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En 21 horas: así fracasó en Pakistán el intento por la paz entre Irán y EE. UU.

Aliados y adversarios de Estados Unidos habían puesto sus esperanzas en el vicepresidente J. D. Vance para intentar encontrar una salida a un conflicto que ha trastornado la economía mundial.

Tyler Pager | The New York Times

13 de abril de 2026 - 12:00 p. m.
Obreros retiran vallas publicitarias tras la conclusión de las conversaciones de paz entre Estados Unidos e Irán en Islamabad, Pakistán, el 12 de abril de 2026.
Foto: EFE - SOHAIL SHAHZAD
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Habían pasado más de 16 horas seguidas de reuniones a puerta cerrada, que se prolongaron hasta la madrugada del domingo, cuando el vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, entró en un ornamentado salón de Pakistán y dejó escapar un suspiro. Cuando llegó al atril para hablar con la prensa, hizo una mueca.

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Habló de “deficiencias”, “malas noticias” y de no ser “capaz de avanzar”. Estados Unidos e Irán no llegaron a un acuerdo.

Agotado y frustrado después de 21 horas en Pakistán, Vance dio pocos detalles, respondió a tres preguntas y se marchó. No habló sobre si se mantendría el alto al fuego de dos semanas con Irán, ni qué pasaría con el estrecho de Ormuz, ni si el presidente Donald Trump cumpliría ahora su amenaza de borrar del mapa la civilización iraní.

Fue una conclusión notable de un viaje diplomático crucial para Vance, quien dio a conocer su oposición a una guerra a gran escala en Irán. Los aliados y los adversarios de Estados Unidos tenían puestas sus esperanzas en él para encontrar una salida a un conflicto que ha trastornado la economía mundial, ha desgastado alianzas y se ha extendido a toda la región.

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En cambio, se fue sin nada. Culpó a Irán del fracaso de las conversaciones, dijo que Estados Unidos buscaba un compromiso según el cual Irán no buscaría un arma nuclear, y este se negó.

Que Vance fuera el que se encontrara en esta situación era algo extraordinario en sí mismo. Al hombre del círculo cercano de Trump más opuesto a la guerra se le comisionó dirigir las conversaciones de más alto nivel entre Estados Unidos e Irán en casi 50 años. Trump, por su parte, estaba a miles de kilómetros de distancia, en el Kaseya Center de Miami, viendo un combate de la UFC junto a Marco Rubio, su secretario de Estado y asesor de seguridad nacional.

Para Vance, el viaje representaba la misión de más alto perfil de su mandato, que ha estado marcado en gran medida por la política interna. Funcionarios de la Casa Blanca esperaban que el vicepresidente pasara los meses anteriores a las elecciones de mitad de mandato recorriendo el país para impulsar al Partido Republicano. En lugar de ello, pasó la primera parte de la semana en Hungría, haciendo campaña en favor del primer ministro Viktor Orbán, y la concluyó en Pakistán, tratando de negociar el fin de una guerra desordenada y complicada.

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Estados Unidos e Israel han pasado más de cinco semanas bombardeando Irán. Asesinaron al líder supremo y a otros funcionarios de alto rango, han alcanzado 13.000 objetivos y, según la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos, han causado la muerte de más de 1700 civiles. Irán respondió con ataques a países de toda la región, incluidas bases militares estadounidenses, y con el cierre del estrecho de Ormuz.

Y, ahora, Trump debe decidir qué hacer: volver a la mesa de negociaciones o reanudar un conflicto mortal y costoso que ya ha provocado la mayor perturbación energética de los tiempos modernos. El domingo, respondió en parte a la pregunta anunciando un bloqueo naval en el estrecho de Ormuz, lo que generalmente se considera un acto de guerra.

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Tender una mano

Vance inició su viaje a Pakistán con un tono cautelosamente optimista, diciendo a los periodistas que Estados Unidos “tendería una mano” si Irán estuviera “dispuesto a negociar de buena fe”.

Pero cuando Vance partió de Washington, con una breve escala técnica en París, los detalles sobre cómo se desarrollarían las negociaciones seguían sin estar claros.

