Un hombre está parado en una de las esquinas de la Plaza de las Tres Culturas vestido con uniforme café claro. Sostiene un instrumento musical antiguo, que suena gracias a que él le da cuerda con una mano. Un tubo azul sostiene la caja musical desde la base y le ayuda a efectuar la maniobra. Tiene en el suelo un sombrero que hace juego con el uniforme; lo usa para recoger las monedas mientras observa con detenimiento a todos los que pasan. La vestidura lo distingue del otro sindicato de organilleros que existe en México; el uniforme café se inspiró en los que usaba el ejército del general Francisco Villa. Una melodía nostálgica parecida a las sonatas de los circos inunda toda la plaza, del fondo de las entrañas de esa bestia primigenia sale el coro de Amor eterno. El tipo no para de dar vuelta a la manivela; el sonido, como de una flauta desafinada, apenas se parece a la canción original. (Actos de memoria).
La escena la acompañan curiosos que llegan hasta la mitad del lugar a visitar un monumento erigido hace 25 años; una placa gigantesca dicta: “A los compañeros caídos el 2 de octubre de 1968 en esta plaza”. Hay más de seis ramos de rosas blancas con notas que piden justicia. ¿Qué es la justicia? ¿Cuándo llega? Un cartel rojo como sembrado en el piso, lleno de velones blancos alrededor, la letra negra casi viva recalca: “Me has robado todo, muerte, choque eléctrico en la espina. Solo los vivos vivimos la muerte y a los muertos les pertenece nuestra vida”.
Ese dos de octubre, como todos los días, un olor a maíz dulzón inundaba cada una de las calles de la Ciudad de México. Los preparativos para la marcha habían comenzado varios días atrás. Cincuenta años después, año tras año, un clamor de justicia ha inundado las calles desde la Plaza de las Tres Culturas hasta el Zócalo. Miles de personas gritaban arengas y portaban carteles gigantescos que anunciaban lo innegable: “Fue el Estado”. Hombres y mujeres vestidos de campesinos con machetes escritos en rojo: “Zapata vive, la lucha sigue”. Ciudad de México paralizada, preguntándole al Estado por los estudiantes del 68 y reclamando todavía los 43 de Ayotzinapa. El aire era nostálgico, había mucha dignidad vagando por las calles, porque al final “también de dolor se canta”.
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En 1968 México se preparaba para ser el primer país latinoamericano en auspiciar los Juegos Olímpicos. Díaz Ordaz estaba en el punto más alto de la emoción, pues bajo su Gobierno se encendería la llama olímpica y la atleta Enriqueta Basilio era la primera mujer encargada de hacerlo. Un movimiento estudiantil contundente se interponía entre el Gobierno de turno y unos Juegos Olímpicos que mostraran a México como un país libre de conflictos. Los estudiantes, influenciados por la movida de esos años en varios países, se habían organizado desde diversas universidades y salían a las calles a reclamar un cambio de Gobierno (el PRI llevaba varios años en el poder). Los estudiantes querían un cambio, reclamaban la salida de un dominio muy parecido al dictatorial. Las voces en todas las esquinas de la Ciudad de México se alzaban con fuerza contra el totalitarismo, a favor de un país con mayores libertades políticas y en pro de eliminar la desigualdad.
Los disturbios estudiantiles de México presentan analogías y diferencias con los de los jóvenes de París, Chicago, Milán, Tokio y Berlín occidental. Puede decirse que forman parte de nuestro desarrollo: son la prueba de que hemos progresado y el precio que tenemos que pagar por ese progreso. Un país que es capaz de organizar las Olimpiadas y de industrializarse, es un país que ha de enfrentarse al problema de una juventud inquieta e insatisfecha. Escribía Octavio Paz (entonces embajador de su país en India), para responder una misiva que había enviado el secretario de Relaciones Exteriores a todos los embajadores, consultando cómo se había enfrentado en distintos países a un movimiento estudiantil organizado. La influencia de su amistad con Indira Ghandi es evidente en las palabras del escritor, un llamado a la comprensión y construcción de país desde y para los jóvenes. Esa carta se envió el 26 de septiembre de ese año, días antes de lo acaecido en la Plaza de las Tres Culturas.
