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Muchos faraones cayeron en la historia de Egipto y la dinastía siguió en pie. Hoy, tras el destronamiento de Hosni Mubarak y con la llegada de las elecciones democráticas, conservadores y militares creen que el régimen sobrevivirá a otra decapitación. Los islamistas, en la otra esquina, esperan que un líder religioso tome las riendas del país. Los jóvenes, en medio, viven el choque entre el peso de su tradición y la llegada de las ideas occidentales de libertad, derechos humanos y “transición hacia la democracia”. A la nación que ha pasado milenios buscando su identidad bajo la arena, le llega el momento de mirar hacia el futuro. Hoy los egipcios eligen su presidente por primera vez, pero están obligados a escoger entre el sable y el turbante.
Egipto es el más complejo de los países a donde ha llegado la llamada Primavera Árabe, por ser el más antiguo y por los muchos intereses que se juntaron para provocar la caída, en febrero de 2011, de un gobierno que duró casi tres décadas.
Muchos habitantes del Egipto rural y semirrural fueron ajenos a los acontecimientos revolucionarios en El Cairo, Alejandría y las principales ciudades del país. Si se unieron tardíamente a la protesta no fue por sus ansias de democracia, ni por querer derrocar al régimen, sino por sus demandas concretas de oportunidades laborales, reducción de impuestos, mejoras de salarios, educación y seguridad. Este es un sector de la población que no busca un cambio drástico de régimen político, porque está acostumbrado desde tiempos inmemoriales a estar sometido. Son campesinos que, en su mayoría, salen desde ayer a votar por Ahmed Shafiq, el ex primer ministro de Mubarak, para recuperar la economía y la seguridad que han estado fuera de control desde el estallido de las protestas.
A estos egipcios no les molestaría, sin embargo, tener una Policía menos represiva que la de Mubarak. Para ellos, Shafiq representa, según le cuenta a El Espectador el profesor de estudios árabes e islámicos y estudios orientales de la Universidad Autónoma de Madrid, Ignacio Gutiérrez de Terán, la posibilidad de un gobierno conservador moderado. No obstante, “lo que haría este candidato es intentar oficializar el poder de la Junta Militar, aunque sea en la sombra (la Junta dijo que abandonará el poder en junio), y llevaría a cabo una política exterior moderada, probablemente una relación con EE.UU. menos estrecha de la que había antes, porque esa es una de las demandas del movimiento revolucionario”. El régimen seguiría fundamentalmente igual, aunque tal vez menos represivo y con mayores libertades.
La gran intriga es qué pasaría si Mohamed Mursi, el candidato de los Hermanos Musulmanes, llega al poder. Su primer desafío, explica a este diario Carool Kersten —experto en islam del King’s College London, del Centro de Estudios para el Sudeste de Asia y de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos—, sería disipar las sospechas que muchos egipcios tienen de ellos, “generadas porque la hermandad rompió su promesa de no llevar candidato a las presidenciales”, y porque colectividades islamistas que en principio se opusieron a la revolución, luego lograron tener una mayoría en el Parlamento, que hace tres días fue disuelto por la Junta Militar que sucedió a Mubarak.
El curso de Egipto bajo el mando de los islamistas dependerá, para Kersten, de cómo esta colectividad aplique lo aprendido en países como Turquía e Indonesia, donde los líderes islámicos admiten que las políticas religiosas (como el mantenimiento del velo y la aplicación de la sharia) no ganan votos, “pero la democratización, el fortalecimiento de la ley, el respeto a los derechos humanos y, especialmente, el desarrollo económico tienen más apoyo electoral”.
Terán añade que Mursi sería un islamista moderado, que no aplicaría la sharia con el rigor que existe en Irán o Arabia Saudita. Su política exterior sería menos permisiva en las relaciones con los judíos y Occidente. Su victoria en Egipto tendría una incidencia especial en la región, sobre todo por ser un país que comparte fronteras con Israel. El gobierno de Benjamín Netanyahu, que era amigo de Mubarak, ahora teme a la islamización de su vecino y la ruptura de los acuerdos logrados entre ambas naciones.
Los Hermanos Musulmanes han manejado los hilos del levantamiento popular que estalló en enero de 2011 y podrían convertirse en vencedores de la llamada revolución egipcia, de la que en principio se desmarcaron. La primera vuelta electoral favoreció a Mursi, con el 24,7% de los votos. A Shafiq le quedó el 23,6%.
Kersten analiza el posible desenlace del choque entre las vertientes históricas que se encuentran en las elecciones. Con los representantes de dos antiguos fenómenos del escenario político del país —militarismo y religión—, se viene la preservación del statu quo y no un redireccionamiento de la política: “Aún cuando haya una inversión en los papeles —si Mursi es elegido presidente y Shafiq se convierte en parte de la oposición—, se mantendrían los dos puntos de gravedad sobre los que se soportó el régimen de Mubarak. Por supuesto, habría una situación diferente a la de antes de 2011, pero no olvidemos que desde 1980 los Hermanos Musulmanes se han convertido en actores políticos, ha habido un entendimiento tácito entre ellos y el régimen y no parece que esto vaya a cambiar en un modo dramático”.