Funcionarios iraníes amenazaron reiteradamente con negarse a entablar reuniones directas si Estados Unidos no accedía a diversas exigencias, entre ellas descongelar los activos de Irán en el extranjero y extender el alto al fuego para incluir a Líbano. Esta última exigencia destacó hasta qué punto muchos acontecimientos de esta guerra están fuera del control estadounidense: el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, ha expresado su deseo de seguir peleando contra Hezbolá, un grupo representante de Irán.

Y en las horas previas a la reunión, incluso cuando el vicepresidente ya estaba en Islamabad, los desacuerdos se desbordaron y llegaron a la prensa. Algunos funcionarios iraníes dijeron a los medios de comunicación que Estados Unidos había acordado descongelar los activos iraníes depositados en Catar y en bancos extranjeros antes de que comenzaran las reuniones, como muestra de buena fe. Estados Unidos dijo que esa información era falsa.

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Los medios de comunicación estatales iraníes informaron entonces que el equipo estadounidense estaba confundido.

Los viajes al extranjero de los presidentes o vicepresidentes de Estados Unidos suelen ser asuntos muy planificados, con agendas detalladas y resultados previstos. Los equipos de avanzada viajan con mucha antelación para ultimar los detalles, elaborando calendarios minuto a minuto.

El equipo de Vance solo dispuso de unos días.

En Islamabad, los movimientos de Vance fueron estrictamente vigilados. El anuncio de su llegada estuvo embargado hasta 15 minutos después de que su comitiva abandonara la base aérea de Nur Khan. Su visita a la embajada estadounidense no pudo hacerse pública hasta que llegó a su siguiente destino: el Serena, el hotel de cinco estrellas que era la sede las conversaciones.

No se permitió la presencia de periodistas en la sala cuando la delegación estadounidense se reunió con los iraníes, ni siquiera durante la reunión bilateral con los paquistaníes.

En Washington, los altos funcionarios de la Casa Blanca también buscaban detalles y llamaban de un lado a otro mientras se alargaban las negociaciones para saber qué estaba pasando en Islamabad.

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Escéptico desde el principio

Vance no quería que Estados Unidos entrara en guerra con Irán.

Advirtió sobre el caos regional y las bajas masivas. Le preocupaba agotar las existencias de armamento estadounidense. Temía traicionar a las bases políticas del gobierno, muchas de las cuales apoyaban al presidente por su promesa de no involucrar a Estados Unidos en nuevas guerras.

Vance, cuya identidad política se ha transformado con el tiempo, pasando de ser un duro crítico de Trump en 2016 a un ferviente partidario, ha centrado su ideología de política exterior en oponerse a este tipo de conflictos. Fue su premisa declarada para apoyar a Trump durante su tercera campaña presidencial.

En enero de 2023, Vance, entonces senador por Ohio, apoyó a Trump para presidente, escribiendo en The Wall Street Journal que su apoyo se centraba en la parte más importante del legado del expresidente: “su exitosa política exterior”. El núcleo de ese argumento, escribió Vance, era que Trump no había iniciado ninguna guerra durante su primer mandato.

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La guerra contra Irán no es el único desacuerdo que Vance ha tenido con el enfoque de la política exterior de Trump. Cuando el presidente estaba considerando atacar Yemen el año pasado, Vance dijo a otros funcionarios del gobierno que pensaba que la operación era un “error” y pareció cuestionar si Trump comprendía las posibles consecuencias de la acción, según The Atlantic, que publicó partes del intercambio.

Y para Vance, ampliamente considerado el favorito para la candidatura republicana en 2028, el conflicto pone en riesgo su conexión con el ala antiintervencionista del movimiento político Make America Great Again (MAGA). La guerra ha convulsionado a la coalición de Trump: destacadas voces conservadoras como Tucker Carlson, especialmente cercano a Vance, han surgido como algunos de los críticos más feroces de la guerra.