Las Fuerzas Militares del Estado ya habían intervenido varias manifestaciones de los estudiantes. De hecho, ante amenazas por parte del presidente (grabadas entonces y que aún circulan por internet), los estudiantes habían organizado una plenaria para tomar decisiones frente a los actos represivos; las cuales se hablarían ampliamente en Tlatelolco la tarde del 2 de octubre, con menos de 15.000 asistentes. Era un mitin pequeño comparado con los organizados anteriormente, donde más de 200.000 estudiantes desbordaron el Zócalo capitalino. Todo transcurría con normalidad, varios manifestantes alertaron a sus compañeros sobre la presencia del Ejército en las salidas de la plaza, pero no era la primera vez que esto ocurría. El Gobierno había organizado un escuadrón especial para las Olimpiadas. El batallón Olimpia tenía una misión clara esa tarde: detener la acción estudiantil.
“Hemos sido tolerantes, hasta en exceso criticados, pero todo tiene un límite”, afirmó tajante Díaz Ordaz en la entrega del informe presidencial el 1° de septiembre. El 2 de octubre los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga se dirigían a los asistentes desde el tercer piso del edificio Chihuahua. La Plaza está rodeada por edificios altos, la iglesia de Santiago y las ruinas del mercado de Tenochtitlán. Es el lugar perfecto para una emboscada. Faltaban cinco minutos para las seis de la tarde, cuando dos bengalas cayeron a la plaza desde un helicóptero que sobrevolaba el lugar. Dada la señal, los francotiradores del batallón Olimpia, escondidos en la parte alta de los edificios, abrieron fuego contra los estudiantes. Otros miembros del mismo batallón, guarecidos en los departamentos del Chihuahua, dispararon contra manifestantes y miembros del Ejército para que se creyera que lo que ocurría era una acción armada de los estudiantes. Los cuerpos se amontonaron y la Plaza de las Tres Culturas se tiñó de rojo, la gente corría, otros se cobijaban con los cuerpos de sus compañeros.
Días después el poeta Octavio Paz emitía la noticia: renunciaba a su cargo como embajador. Las Olimpiadas seguían su curso, el 31 de octubre llegaba un poema del escritor. Antes de la masacre le habían pedido un texto que exaltase el espíritu olímpico, él había declinado la invitación. Después del 2 de octubre cambió de opinión y ante los ojos de los coordinadores del programa cultural de la Olimpiada llegó La limpidez, un poema manifiesto contra lo sucedido:
“… (Los empleados
municipales lavan la sangre
en la Plaza de los Sacrificios.)
Mira ahora,
manchada
antes de haber dicho algo
que valga la pena
la limpidez”.
Convocó a todos los escritores e intelectuales amigos a firmar misivas contra lo perpetrado en Tlatelolco. A Carlos Fuentes con rabia le decía en una carta: “¿Qué será de nosotros? Porque, tienes razón, nos esperan días terribles y espléndidos no a Carlos ni a Octavio sino a los mexicanos. Si acabamos con el mito podremos respirar tranquilos e, incluso, morir tranquilos”.
“Paz era el intelectual más influyente de su época”, afirma Enrique Krauze en el prólogo del libro que compila las cartas y escritos que redactó el poeta sobre los movimientos estudiantiles del 68 y particularmente sobre la masacre de Tlatelolco. A cincuenta años se rememora al poeta como líder y rescata su palabra certera sobre lo innombrable: “El carácter de México, como el de cualquier otro pueblo, es una ilusión, una máscara; al mismo tiempo es un rostro real. Nunca es el mismo y siempre es el mismo. Es una contradicción perpetua: cada vez que afirmamos una parte de nosotros mismos, negamos otra. Lo que ocurrió el 2 de octubre de 1968 fue, simultáneamente, la negación de aquello que hemos querido ser desde la Revolución y la afirmación de aquello que somos desde la conquista y aun antes”.