Los Hermanos Musulmanes son los islamistas con más tradición y los que más trabajo han hecho en los sectores desfavorecidos del país, a través de la asistencia benéfica y trabajos de cooperación en barrios urbanos con menos acceso a infraestructura. Su llegada al poder, sin embargo, daría una causa más a las violentas protestas, porque el 10% de los egipcios son cristianos que ya han sido atacados por musulmanes radicales y que hoy votarán por Shafiq.
Atrapados entre el sable y el turbante quedaron los jóvenes que encendieron las manifestaciones a través de las redes sociales, embelesados con un sueño de globalización y democracia del que hoy sólo les queda desesperanza. Los candidatos que representaban los drásticos cambios a los que aspiraban los prodemócratas, sucumbieron en primera vuelta bajo el peso de la tradición.
Otra posible explicación para el aplastante triunfo de las fuerzas del pasado, dice Terán, es “la posibilidad de que en las zonas rurales se haya cometido alguna irregularidad a favor de Shafiq. Me pregunto hasta qué punto la encrucijada electoral que enfrentan no es responsabilidad de los propios egipcios, y si la Junta Militar consiguió revertir el proceso en su beneficio”.
La Junta Militar se niega a entregar el país a la idea joven y extraña de una democracia rotativa como la Estados Unidos. El historiador Carlos José Reyes le explica a El Espectador que “ese es el modelo que los dirigentes estadounidenses pretenden, erróneamente, implementar de manera mecánica como solución a problemas que suceden en otras coordenadas”. Pero, ¿por qué si hay tanto ánimo prodemocrático no hay un candidato demócrata? “Porque de eso no hay en Egipto. De cinco milenios de autoritarismo no van a florecer seres con ideas semejantes a una democracia occidental”. La incertidumbre que a muchos les genera la recién llegada idea de la democracia, que “en comparación con la eterna historia egipcia aparece como un niño que aprende a caminar” —palabras de Reyes—, se refleja en la abstinencia de la primera vuelta electoral, que fue mayor al 50%.
Reyes añade que el proceso revolucionario ha sido sano, en medio de tanta muerte, porque saca al país de un ostracismo y una tendencia a mirar solamente al pasado. “Pero la idea occidental de que esto va a cambiar para que el mundo todo termine pareciéndose, o sea que esté lleno de McDonald’s y de una clase media sentada viendo fútbol en televisión, es como sacada de un cómic”. Cada pueblo tiene su ritmo y a Egipto le costará más de 16 meses de protestas empezar a caminar hacia el cambio que muchos esperan que suceda de la noche a la mañana.
Si hubo en Egipto algo llamado transición a la democracia —término usado con ligereza en Occidente para referirse a los cambios políticos posteriores a la revolución—, eso se frenó el jueves pasado, cuando la Junta Militar declaró ilegítimo al Parlamento, donde los islamistas habían ganado la mayoría democráticamente por primera vez, y lo disolvió, truncando las posibilidades de redactar una nueva Constitución, recuperando el absoluto control político y garantizando que el candidato que resulte elegido gobernará sin oposición, como un nuevo dictador. Otra cabeza de los cientos de faraones que siguen en pie en el país árabe.
Shafiq, la amenaza del continuismo
Ahmed Shafiq es un general de 70 años que fue también jefe de Estado Mayor del Aire y primer ministro durante el mandato de Hosni Mubarak. Por poco no puede presentarse a las elecciones, debido a la posible aprobación de una ley que les prohibía a los funcionarios del exdictador aspirar a cargos de elección popular. Sin embargo, la Junta Militar que sucedió a Mubarak terminó por avalar su candidatura. Expiloto, al igual que Mubarak, el candidato es licenciado de la academia de aviación militar. Su equipo de campaña recordó recientemente que derribó dos aviones israelíes en una de las guerras que enfrentaron a Egipto con el Estado hebreo. Shafiq, que también fue ministro de Aviación Civil, ha cambiado su uniforme militar por un traje de civil y recuerda que fue el responsable de la modernización de la compañía nacional Egyptair y del aeropuerto internacional de El Cairo. Niega que represente el continuismo y promete una época de grandes cambios.
Mursi, la esperanza de los islamistas
Mohamed Mursi es funcionario de las alas conservadoras de los Hermanos Musulmanes, la colectividad islámica con más de 80 años de antigüedad y un creciente poder regional en el Magreb y Oriente Medio. Fue incluido a última hora como candidato, cuando la hermandad empezó a sospechar que su primera opción electoral, Jairat al Shater, podía ser descalificado. La falta de carisma y las pocas palabras de Mursi se compensan con la fuerza del grupo que lo sostiene. Por llevar el nombre de la cofradía islámica tiene asegurados los votos de buena parte de los musulmanes, que son mayoría en Egipto. Fue diputado durante cinco años y preside el Partido Libertad y Justicia, la marca electoral de los Hermanos Musulmanes. Musri heredó de Al Shater el programa “Nahda” (renacimiento), un plan para transformar y desarrollar Egipto en los próximos 20 años. Asegura que podrá traer estabilidad a la política egipcia e implementará la sharia (ley musulmana) como fuente de la legislación nacional.