor sorpresa de mi vida. Sin Rosette, no habría vivido de verdad.»

La prima de Ella y Edie —otra Magda (#1087)— era la madre de Donna Steinhorn. «Supe desde muy pequeña que mis padres eran diferentes a los demás —cuenta Donna—. Y eso hacía que siempre quisiera protegerlos. Quería curar las profundas heridas que trataban de ocultarme. Quería hacer todo lo que estuviera en mi mano para que fueran felices.» Del mismo modo, las madres evitaban contar lo que ocurrió en el Holocausto para que sus hijos fueran felices. A pesar de que muchas supervivientes opinaran así, a una hija le conta­ron demasiado y demasiado pronto, lo cual le acabó provo­cando un trauma vicario. El genocidio no desaparece. Del mismo modo que persigue a los supervivientes, da forma a la vida de quienes viven con los supervivientes y los quieren.

La madre de Orna Tuckman, Marta F. Gregor (#1796), nunca habló de su experiencia, así que en 2016 Orna empren­dió un viaje de autodescubrimiento que la llevó a Eslovaquia y a Auschwitz conmigo. En las ciudades de donde sacaron a las chicas, visitamos las viejas sinagogas y los ayuntamientos en busca de restos de familias antes de recorrer la ruta de Poprad a Auschwitz en el septuagésimo quinto aniversario del primer transporte. Nos encontrábamos en el enorme es­pacio vacío de la segunda planta del bloque 10, donde metie­ron a las chicas al principio de su cautiverio —y donde, más tarde, se realizaron los experimentos de esterilización médica en mujeres— cuando Orna, con la mirada perdida, se sinceró: «Creo que a mi madre la esterilizaron aquí. Yo soy adopta­da». Orna no supo que era adoptada hasta después de la muerte de su madre. Todas las mujeres que sobrevivieron con Marta habían guardado su secreto.

Tener hijos podría ser el mayor acto de supervivencia y de curación. Una clase de estudiantes de Psicología de la Univer­sidad de Brown le preguntó a Rena en una ocasión qué hizo después de la guerra para recuperarse mentalmente. «Tuve hijos», contestó. Después de su primer aborto, el nacimiento de su hija Silvia fue un milagro. Rena estaba llena de felici­dad con su hija en brazos. Miró a su marido y le dijo: «Te quiero, John». Después miró al médico y a las enfermeras: «Le quiero, doctor. Y también a la enfermera. Quiero al mundo entero, aunque en él haya alemanes».

* Autora del libro. Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial.

Por Heather Dune Macadam * / Especial para El Espectador

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Pedro(nkhgy)27 de enero de 2021 - 10:46 p. m.
Lo que jamás se menciona es que la cantidad de víctimas NO JUDÍAS es SUPERIOR a la de las judías. Según fuentes serias, por lo menos las duplican y Wikipedia hasta afirma que en total fueron 17 millones aproximadamente, de las cuales 11 millones NO eran judías. Pero nadie se lamenta por éstas, es la típica doble moral de la humanidad y especialmente de los medios.
James(98616)27 de enero de 2021 - 06:44 p. m.
QUE DESGRACIA NO HABER PODIDO MATAR A ADOLFO HITLER ANTES DE SUBIR AL PODER Y ORDENAR QUEMAR LUEGO EL CONGRESO PARA ECHARLE LA CULPA A LOS COMUNISTAS. ALGO SIMILAR CON DONALD RATA DICTADOR TRUMP SUS LACAYOS LEGISLADORES SON TAN BRUTOS QUE LO QUIEREN ABSOLVER POR SUS CRÍMENES CUANDO RATA TRUMP INSTIGÓ SUS MATONES IDIOTAS PARA ASESINARLOS.
Manuel(66071)27 de enero de 2021 - 03:30 p. m.
No cabe duda los judios sufrieron en el 3 reich , por eso me pregunto por qué son tan crueles con los Palestinos que hasta guettos les construyen, los matan, desaparecen, destruyen sus hogares con bombardeos. Además lo del holocauso no fue privativo de judios, lo sufrieron soldados prisioneros, comunistas, testigos de jehová, opositores políticos, etc.
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