La semana pasada, en Kabul (Afganistán), ocurría un fenómeno político particular. En horas de la tarde se llevaban a cabo, a diferente horario, dos posesiones presidenciales. Así, mientras Ashraf Ghani, asumía el cargo para una segunda legislatura en el palacio presidencial, el exprimer ministro Abdullah Abdullah lo hacía con su gente. Ahora bien, si se revisan los antecedentes, es claro que las crisis de las democracias son más frecuentes de lo que parecen. Basta mirar el ejemplo vecino al colombiano, como lo es Venezuela con Nicolás Maduro y Juan Guaidó. Una certeza inicial es que cualquier Estado que entra en este juego difícilmente sale.
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Afganistán pasa por un tenso y delicado ajedrez político. Están en medio de un tenso proceso de paz rodeado por una fuerte escalada de violencia talibán. El Afghanistan Times, en su editorial de hoy, lo advierte: “A medida que el enfrentamiento se acerca a su segunda semana, los afganos temen que una pequeña chispa pueda encender una violenta conflagración entre los bandos rivales, hundiendo al país en el caos”.
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En esta difícil ecuación entra Estados Unidos como mediador. “Esto es peligroso. La comisión electoral afgana declaró a Ashraf Ghani como ganador. Abdullah Abdullah no acepta los resultados y tiene cuestionamientos sobre el proceso electoral. Si esto se convierte en violencia afectará la situación de Afganistán. Estamos ocupados día y noche para convencer a todas las partes de que no hagan eso”, dijo Zalmay Khalilzad, representante especial de Estados Unidos para la paz en Afganistán. Ahora, la situación parece que se debate entre encontrar una solución o perder músculo político clave para evitar que los talibán ganen terreno.
Una vez más, la democracia de un país queda en entredicho por la omisión de un concepto clave para su existencia como es la tolerancia. Según los profesores de la Universidad de Harvard, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, el término alude a que “siempre que nuestros adversarios acaten las reglas constitucionales, aceptamos que tienen el mismo derecho que nosotros a existir, competir por el poder y gobernar”. Según los expertos, en el momento en el que se cuestionan mecanismos tan fundamentales como unas elecciones, la democracia empieza a colapsar.
Virus de dos presidentes
A lo largo de la historia son varios los casos que han sonado como el de Afganistán. Basta mirar el que vive hoy Libia, país que, después de la muerte de Muamar Gadafi, en 2011, quedó en un limbo en el que hasta tres personas reclamaron el poder “legítimo”. La pugna está entre Jalifa Haftar, un general que acompañó el gobierno de Gadafi durante muchos años, pero que después se tornó opositor, y Fayed al Serraj, presidente del Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA) reconocido por la ONU y apoyado por Turquía e Italia.
Los violentos enfrentamientos han sido permanentes por meses, aumentando las escabrosas cifras de víctimas. Se estima que desde el 2015 han muerto más de 1.500 personas, cerca de 15.000 han resultado heridas y más de 130.000 se han visto obligadas a abandonar su hogar y convertirse en desplazados internos. Y aunque el pasado 19 de enero lograron en la Conferencia de Berlín algunos acuerdos para iniciar el fin del conflicto, como el alto al fuego, poco o nada se ha cumplido.
Para rematar, el pasado 2 de marzo, anunció su renuncia el enviado de la ONU para Libia, Ghassan Salamé, tras más de dos años tratando de mediar en el conflicto.
México es otro que conoce bien lo que es tener dos presidentes en pugna por el cargo. La primera vez que lo vivió fue en 1914, cuando Eulalio Gutiérrez, quien había sido elegido presidente interino el año anterior, fue destituido por los hombres que en ese momento controlaban las fuerzas políticas del país: Pancho Villa y Emiliano Zapata, quienes designaron a Roque González Garza como nuevo mandatario. El conflicto se extendió un año, en el que hubo dos presidentes que se consideraban legítimos, hasta que a finales de 1915 Gutiérrez renunció.
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El país azteca volvió a vivir un momento similar en 2006, cuando el actual mandatario, Andrés Manuel López Obrador, deslegitimara la elección de Felipe Calderón y llevara a cabo un acto de posesión alternativo al de su rival, quien había ganado las elecciones de ese año y terminó asumiendo el cargo en diciembre de ese año.
Algunos países del continente africano también han tenido, en algún momento de su turbulenta historia, dos presidentes al mismo tiempo. En Gambia, por ejemplo, ocurrió en 2017, cuando Yahya Jammeh, presidente durante más de 22 años, se negó a entregarle el cargo al opositor Adama Barrow, quien había ganado en los comicios presidenciales, por presuntas irregularidades electorales. La situación se salió de control y Barrow terminó juramentándose en Dakar, capital de Senegal. Este país vecino no solo lo acogió sino que invadió con sus tropas a Gambia para forzar la salida de Jammeh, quien dejó el país en enero de 2017.
Por último está el caso de Costa de Marfil, país que en 2010 vivió una de sus peores crisis políticas bajo el sistema democrático. De los comicios de ese año eran dos los políticos que decían haber ganado: Alassane Ouattara y Laurent Gbagbo. Mientras el primero aseguraba haber tenido el 54,1 % de los votos, el segundo afirmaba haber obtenido el 51,45 %. La crisis escaló y ambos juramentaron para el cargo, abriendo la posibilidad de un nuevo conflicto entre el sur y el norte del país. La crisis se solucionó luego de la intervención de Francia y de las Naciones Unidas: Gbagbo tuvo que renunciar al cargo, fue arrestado y enviado a los Países Bajos a responder ante la Corte Penal Internacional por crímenes de lesa humanidad.