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Pareciera que luego de la gran oleada de protestas en el mundo árabe, las aguas vuelven a su cause, de otras noticias se ocupan los titulares y –salvo el caso de Túnez- todo pareciera seguir esencialmente igual: Gadafi en el poder en Libia a pesar de la guerra, y los militares en el poder en Egipto a pesar de la salida de Mubarak.
Las protestas en Yemen y Siria no logran siquiera modificar la estructura de poder en sus sociedades. Y las marchas de Marruecos, Argelia, Bahrein y Jordania se esfumaron. Los demás paises del mundo árabe siguen con sus viejos conflictos: Sudán con el genocidio en Darfur y la secesión del sur, Somalia con sus hambrunas, Irak con su guerra y Palestina sigue bajo ocupación.
Pero el balance no es tan negativo. Lo primero es que el mundo árabe se movió, que no es poca cosa: tras años y años de gobiernos que repetían los mismos nombres y familias, los árabes han vencido la barrera del miedo y los sitios de tertulia (antes limitada al futbol), y se abrieron al debate político. Hoy, el mundo árabe es más conciente de su fuerza y construye, con altibajos, una agenda política más acorde con su visión del mundo.
La segunda cosa, poco mencionada, son los importantes avances en Túnez: allí, por ley, las listas para la asamblea constituyente intercalan hombres y mujeres hacia un nivel de inclusion de la agenda de género digna de ser imitada hasta por los países escandinavos. En Túnez, el movimiento social permanece en la calle como guardián de la revuelta. No así en Egipto, donde la revuelta no logra dar el paso para ser llamada, en rigor, una revolución: en las calles de El Cairo se respira el temor de que los militares se perpetúen en el poder. Las agendas de derechos humanos, de derechos laborales, de género, de reformas económicas siguen siendo asignaturas pendientes. Y, también con altibajos, el pueblo egipcio ha vuelto a las plazas.
Lo tercero es que la marchas han disminuido pero no el proceso político y organizativo, es el caso de Egipto donde más de 20 nuevos partidos políticos mantienen vivas las banderas de la Plaza de la Liberación, o el de Jordania, donde los jóvenes trabajan hacia la consolidación de agendas comunes antes de volver a las calles.
Pero no todo es positivo. En Libia, la situación se ha estancado. Gadafi no es Mubarak, y se aferra al poder a pesar de que sus viejos aliados –los Estados Unidos y la Unión Europea- exijan su salida. Allí preocupa ver cómo se ponen a la cabeza de los rebeldes quienes fueron ministros y generales de Gadafi y que, por tanto, no son garantía de cambio.
En Siria el número de muertos por la represión se incrementa día a día, sin que la ONU decidan claramente qué hacer. Siria es un país “acostumbrado” a las presiones económicas y políticas, y el gobierno de Al Asad no se va a asustar con unas pocas declaraciones provenientes de Europa. El estancamiento de la dinámica marchas-represión es nocivo para el movimiento popular frente a un presidente Asad que juega a que los manifestantes se desgasten como pasó en otros países, en parte fruto de la represión.
En el plano internacional las agendas no son tan estáticas como al comienzo, ni tampoco tan arriesgadas como en el caso libio, parecen más bien figuras expectantes. En Libia, la Unión Europea, que fue cautelosa con Egipto, se fue lanza en ristre contra el gobierno de Gadafi, pasando de las medidas económicas a la acción militar. La Liga Árabe respaldó algo así como “atacar pero sin atacar”, y la Unión Africana, más pro que anti-Gadafi, lanzó propuestas de solución sin desconocer a éste como un “hermano”.
Los Estados Unidos no logran acomodarse: tarde en el proceso de Egipto, callado ante las protestas de Arabia Saudita, temeroso ante Bahrein y desafiante frente a Siria, pero sin lograr mucho con sus declaraciones.
El gobierno de Irán se mostraba entusiasta con las protestas de Bahrein, pero, en cuanto éstas se convirtieron en un ejemplo para el propio pueblo iraní, su alegría decreció. El famoso teólogo suní Al-Qaradawi ha respaldado todas las protestas menos las bahreníes, porque allí se trata de excluidos chiíes contra gobernantes suníes.
Los Hermanos Musulmanes en Túnez miran el modelo de Turquía, mientras en Siria y Libia participan en las revueltas activamente, y en Egipto defienden que se mantengan las normas constitucionales que permiten la vigencia de la Sharía en la regulación de las actividades familiares. Israel teme un ascenso musulmán en Siria y se preocupa por el ‘nuevo’ Egipto.
En resumen, no se trata de unas revueltas en que los actores tengan posturas homogéneas; no es un consenso por la democracia sino un gran ajedrez con bloques tan cambiantes como las protestas mismas. Así, la democracia y la justicia son dos cosas de las que todo el mundo habla pero en las que pocos realmente creen.