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El idiota y el genocida: Trump, Netanyahu y la guerra que Washington terminó librando

Klaus Ziegler

27 de marzo de 2026 - 06:08 p. m.

Desde siempre ha habido guerras que nacen de conflictos inevitables entre potencias. Pero esta guerra pertenece a otra especie: nace de la alianza entre un narcisista sin escrúpulos y un psicópata genocida. Como en los cuentos infantiles, el primero es un ogro torpe y vanidoso, un depredador vulgar tan voraz por el dinero como insaciable en su necesidad de elogio. El segundo es el personaje cínico, astuto y taimado que aprende a explotar al gigante tonto. La fórmula es simple y siniestra: la vanidad del idiota al servicio de un criminal sanguinario.

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El conflicto, como explica Daniel Levy —exnegociador israelí y actual presidente del U.S./Middle East Project—, no es el resultado de un plan estratégico autónomo de Estados Unidos. Es, más bien, una guerra a la que Washington ha sido empujado por la lógica expansionista del proyecto sionista.

Durante años Netanyahu y el establishment israelí han intentado arrastrar a sucesivos presidentes norteamericanos hacia una confrontación directa con Irán. El expediente de agresiones contra la nación persa es de vieja data. Incluye asesinatos selectivos en suelo iraní, como el del científico nuclear Mohsen Fakhrizadeh en 2020 1, sabotajes contra instalaciones como Natanz 2, bombardeos sistemáticos contra posiciones iraníes y aliadas en Siria y, en abril de 2024, el ataque contra el edificio consular iraní en Damasco 3. A ello se suma el asesinato de Ismail Haniyeh en Teherán, en julio del año pasado, otro paso deliberado en la escalada regional 4, y, más recientemente, la muerte del líder supremo Ali Khamenei en los bombardeos de febrero de 2026 5. Vista en conjunto, la secuencia resulta difícil de negar: hay continuidad en la desestabilización, asesinatos selectivos, ampliación del teatro bélico y presión persistente para arrastrar a Estados Unidos hacia una guerra de aniquilación.

Los presidentes norteamericanos anteriores —siempre cómplices de Israel— entendieron, sin embargo, que una guerra directa con Irán podía incendiar toda la región y arrastrar a Estados Unidos hacia otro Irak o Afganistán, hacia un nuevo ciclo de desgaste imperial sin horizonte de salida. Para consumar la escalada hacía falta algo distinto: un presidente aún más bruto que George W. Bush, menos atento al peso histórico de sus actos que a la coreografía de su propia imagen. Hacía falta un Trump.

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Trump pertenece a esa rara estirpe de figuras en las que la ignorancia deja de ser un defecto y se convierte en capital político. No entiende la región ni la delicada arquitectura del sistema internacional; tampoco la volatilidad de un Oriente Medio donde una sola chispa puede convertirse en un incendio regional, incluso en una catástrofe de proporciones apocalípticas. Pero posee algo de valor incalculable para quienes saben explotar su verdadero talón de Aquiles: una vanidad sin límites que lo vuelve dócil ante la adulación. Necesita posar como hombre fuerte y rodearse de la escenografía del poder. Y, sin embargo, no es solo un necio. Es también un tonto avispado, capaz de mentir sin disimulo —incluso sobre decisiones de guerra o sanciones— cuando esa mentira sirve para sacudir los mercados y perturbar el clima financiero.

Entre los fervorosos imbéciles del MAGA, Netanyahu encontró a su idiota útil y, alrededor de ese núcleo, a figuras de la misma estirpe moral. Ahí está Pete Hegseth, convertido en el rostro mediático de la brutalidad militar, el hombre que llegó a respaldar una segunda embestida contra una embarcación ya averiada, aun cuando el derecho de la guerra protege a náufragos y sobrevivientes, una práctica que hasta los viejos códigos de los corsarios habrían considerado abominable 6. Está Marco Rubio, que sueña con ser el Roosevelt contemporáneo. Está también el inefable Lindsey Graham, a quien se le hace agua la boca ante la perspectiva de “hacer lo que haga falta para que no quede nada en pie en Irán”.

En esta guerra, que una comisión independiente de la ONU ha señalado como contraria a la Carta de las Naciones Unidas —otro capítulo añadido a la contabilidad sombría de las guerras de agresión— 7, Washington aporta el dinero, los portaaviones, la cobertura diplomática, la munición y el blindaje ideológico. Israel aporta la devastación y la sangre. Sería un error ver en ello un episodio pasajero. Lo que aparece aquí es una lógica más honda: una tradición estratégica que atraviesa la historia militar del Estado israelí y que ha hecho del arrasamiento de la infraestructura civil y del castigo colectivo instrumentos sistemáticos de dominación regional.

No se trata simplemente de derrotar a un enemigo concreto, sino de dejar una lección duradera en la memoria del adversario: una pedagogía del escarmiento que se repite, con variaciones, en cada uno de sus conflictos. Ya en 1956 Moshe Dayan lo decía con la franqueza cristalina propia de una lógica colonial sin remordimiento. Israel era, según sus palabras, “una generación de colonos” destinada a vivir con “el casco de acero y el cañón”. En esa frase no había solo una confesión histórica, sino una doctrina en germen.

