Una carretera de doble vía cercada por plantaciones de olivos, trigo y cebada es la primera imagen de la entrada a la ciudad de Homs, donde se concentra lo más duro de la rebelión en Siria, el país considerado el corazón del mundo árabe. Los precarios puestos de control militar lucen diferentes fachadas. Algunos están protegidos por montículos de bolsas de arena y otros están fabricados con chapa de aluminio. En cada uno de ellos están apostados entre dos o tres soldados y un civil armado.
A la izquierda se eleva imponente el monte Líbano, a 20 kilómetros de distancia, uno de los corredores fundamentales para el ingreso de armas a esta ciudad, la tercera en importancia por la riqueza de su colosal industria refinadora de petróleo, la más grande del país. Muchas de las armas provienen directamente de la ciudad de Trípoli, al norte de Líbano, donde se concentran grupos salafistas que apoyan esta confrontación, ya que lleva 10 meses y ha dejado miles de muertos.
El ministro libanés de Defensa, Fayez Ghosn, desató la polémica después de que apuntara que miembros de Al Qaeda entraron a Siria desde Arsal, detrás de estas montañas, dos días antes del doble atentado suicida en Damasco que causó 44 muertos y 166 heridos. Arsal, de mayoría sunita, es considerada un bastión del ex primer ministro libanés Saad Hariri.
Al ingresar a Homs, el movimiento parece normal sobre Al Ghota —la avenida principal donde se enclava un barrio mixto de cristianos y musulmanes—, sin embargo los comercios están cerrados. Algunos propietarios que viven del otro lado de la urbe temen trasladarse por los ataques y secuestros de los rebeldes. Otros deciden adherirse sin voluntad propia a la huelga obligatoria que les imponen los grupos armados.
Pero Alhameedy muestra un panorama totalmente diferente. Este zoco (mercado) vibra al ritmo de sus comerciantes y de los compradores —muchas mujeres vestidas con la típica abbaya y su hijab—, que le imprimen a la ciudad una cierta sensación de normalidad, a pesar de las calles atestadas de basura porque los trabajadores de aseo se niegan a hacer sus turnos por temor a ser atacados.
En el hospital militar de Homs, Mohammed Fuad, un soldado de 22 años, yace sobre una cama herido en la cabeza y con quemaduras graves en ambas manos. Un grupo armado no identificado interceptó su vehículo y comenzó a disparar. Una emboscada bien preparada, donde se utilizaron pistolas y explosivos. Dice no entender lo que sucedió.
Al otro lado de la habitación, otro Mohammed pero de apellido Alush, de 35 años y distribuidor de verduras, se encuentra en una situación delicada. Su brazo y piernas fueron destrozados en una balacera, también consecuencia de una emboscada. Fue trasladado a este hospital porque no hay camas en los centros de salud públicos.
Alush, que estaba en su camioneta repartiendo papas, fue interceptado junto a su compañero de trabajo en el barrio de Tal Alshar. Tres personas enmascaradas cruzaron un vehículo y dos de ellos empezaron a dispararles. “No entendemos qué sucede”, le dice a El Espectador en voz baja.
El joven está casado, tiene cuatro hijos y es alauita, una rama del islam que sigue a los doce imanes de Ahlul Bait, descendientes del profeta Mahoma. En Siria representan el 15% de la población y gozan del respaldo del gobierno, debido a que el actual presidente, Bashar al Assad, es alauita. También existen comunidades menores de alauitas en Líbano, Turquía, Irak, Palestina, Australia, Argentina, Venezuela, Brasil y Bulgaria.
Cuando se le consulta a Alush si el ataque tiene que ver con su religión, no sabe explicarlo. Sin embargo, los sunitas radicales, apoyados por Qatar y Arabia Saudita, desde el golfo, y por Turquía, la OTAN y Estados Unidos, amenazan a la minoría alauita por su continuo apoyo al presidente Al Assad, aumentando las tensiones étnicas.
Mamoun al Homsy, un antiguo diputado sirio y uno de los líderes de la oposición del país, difundió recientemente un mensaje grabado a la comunidad alauita en Siria, en el que advierte a sus miembros contra el apoyo a Al Assad. En el mensaje, al Homsy los insta a repudiar al presidente y les advierte que si no lo hacen, “Siria se convertirá en el cementerio de los alauitas”.
El gobierno de Estados Unidos es consciente del peligro de venganza generalizada contra la minoría alauita en Siria, tras la esperada caída del gobierno de Al Assad. Este problema fue el foco de las conversaciones celebradas entre la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, y los líderes de la oposición Siria en Suiza, el pasado 6 de diciembre.
El informe, que publica el protocolo de las conversaciones, manifiesta que Clinton instó al Consejo Nacional Sirio —que Estados Unidos reconoce como legítimo representante del pueblo sirio— a trabajar por la unidad con la promesa de actuar para proteger a las minorías tras el derrocamiento del gobierno de Al Assad.
Pero la violencia sigue en aumento. “Diariamente se reciben entre 15 y 20 heridos, desde el inicio de los incidentes, y el número de muertos que salieron de aquí es de 785 soldados”, le confirma a El Espectador el general de brigada y doctor Alí Mohammed Assi, director del hospital militar de Homs.
“El 85% de los pacientes son hombres y el 15% mujeres. Al principio recibíamos heridos de bala, pero en los últimos meses aumentó el número de lesionados por esquirlas de explosiones de RPG y otros artefactos”, dice Assi. También, el hospital muestra las huellas del disparo de lanzagranadas, ataque que viola el derecho internacional humanitario.
El RPG es un lanzagranadas antitanque de mano y una de las armas más populares. Su robustez, simplicidad, bajo costo y eficacia lo han hecho el lanzacohetes más usado en el mundo. Alrededor de cuarenta países utilizan actualmente el arma, que es manufacturado por nueve países. Es también popular entre las fuerzas irregulares, guerrillas y algunas organizaciones terroristas, al igual que el fusil AK-47. Sin embargo, muchos de los explosivos confiscados son de fabricación casera y están preparados para explotar por control remoto.
“También se han incrementado los disparos en la cabeza y la parte superior del cuerpo, y eso es especialidad de los snipers (francotiradores)”, expresa Assi. Una especialidad en la que se entrenan los miembros del llamado Ejército Libre de Siria y que apunta, como maestros en este arte de la muerte, a las unidades de élite y fuerzas especiales británicas, entre otros. Informes públicos indican que la capacitación también se está produciendo en lugares de Libia y Líbano, donde agentes del MI6 británico y de las UKSF (SAS/SBS) han estado entrenando rebeldes para la guerra urbana, así como proveyéndoles de un suministro de armas y equipamiento.
También se estima que agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos y otras fuerzas especiales están prestando servicios de comunicaciones a los rebeldes, mientras Homs se resiste a quedar sumergida en el infierno.