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Llega la noche y el ayuno termina. El mes de ramadán coincide con el verano de largos días. Semanas antes, millones de egipcios protestaron en las calles contra Mohamed Mursi, los militares tomaron el poder y los Hermanos Musulmanes empezaron a sufrir una cacería de brujas. En las calles, los anti-Mursi se quedaron con la mítica plaza Tahrir, mientras los pro-Mursi se concentran en la universidad y en Ciudad Nasser, al oriente de El Cairo.
Ahora, cuando cesa el ayuno, empiezan también las marchas en los barrios donde los Hermanos Musulmanes conservan su influencia política. Ya ha pasado la medianoche, la gente ha comido. Los ánimos y los rezos van en aumento.
En la plaza Tahrir los seguidores del nuevo gobierno muestran afiches que reivindican los nombres de Nasser y de Sadat, dos legendarios militares, y los ponen a la par con Al Sisi, el nuevo líder militar, olvidando que Mubarak era uno de ellos. Los manifestantes de Tahrir representan a una parte de los millones de egipcios que pidieron la salida de Mursi el pasado 30 de junio, cansados de su incapacidad y de sus coqueteos con políticas islamistas.
En la plaza de la Ciudad Nasser los que continúan apoyando al depuesto presidente Mursi preguntan: “¿Dónde está mi voto?”. Recuerdan, al margen del debate sobre clientelismo, que los Hermanos Musulmanes ganaron las elecciones parlamentarias, las constitucionales y las presidenciales. Los Hermanos, junto con otras decenas de organizaciones, tienen allí un extenso campamento para protestar contra el reciente golpe militar.
Las dos partes tienen razón en algunos de sus argumentos: el miedo a la islamización fue una preocupación entre los egipcios desde el mismo triunfo de Mursi, pero también es cierto que los militares dieron un golpe y que difícilmente pueden ser los defensores de las libertades que han perseguido desde 1952.
En rigor, no todos los que critican a los militares están con Mursi, ni todos los que critican a Mursi están a favor de los militares. No todos los cristianos están contra Mursi, ni todos los musulmanes lo apoyan; el debate es más político que religioso. Tampoco todos los musulmanes quieren un gobierno islamista, ni todos los que se oponen a Mursi son demócratas, pues algunos añoran a Mubarak.
También es cierto que no todos los que están en la Ciudad Nasser son islamistas. Una doctora radióloga nos explicaba su opinión bajo pancartas que decían “antigolpe” y “pro democracia”. Ni todos los que están en Tahrir son pro militares. Por ejemplo, algunos tienen como símbolo de su lucha a Mina Danial, un cristiano copto asesinado por el ejército en 2011: su cara está en una pancarta en Tahrir, a pocos metros de otras pancartas a favor de los militares.
Si se escogió el camino de las urnas, con todo y sus problemas, su resultado debería ser tenido en cuenta, pero si todo es negociable, también podría entonces tocarse el poder de los militares, del corrupto sistema judicial y de los mubarakistas agazapados a la espera de un mejor momento.
Tanto en Tahrir como en Ciudad Nasser hay mucha pasión, porque las revoluciones se analizan con la cabeza pero se hacen con el corazón. Egipto es un trabalenguas, un arabesco que trata de encontrar su propio camino y que recuerda que hay una única regla que funciona en Oriente Medio: nadie sabe lo que va a pasar mañana.