Medio siglo después Gadi Eisenkot daría a esa intuición su formulación plenamente explícita en la llamada Doctrina Dahiya: fuerza desproporcionada, destrucción de infraestructura civil, devastación ejemplar. No basta con derrotar a un enemigo; hay que lesionar de tal modo el mundo que lo sostiene que la propia destrucción funcione como lección. Gaza no fue una anomalía dentro de esa tradición, sino su laboratorio más brutal y descarnado.

La guerra contra Irán llega después de esa experiencia. En Gaza se demostró que un Estado podía devastar sistemáticamente a toda una población, arrasar hospitales, escuelas y barrios, borrar la memoria de un pueblo entero, usar el hambre como instrumento de guerra, emplear la tortura como práctica recurrente, recurrir a detenciones sin cargos ni juicio y convertir el castigo colectivo en una estrategia de terror. Hacia 2026 más de 71.000 palestinos habían muerto en la ofensiva israelí, según las cifras del Ministerio de Salud de Gaza citadas por Naciones Unidas y agencias internacionales 9.

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Se pronunciaron discursos, se invocó el derecho internacional, se firmaron comunicados… Pero al final la lección quedó aprendida: si el crimen se ejecuta con suficiente respaldo occidental, la condena moral puede relegarse a mero ruido de fondo. Y si las cortes internacionales y sus jueces se atreven a denunciarlo, también se los puede presionar, sancionar y hasta amenazar para neutralizarlos 8.

Por eso Levy acierta al sugerir que lo que comienza a perfilarse ya no es simplemente la vieja Pax Americana, hipócrita y selectiva, aunque todavía moderada por ciertos rituales diplomáticos, sino algo más inquietante: una Pax del Gran Israel. Un orden regional en el que la superioridad militar israelí deja de operar como ventaja táctica y pasa a funcionar como principio estructural del mapa político. El objetivo ya no sería solo contener a Irán, sino reorganizar Oriente Medio bajo una pedagogía del terror: Siria debilitada, Líbano mutilado, Gaza reducida a escombros, Cisjordania devorada por la colonización y, al final del proceso, un Irán degradado y disfuncional, incapaz de disuadir el proyecto expansionista de Netanyahu.

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La historia imperial ofrece ejemplos abundantes de ese error. Atenas en Sicilia, Napoleón en Rusia, Estados Unidos en Vietnam: todos creyeron que la superioridad militar podía sustituir a la inteligencia política.

Nada de esto garantiza, desde luego, un triunfo histórico para Israel. La historia de las potencias imperiales está llena de victorias tácticas que incuban derrotas estratégicas. Las potencias que se enamoran de su propia impunidad cometen el error clásico de los fuertes: confundir superioridad táctica con destino histórico. Devastar no es gobernar. Humillar y asesinar sin discriminación no es pacificar. Arrasar no es fundar un orden. Toda violencia prolongada fabrica, tarde o temprano, el retorno de sus despojos: odio acumulado, deslegitimación internacional, erosión interna y una dependencia creciente del estado de excepción, que termina por convertirse en la condición misma del régimen. Los imperios nacidos de la devastación rara vez caen por falta de fuerza: caen cuando la violencia que los fundó devora su propia legitimidad.

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Bibliografía

1 Reuters, “Killing of suspected Iranian nuclear mastermind risks confrontation as Trump exits,” 28 de noviembre de 2020.

2 Reuters, “Iran blames Israel for Natanz nuclear plant outage, vows revenge,” 12 de abril de 2021.

3 Reuters, “Iran says Israel bombs its embassy in Syria, kills commanders,” 1 de abril de 2024; Reuters, “Iran vows revenge on Israel after Damascus embassy attack,” 3 de abril de 2024.

4 Reuters, “Hamas leader Ismail Haniyeh killed in Tehran,” 31 de julio de 2024; Reuters, “Killing of Hamas chief in Iran stirs fears of retaliation, regional conflict,” 31 de julio de 2024.

5 Reuters, “Trump approved Iran operation after Netanyahu argued for joint killing of Khamenei, sources say,” 23 de marzo de 2026.

6 Reuters, “Hegseth says he would have ordered second strike on Caribbean vessel,” 6 de diciembre de 2025; Reuters, “Explainer: Did the US military commit a war crime in boat strikes?,” 31 de octubre de 2025.

7 Reuters, “Iran war breaks UN Charter, strike on school shocking, UN probe says,” 4 de marzo de 2026.

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8 Reuters, “ICC chief says US sanctions won’t change court’s handling of cases,” 1 de diciembre de 2025; Reuters, “Trump administration imposes new sanctions on four ICC judges and prosecutors,” 20 de agosto de 2025; Reuters, “Exclusive: US threatens new ICC sanctions unless court pledges not to prosecute Trump,” 10 de diciembre de 2025.

9 Reuters, “Israel military reported to accept death toll of around 71,000 in Gaza,” 30 de enero de 2026; Reuters, “Gaza deaths in war’s first 15 months higher than reported, study says,” 19 de febrero de 2026.

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