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Alrededor de las ocho de la mañana, el 3 de febrero de 1975, un maletín repleto de libros pertenecientes al señor Eli Black salió despedido por la ventana de una oficina. Segundos después, saltó su dueño. Hombre, maletín y parte de la historia de su compañía se estrellaron contra el suelo de Manhattan. Fue un suicidio memorable, simbólico. Al otro día, The New York Times titularía: “Una caída de 44 pisos mata al director de United Brands”.
Por ese entonces, Peter Chapman era un estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad de Sussex, en el sur de Inglaterra. Conocía la historia de United Brands. Sabía que habían hecho lo que quisieron con Honduras, exportando bananas baratas y vendiéndolas caras, con la promesa de construir un ferrocarril a Tegucigalpa que nunca llegó. Sabía que habían sido cómplices de grandes caudillos, como Anastasio Somoza, virtual dueño de Nicaragua, y a quien vio por televisión, luego del terremoto de 1972, recorrer las calles destruidas de Managua como si fueran las ruinas de su castillo.
Sabía —porque Centroamérica se le había clavado en el pecho desde muy temprano en sus estudios— que por allá habían matado y sobornado, acumulado tierras sin explotar y subido y desmontado gobiernos a su antojo. Por eso, el titular de The Wall Street Journal, que señalaba los “altos estándares morales” del señor Black, le sonó “curiosamente cómico”.
“La larga historia de la compañía la definía como un modelo de perversión empresarial (…), la mera idea de la existencia de altos estándares morales dentro de la organización era absurda”, se lee 35 años después, en las páginas introductorias de su libro Bananas: de cómo la United Fruit Company moldeó al mundo, que por estos días llega a las librerías colombianas, luego de tres años de su publicación en inglés.
Chapman lleva años escribiendo sobre Centroamérica y el legado que dejó la multinacional United Fruit Company por toda la región. Revisó libros y documentos sobre sus primeras semillas, plantadas en Costa Rica, cuando un cazafortunas, nacido en Brooklyn, llamado Minor Cooper Keith, llegó al país prometiendo carrileras a cambio de tierras para sembrar y exportar banano.
En el Instituto de Estudios para el Desarrollo de la Universidad de Sussex escribió una tesis sobre la forma en la que la multinacional se convirtió en una empresa “más poderosa que muchos Estados, regida por sus propias leyes y acostumbrada a ver a los países (centroamericanos) como su feudo privado”. Una empresa que —escribiría años después— “se convirtió en el estado sin estrella de la bandera norteamericana”.
Luego se convirtió en corresponsal en Centroamérica para varios medios de comunicación, en momentos en que cada una de las repúblicas bananeras implosionaba por sus respectivas guerras civiles.
Bananas es el resultado de sus inquietudes. Para algunos, demasiado amplias y ambiciosas, demasiadas décadas y personajes (de Woodrow Wilson a Ronald Reagan), para caber en 200 páginas. Pero Chapman no buscaba hacer una enciclopedia ni un tratado, quería —explica desde Londres, donde trabaja como periodista del Financial Times— recordarles a las nuevas generaciones qué fue de una empresa que hoy es un tabú en la política exterior norteamericana. Sentía, dice, “que las nuevas generaciones habían olvidado la historia. Especialmente en Europa y Estados Unidos, donde para muchas personas las bananas están en todas partes, pero la United Fruit es un secreto bien guardado”.
Descifrando a ‘El pulpo’
Como Forrest Gump atravesando el siglo XX a toda carrera, la United Fruit Company se aparece en cada rincón de la historia americana.
Los barcos de su famosa gran Flota Blanca llevaron víveres a los insurrectos panameños que en 1903 lograron —con expreso apoyo norteamericano— la secesión de Panamá. Cinco décadas después, entre viaje y viaje de bananas, la flota volvió a participar en operaciones extra bananeras, poniendo a dos de sus barcos al servicio de los organizadores del desastroso ataque a Bahía Cochinos, en abril de 1961, que buscaba dar al traste con Fidel Castro (coincidencialmente, el padre de Castro había sido proveedor de bananas para la United Fruit).
