Emigré con 16 años por la decisión de mis papás de darme un futuro mejor, ya que veníamos de un barrio donde sólo somos importantes cada cuatro años: de San Francisco, Ciudad Bolívar, en Bogotá. Para salir del país teníamos que tener visa Schengen; mi mamá era peluquera y mi papá, herrero. No teníamos dinero, sólo lo básico, pero si mi papá hacía movimientos de dinero en bancos, nos la darían. Al final entramos por Francia y de ahí pasamos a España, donde mi tío.
Llegué con la paradójica ilusión de estudiar, hasta de ser futbolista. Con el tiempo me di cuenta de que en estos países europeos si no tienes DNI (Documento Nacional de Identidad), que es como la cédula, no vales nada, no te dan acceso a nada. De modo que cuando llegó la crisis nosotros los latinos ya no éramos la solución ni la mano de obra barata, sino el problema del país, donde supuestamente arrebatábamos el trabajo a los españoles. Y empezó la caza del emigrante: nos deportaban sin dar oportunidad. Yo tenía ya 19 años, era alocado, fiestero y vago. Todos al mismo corral: desde el padre de familia trabajador al malandro que robaba por tres pesos.
Después de unos años senté cabeza y empecé a trabajar con ganas de conseguir los papeles para tener acceso al pase de conducir, a la salud, a los cursos del Estado. Cuando menos lo esperé, a los 21 años me casé con una española. Y ahí empecé otro futuro con ella, proponiéndonos metas e ilusiones. Hoy en día muchos compatriotas se matan por mandar dinero a su familia. ¡Pero no todo lo que brilla es oro! Es distinto venir a Europa por paseo que por un futuro mejor.