17 Jan 2014 - 10:08 p. m.

El último soldado del Emperador

Murió el soldado japonés que luchó 30 años después del fin de la II Guerra Mundial.

Redacción Internacional

El soldado Hiroo Onoda en marzo de 1974, cuando dejó la selva.  / AFP
El soldado Hiroo Onoda en marzo de 1974, cuando dejó la selva. / AFP

El exteniente japonés Hiroo Onoda, que vivió escondido en la selva de Filipinas durante tres décadas sin saber que la Segunda Guerra Mundial había terminado, falleció en Tokio a los 91 años. Fue el penúltimo soldado nipón de la Segunda Guerra Mundial en rendirse. Siete meses más tarde lo hizo Teruo Nakamura, de origen taiwanés, enrolado en el ejército de Japón que ocupó China en 1943. Nakamura murió en 1979, con casi 60 años de edad. Sin embargo, según relatan los medios japoneses, durante años se presentaron cientos de los llamados holdouts repartidos por varios países del sudeste de Asia, hombres que simbolizaron la asombrosa y absoluta perseverancia de quienes fueron llamados a luchar por su emperador.

Hiroo Onoda sorprendió a Japón cuando apareció en 1974. Entonces había organizado una guerrilla contra las tropas estadounidenses en la isla de Lubang, cerca de Luzón (Filipinas), hasta que finalmente lo persuadieron de que la guerra había finalizado. Fue necesaria la visita de quien fuera su comandante para que Onoda pusiera punto final a su guerra personal.

Durante años se le lanzaron mensajes desde aviones y se hicieron otros esfuerzos sin éxito para convencerlo de que el ejército imperial había sido derrotado. Pero fue un incidente en 1972, protagonizado por Onoda y su compañero, el que hizo que Japón intentara otras forma de convencerlo para salir de la selva. Entonces, los dos soldados se enfrentaron con las tropas filipinas. Onoda escapó, pero el otro hombre murió.

Para evitar un destino tan trágico, Japón decidió enviar miembros de su familia a Lubang con la esperanza de convencerlo de que las hostilidades habían terminado hacía mucho tiempo. Onoda explicaría más tarde que había creído que los intentos por convencerlo eran obra de un régimen títere instalado en Tokio por Estados Unidos.

Finalmente, en 1974 (30 años después del fin de la guerra), quien fuera su comandante directo logró visitarlo en su escondite en la selva y le dio la orden de deponer las armas. Así la guerra personal de Onoda llegó a su fin.

El regreso

El teniente del Ejército Imperial nipón fue enviado en 1944 como oficial de inteligencia a la isla filipina de Lubang. Onoda llegó a los 22 años con la misión de introducirse en las líneas enemigas, llevar a cabo operaciones de vigilancia y sobrevivir de manera independiente hasta que recibiera nuevas órdenes, lo que obedeció con exactitud durante tres décadas. Tras la rendición de Japón en 1945, el soldado siguió sirviendo a su país en la jungla, convencido de que la guerra seguía.

Durante sus largos años en la selva de Lubang vivió de plátanos, mangos y el ganado que conseguía matar, escondiéndose de la Policía filipina y de las expediciones de japoneses que fueron en su busca, a los que confundía con espías enemigos.

Un año después de su regreso a Japón se mudó a Brasil, donde gestionó con éxito una granja, y en 1989, de vuelta en su país natal, puso en marcha un campamento itinerante para jóvenes en el que impartía cursos sobre la vida en la naturaleza.

El dedicado y leal exteniente relató su increíble aventura en el libro No rendición: mi guerra de 30 años. Según reveló hoy su familia, Onoda falleció en un hospital de la capital nipona por un problema de corazón, tras haber estado enfermo desde finales del año pasado, informó la agencia Kyodo.

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