Aunque Vance y sus aliados no ocultan su oposición privada al conflicto, él ha apoyado públicamente al presidente. Y como líder de la delegación, le resultará difícil apartarse de la guerra en el futuro, independientemente del resultado.

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“Si no sucede, culparé a J. D. Vance”, dijo Trump entre risas en un almuerzo por Pascua a principios de este mes, al referirse al intento de Vance de lograr un acuerdo. “Si ocurre, me llevo todo el crédito”.

La delegación estadounidense estaba encabezada por tres hombres con escasa experiencia diplomática tradicional. La carrera política de Vance antes de ascender a vicepresidente incluyó un periodo de dos años en el Senado, y Steve Witkoff, enviado especial del presidente, y Jared Kushner, yerno de Trump, construyeron fortunas en el sector inmobiliario.

Pero Witkoff y Kushner se han convertido en los tipos que arreglan cosas para Trump, enviados a zonas de conflicto de todo el mundo para intentar lograr la paz. Han tenido cierto éxito con el conflicto entre Israel y Hamás, y mucho menos con Rusia y Ucrania. Con Irán, intentaron llegar a un acuerdo y el fracaso de sus negociaciones condujo al conflicto actual. Pero al cerrar el estrecho, Irán tiene más influencia en esta ronda de negociaciones que antes de la guerra.

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‘Pase lo que pase, hemos ganado’

Mientras Vance viajaba a Pakistán, e incluso durante las negociaciones, el presidente se pronunció repetidamente en Truth Social. Atacó a los medios de comunicación por informar de cualquier cosa que no fuera que Irán está “¡PERDIENDO, y PERDIENDO A LO GRANDE!” y se jactó de lo que describió como un éxito militar estadounidense absoluto.

“Los iraníes no parecen darse cuenta de que no tienen ninguna carta, salvo una extorsión a corto plazo al Mundo utilizando las Vías Fluviales Internacionales”, escribió en Truth Social mientras Vance volaba a Pakistán. “¡La única razón por la que están vivos hoy es para negociar!”.

Más tarde ese mismo día, cuando Trump abandonaba la Casa Blanca para viajar a Florida, dijo que no le importaba si se alcanzaba o no un acuerdo con Irán.

“Pase lo que pase, hemos ganado”, dijo. “Hemos derrotado por completo a ese país”.

En Islamabad, los funcionarios paquistaníes estaban ansiosos por promover su papel de pacificadores. Anunciaron dos días de vacaciones en la capital para despejar la ciudad, y desplegaron miles de agentes de policía para reforzar la seguridad antes de la visita. Cuando la comitiva de Vance atravesó la ciudad, no había vehículos en el camino ni señales de que hubiera gente.

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Los funcionarios paquistaníes también imprimieron con rapidez nuevos carteles, que pegaron en farolas y vallas publicitarias de la ciudad para celebrar las “Conversaciones de Islamabad”, con las banderas estadounidense, paquistaní e iraní para anunciar las negociaciones.

Pero a pesar de eso, casi todo el mundo ignoraba lo que ocurría a puerta cerrada.

Cientos de periodistas que se habían reunido en Islamabad para cubrir las negociaciones pasaron el día buscando cualquier información sobre las conversaciones. Apostados en el Centro de Convenciones Jinnah de la ciudad, justo enfrente del Hotel Serena, los periodistas bebían café en tazas especiales con la leyenda “Brewed for Peace” mientras una banda tocaba música tradicional paquistaní. Un cartel gigante que decía #IslamabadTalks estaba colocado sobre un escenario cubierto con moqueta verde con un atril que no se usó.

“Nadie sabe cuándo, dónde ni cómo se celebran estas conversaciones”, dijo Nadir Guramani, periodista paquistaní, en el centro de convenciones.

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“Ni siquiera sabemos lo que está ocurriendo fuera, ya que la circulación por la ciudad está restringida”, añadió.

Resultó que, tras 21 horas sobre el terreno en Islamabad, no había ocurrido gran cosa para lograr una paz duradera entre Estados Unidos e Irán.

Elian Peltier y Zia ur-Rehman colaboraron con reportería.

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