En la categoría de tumbar gobiernos, Minor Keith y especialmente su legendario socio, Sam Zemurray, se estrenaron en 1911, liderando —literalmente y en el campo de batalla— las fuerzas de resistencia que depusieron al presidente Miguel Dávila en Honduras. ¿Razón? Negativa gubernamental a una prórroga a la exención de millonarios impuestos.
La CIA y la United Fruit volverían a aplicar la fórmula en 1954, lo que provocaría el golpe al gobierno de Jacobo Arbenz, en plena Guerra Fría, y motivado por la reforma agraria adelantada por el mandatario y su esposa, María Vilanova de Arbenz, que prometía poner fin a décadas de acumulación de tierras por parte de la United Fruit, que eran dejadas sin explotar para controlar la oferta y neutralizar a posibles competencias.
El memorial de agravios se extiende en el libro de Chapman y en la historia, y tiene como paso obligado la descripción de constantes abusos a sus trabajadores, obligados a laborar en precarias condiciones, a recibir su paga en vales redimibles en productos de la misma empresa y sin tener acceso a sistemas de salud, privilegios por los cuáles lucharon —entre espías e informantes— decenas de sindicalistas, y cuyo más trágico epígrafe (o epílogo) sería la Masacre de las Bananeras, en Ciénaga, Colombia, 1928.
Sí, quizás 200 páginas no son suficientes. Sobre todo si, como Chapman, se aspira incluso a sugerir que la United Fruit Company fue parte, desde Nueva Orleans, de la conspiración para asesinar a John F. Kennedy, o que el tipo de periodismo investigativo que destapó en los setenta el escándalo del Watergate fue resultado del resentimiento del periodismo norteamericano tras años de manipulación mediática ideada por Edward Bernays, relacionista público de la United.
Las 200 páginas bastan, sin embargo, para descubrir la esencia de lo que significó la United para la historia del comercio y la política global. “La United”, escribió en una reseña sobre el libro Daniel Kurtz-Phelan, editor de la revista Foreign Affairs, “definió las modernas corporaciones multinacionales tanto en su dimensión efectiva como en su dimensión perniciosa. En Washington, cultivó los lazos con aquellos en el poder y ayudó a forjar el arte moderno de las relaciones públicas y el mercadeo. Afuera, mimó a dictadores mientras usaba una mezcla de paternalismo y violencia para controlar a sus trabajadores”.
El fin y el comienzo
La historia de Bananas llega a su fin 44 pisos más abajo de la oficina de Eli Black. No sólo porque la novela de su suicidio encarnó todas las causas del declive de la compañía —los precios del petróleo estaban por el aire, los huracanes y las plagas habían lastimado mucho sus libros de contabilidad y Black enfrentaba un inminente escándalo de sobornos al gobierno Hondureño— sino porque de ahí en adelante la estructura de la United, sus plantaciones y personal, cambiaron de nombre y de imagen, y pronto se convirtieron en una nueva empresa, libre de pecados y con nombre que apelaba a su cara más inocente: Chiquita, el mismo de la banana animada que en los cincuenta había sido el rostro amable de la compañía.
Pero hasta ahí llega la historia. No se menciona qué fue del mundo de las bananas durante las siguientes tres décadas. Mucho menos, aparece el relato de cómo las mismas empresas bananeras, asentadas por décadas en el caribe colombiano, admitirían a comienzos del siglo XXI haber girado millones de dólares a las Autodefensas Unidas de Colombia. Hoy, varias causas judiciales se adelantan en Estados Unidos a nombre de los familiares de los sindicalistas de empresas como Chiquita Brands y Dole Food, asesinados por escuadrones de la muerte en los noventa.
“Yo creo que ellos heredaron una cultura del secretismo, de la conspiración sigilosa”, dice Chapman, al hablar del legado de la United Fruit sobre las empresas bananeras que la sucedieron. “Así en ellas no trabajara ni uno solo de los empleados que estaban en los cincuenta, esas empresas tienen décadas y décadas de trabajar en Latinoamérica de manera maquiavélica. Saben a quién deben acudir y saben cómo moverse para lograr su supervivencia”, asegura.
Pero eso es una historia, que no se anima a contar. Además, no le bastarían 200 páginas.