“No puedes despedir a Dios”, fue la respuesta sonriente e irónica de John F. Kennedy cuando lo interrogaron por el futuro de Edgar J. Hoover en el FBI. Llevaba dos días en la Casa Blanca, y aún no se había entrevistado con Hoover, pero si de algo estaba convencido era del poder del director de la Federal Investigation Bureau.
Pasados algunos años, luego del asesinato de Kennedy el 23 de noviembre del 63, y de la muerte de Hoover en 1972, el escritor William Manchester sugería en su libro Muerte de un presidente que Hoover era uno de los principales sospechosos de la conspiración que acabó con la vida de Kennedy, tesis refrendada muchos años más tarde por Oliver Stone en su película-documento J.F.K.
Hoover fue dios durante 48 años, y el FBI, su reino. Un dios calculador, perverso, vicioso, inculto y obsesivo, mezcla de Mefistófeles y ángel, pero un dios al fin y al cabo, que desde su reino de la Policía en los Estados Unidos manejó también parte del mundo. Extorsionó, amenazó con sutileza, olvidó cuando quiso y lo que quiso, nombró a sus amigos en los cargos que necesitó y eliminó de la vida pública a quienes se interpusieron en su camino. Cuando Kennedy fue elegido presidente, una de sus primeras decisiones fue nombrar como Procurador a su hermano Robert con la orden secreta de que descubriera y eliminara los vínculos de la mafia con el FBI. Todo el mundo hablaba de ellos, era un rumor a voces.
Sin embargo, Hoover se negaba a aceptar la realidad, y su negación pasaba e incluía la no investigación. La revista Time publicó muchos años después que su asistente, Clyde Tolson, llegó a la oficina de investigaciones porque él, Edgar J. Hoover, se encontró su hoja de vida volando por ahí, con una foto y algunos datos que le llamaron la atención. Entonces lo contrató. Ya nunca más se separaron.
Más que amigos eran como cómplices. Tolson falleció en el 75, dicen que de soledad. Su último deseo fue que lo sepultaran al lado de Hoover y así fue. A comienzos de este año, William Sullivan, antiguo subdirector del FBI, definía a Hoover como “un camaleón que podía ser muy atractivo, pero era un manipulador nato. Se metía a la gente en el bolsillo. Era un individuo con una inteligencia muy particular, astuto y sin escrúpulos. Nunca leyó un libro susceptible de ampliar sus miras o su pensamiento. Lo mismo sucedía con Clyde Tolson. Ambos vivían en su propio, extraño y pequeño mundo”.
La mafia conocía muy de memoria aquella relación. Tenía pruebas escandalosas contra los dos. Además, no les tenía miedo. A fin de cuentas, las familias organizadas de los negocios ilícitos en los Estados Unidos no tenían nada que perder. Ya estaban por fuera de la ley. Lo peor que les podía ocurrir era que los persiguieran, pero si esa era la orden, ¿quién perdería más? Tanto John F. como Robert Kennedy sabían de aquella mutua complicidad basada en el silencio y la no agresión.
Para limpiar las mafias, que a su vez habían sostenido constantes disputas con la familia Kennedy por el contrabando de whisky, debían presionar a Hoover. No obstante, el dúo Hoover-Tolson tenía pruebas, miles de pruebas sobre las continuas infidelidades de Kennedy, y una de ellas habría bastado para hundirlo.
Manchester, Stone y algunos más sostuvieron que pese a las veladas advertencias, los Kennedy se le enfrentaron. Los dos terminaron asesinados. Uno en Dallas, y el otro en Los Ángeles, 1968.
Cuatro años más tarde falleció Hoover, luego de haber estado durante casi medio siglo al frente del FBI. Había ingresado en 1924, cuando la oficina apenas contaba con 12 policías. Ochenta años después eran 12 mil. Se habían multiplicado y multiplicaron su poder recordando año tras año que en el verano de 1934 capturaron al gánster John Dillinger; que en 1931 le tendieron una celada a Al Capone y lo enviaron a prisión, y que el 23 de mayo del 34, luego de haberlos perseguido por más de 24 meses, remataron con más de 130 balazos a Bonnie Parker y Clyde Barrow, o sencillamente Bonnie and Clyde.
El 11 de Septiembre del 2001, sin embargo, todos aquellos triunfos y los miles de artículos y películas que habían recreado la inteligencia, valor, honestidad y entrega del cuerpo se derrumbaron. Sus críticos ni siquiera recordaron a uno que otro espía surgido de sus entrañas, ni una que otra acusación errada. Se ensañaron en responsabilizar al FBI del ataque terrorista contra el World Trade Center y el Pentágono.
Sólo siete días antes había asumido como director Robert Mueller, un ex fiscal general de California. El 11 se encontraba en su oficina de Washington, solucionando cualquier tipo de problemas, cuando un asistente lo interrumpió para decirle: “Un avión se ha estrellado contra la torre norte del World Trade Center”. Pasados algunos meses, distintas investigaciones oficiales acusaron a la Oficina de negligente en cuanto a la información que tenían sobre los terroristas suicidas Nawaf Alhazmi y Khalid Almihdar, quienes habían llegado a los Estados Unidos más de 230 días atrás. “El buró no lo consideró un asunto urgente”, dijeron los informes.
Entonces estalló la tragedia. Meses más tarde el presidente Bush le dio al FBI plenos poderes para investigar. Incluyó una serie de normas en la llamada Ley Patriótica que permitían el acceso de la Oficina a datos de las diversas agencias de inteligencia del Pentágono y, sobre todo, le confirieron a sus agentes la capacidad de investigar conversaciones telefónicas, correos electrónicos y demás datos privados, sin autorización judicial. No podía volver a repetirse jamás un 11-S. Hay quienes dicen que su padre fue tajante al respecto, y que entre el dolor y la ira dijo: “Esto no habría ocurrido si hubiera estado vivo Edgar J. Hoover”.