Huellas de un terremoto, del paso de un huracán, una epidemia de cólera y rumores de fraude electoral.
Haití es un suelo fértil para las desgracias y este año se perfila como el de mejor cosecha, como si por alguna razón, que la razón no puede explicar, hubiera absorbido toda la mala suerte que iba a ser repartida equitativamente en el mundo, o por lo menos en la región. En Haití la miseria parece reescribirse a diario y encargarse de recordar que todo puede ser peor. Y sin embargo, 4,6 millones de habitantes pueden este domingo elegir a un nuevo presidente.
El panorama es apocalíptico. El terremoto del 12 de enero hizo ver que el país estaba construido sobre cimientos muy poco sólidos, en el aire. Los cientos de miles de hogares destruidos, las 220.000 víctimas mortales, las imágenes de las personas perdiendo el norte y el peligro de la peste hicieron que el mundo —o eso que la opinión pública llama comunidad internacional— volviera a repasar los antecedentes: siete de cada diez personas vivían en la pobreza, sobreviviendo con menos de US$2 diarios y el 56% con menos de US$1. Si un haitiano tenía suerte, era probable que llegara a los 60 años.
No obstante, el terremoto y la mano que las naciones tendieron hicieron pensar que era la oportunidad para que el país retirara los escombros y volviera a levantarse, sin karmas, sin las dictaduras, sin la corrupción del pasado y la violencia. Pero a la par que el gobierno de René Préval advertía que la ayuda prometida no llegaba, el cólera comenzaba a abrirse paso entre los albergues transitorios y los andenes cubiertos de desechos.
Y la historia se repetía. Al panorama oscuro se adhería una plaga que ahora crece dos veces más rápido que los cálculos iniciales de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Como el terremoto, el cólera aparecía en el peor escenario posible, en el que más daño podía causar. Normalmente los médicos derrotan a la bacteria con hidratación y antibióticos, dos armas para las que Haití no cuenta con municiones. El agua se contamina fácilmente por la ausencia de un sistema hidráulico eficaz y las medicinas están lejos de ser el fuerte de un país acostumbrado a dar salud sólo al 30% de su población.
Con la entrada del cólera al país, el hoy triste por todas las penas que acumula, resulta casi afortunado cuando se habla del mañana. Las cifras de contagiados aumenta con cada nuevo día y a la par con la de los muertos, luce incontenible. Al terminar la semana los fallecimientos por la enfermedad alcanzaban los 1.603 casos y los contagios cerca de 70.000. La OMS prevé que a este paso, al cabo de un año, al menos 400.000 haitianos habrán sido afectados.
Y entonces el panorama vuelve a ser peor, como lo fue cuando las previsiones meteorológicas vaticinaron la incómoda visita del huracán ‘Tomas’ en los albergues temporales y sus visitantes tuvieron que hacinarse en los escasos edificios que quedaron en pié después del día en que la tierra tembló. Y una vez más cientos de haitianos tuvieron que dormir en la intemperie mientras se reconstruían los bastidores y los familiares lloraban a los 30 muertos que dejó el paso, esperando a que el nivel del agua bajara para sepultarlos.
La gente muere más a menudo en Haití y también nuevos niños nacen, a pesar de lo duro de su mundo. En las precarias condiciones de vida y de salubridad, nacer más que un milagro es un acto peligroso. Los hospitales están totalmente copados, las mujeres aguardan por un parto tumbadas en el piso, con suero en el mejor de los casos. De acuerdo con el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), dos terceras partes de los embarazos son no deseados.
El mismo UNFPA ha llamado la atención por el crecimiento de la tasa anual de embarazos en la zona metropolitana de Puerto Príncipe. Del terremoto a hoy los embarazos han aumentado del 4 al 12% y en el 1% de los casos las mujeres admiten ser víctimas de violación. Las sospechas apuntan a que en los campamentos transitorios la actividad sexual y las agresiones sexuales han aumentado, sólo hasta 2005, la violación intrafamiliar dejó de ser delito. Para mal o para bien, por estos días comienzan a nacer los hijos del terremoto.
Los haitianos se preguntan por su mala fortuna y buscan posibles respuestas, posibles culpables. La vida los azota demasiado fuerte y su realidad implacable logra avivar sus ánimos, que desesperados buscan una salida al tormento. Hace siglos no registraban un caso de cólera, sin embargo la realidad hace aparecer los enfermos hasta debajo de los escombros que aún esperan ser recogidos. La enfermedad vino de afuera, de eso están seguros y señalan al tiempo a la Misión para la Estabilización de la ONU (Minustah), que desde 2004 imparte autoridad en Haití.
Atribuyen la semilla del problema a un grupo de soldados nepalíes que contaminaron con la bacteria al río Mirbalais, en el norte. Por eso, al nutrido número de muertos, entraron tres personas que se revelaron contra la Minustah y el Ministerio de Sanidad, que se inmiscuyeron en una horda que estaba dispuesta a cazar a los culpables con sus propias manos antes de ser contenida por la fuerza y con gases lacrimógenos.
La ONU se defiende asegurando que no hay ninguna evidencia científica que compruebe la teoría de los protestantes y que se trató de un intento por boicotear las elecciones de este domingo, como si no existieran suficientes asuntos como para estar preocupados.
En el centro Delmas de Puerto Príncipe, donde el Estado reparte las tarjetas de identificación para que los ciudadanos puedan votar, las peleas se han originado de ciudadano a ciudadano. Las largas filas que se desprendieron de las ventanillas llevaron a los hombres a los golpes, procurando que su puesto no fuera ultrajado.
Todavía hay quienes guardan la esperanza de que con un cambio en el gobierno los malos días quedarán en el pasado, atados al desastre del 12 de enero. Si no tienen casa, ni acceso a la salud, ni agua, por lo menos —y lo saben— tienen el derecho de ir a las urnas a intentar revertir la realidad aplastante. Votarán quizás ignorando que la Misión de Observación Electoral Conjunta de la OEA y la Comunidad del Caribe advirtieron que entre la lista de votantes de la Oficina Nacional de Identificación (ONI) y la que presentó el Consejo Electoral Provisional existe una diferencia de 71.030 potenciales votos. Votarán al fin y al cabo.