El hallazgo causó revuelo. Familias enteras fueron evacuadas de la zona. Algunas acudieron a conocidos, otras fueron a parar a hospitales, escuelas y centros deportivos.
La Fuerza Naval planeó remolcar el artefacto mar adentro y luego detonar una carga explosiva que hiciera a su vez explotar la reliquia bélica. Pero en el trayecto, una fuerte corriente la arrastró fuera del control de los oficiales y la extravió a varios metros de profundidad.
Decenas de aldeanos observaron entretenidos la búsqueda, que con buzos y lanchas rápidas, equipos de localización satelital y radares de última generación, se extendió por varios días. En ocasiones, la bomba aparecía en los sistemas de rastreo, pero a merced de los vaivenes de las corrientes submarinas, se le escurría a los radares y satélites. “Resulta un poco vergonzoso, pero estas cosas suceden. Estamos en manos del mar. Pero no nos vamos a dar por vencidos”, dijo al diario local East Anglian Daily Times el oficial Robin Rickard.
Después de una semana de búsqueda, fue el Remus, un submarino computarizado, el que halló la bomba de 500 kilos. Fue detonada en el acto, frente a la mirada de los aldeanos de Felixtowe.
La bomba produjo una explosión con seis décadas de retraso. Los testigos escucharon un estruendo y vieron el agua que se alzaba “como una pluma”.