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Un hombre tiene que ser muy poderoso para que la gente se niegue a aceptar su muerte. Pese a que varios países lo daban como un hecho, en Uzbekistán se negaban a reconocer el deceso de su presidente, Islam Karímov. Hasta que no pudieron seguir con la farsa y el Gobierno y el Parlamentos uzbekos tuvieron que salir a confirmar su fallecimiento.
Tanto hermetismo no era gratuito: Karímov gobernó Uzbekistán durante 26 años; antes de que el país se independizara, tras la disolución de la Unión Soviética, Karímov ya estaba en el poder. Y, desde ese momento, impuso su mano dura por medio de una fuerte censura a la libertad de prensa y ataques a sus opositores.
En 2005, ordenó el asesinato de por lo menos 187 personas en la ciudad de Andiján, con el argumento de que las víctimas eran islamistas radicales. Aunque varias ONG, como Human Rights Watch, han dicho que la cifra de muertos que dio el gobierno uzbeko es menor a la realidad y que los muertos fueron cerca de 500.
Por cuenta de la masacre, Estados Unidos y la Unión Europea. que se habían hecho los de la vista gorda ante los abusos de Karímov, decidieron sancionar a Uzbekistán. Pero por poco tiempo. Fue un regaño, digamos, tibio. Al final, Karímov salió fortalecido. Quedaba claro que el presidente podía hacer lo que quisiera.
Pero ¿Por qué? Sencillo: por la importancia de Uzbekistán debido a su ubicación geográfica: entre Irán, China, Rusia, Afganistán y el mar Caspio; entre los yacimientos de gas y petróleo del golfo Pérsico y los de Asia Central. Karímov, como amo y señor de este país de 30 millones de habitantes, era, antes que un posible aliado, uno necesario.
Y eso lo sabían las principales potencias. Y eso lo sabía, por supuesto, Karímov, quien no hizo sino esperar a que las potencias lo llamaron. Y así lo hicieron. Primero fue Estados Unidos: Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Washington ordenó la invasión de Afganistán, asegurando que allí se encontraban los responsables del mayor ataque en suelo estadounidense, desde Pearl Harbor.
Estados Unidos necesitaba, entonces, un país que le permitiera ubicar bases en su territorio y, de esa forma, le facilitara la invasión a Afganistán. Y entonces apareció Uzbekistán. Antes de finalizar 2001, Estados Unidos ya tenía una base en ese país, desde la que podía atacar a Afganistán y controlar, silenciosamente, la región.
Por esta razón el gobierno estadounidense guardó silencio ante los reiterados abusos del gobierno uzbeko; sin embargo, en 2005, esa actitud se hizo insostenible, debido a la controversia generada por la masacre en Andiján. Estados Unidos sancionó a Uzbekistán. Pero Karímov, en vez de amilanarse, respondió.
A mediados de 2005 Uzbekistán le quitó a Estados Unidos el derecho a tener bases en su territorio. Y este no tuvo de otra que retirarse de ese país. Era la noticia que otra potencia, Rusia, estaba esperando. Pero Karímov se hizo el difícil e, incluso, en 2012 decidió ponerle fin a varios tratados internacionales, declararse neutral respecto a los conflictos a su alrededor y prohibir el establecimiento de bases militares extranjeras en territorio uzbeko.
Pero en 2014, Karímov dio su brazo a torcer, parcialmente. Y empezó a acercarse a Rusia. El todopoderoso presidente ruso Vladimir Putin y el indestronable Ismail Karímov se volvieron buenos amigos, con la excusa de que iban a combatir, juntos, al yihadismo.
Y, mientras tanto, otra potencia, China, fortalecía sus lazos con Uzbekistán, consolidando su presencia en una región clave para sus intereses, debido a que por ahí pasa un gasoducto clave para su economía. En resumen: Karímov jugaba a tres bandas y se aprovechaba, por supuesto, de los beneficios que esto le traía.
Tal era su poder que en menos de un año recibió en su país al secretario de Estado de los Estados Unidos, John Kerry; al presidente ruso, Vladimir Putin, y al presidente chino, Xi Jinping. Todos fueron a hablar de negocios, ninguno a censurarle sus abusos. Quizás ninguno de ellos había leído el informe que, meses atrás, había publicado Reporteros Sin Fronteras respecto a las violaciones a los derechos humanos en Uzbekistán.
“Islam Karímov lidera el país desde 1989 sin que nada le impida reforzar su implacable autoridad para reducir las críticas, medidas que incluyen encarcelamientos arbitrarios, detenciones en centro psiquiátricos, desapariciones y torturas. Los periodistas han pegado un alto precio por querer ejercer su profesión. La menos nueve de ellos están privados de libertad actualmente” , señalaba el informe. Quizás no lo leyeron, quizás no les importó.
Otro que visitó a Karímov fue el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, quien se limitó a pedirle al presidente de Uzbekistán que acabara con el trabajo forzado y con las torturas en las prisiones; del resto, poco o nada. Parecía que Karímov era, sencillamente, invencible, incuestionable. Pero no. Su ocaso, como el de cualquier ser humano, era inevitable e inició el pasado 29 de agosto.
Ese día, su hija informó que Karímov se encontraba en grave estado de salud. No hubo más datos, sólo una petición a la gente: que no cayeran en “especulaciones” , que respetaran el derecho de su familia “a la privacidad” . Pero la historia ha mostrado que cuando se empieza a hablar de la salud de un hombre tan poderoso como Karímov es porque algo va a pasar. Y así fue: el presidente uzbeko murió ayer y será enterrado hoy.
En Uzbekistán no saben quién lo reemplazará porque, a diferencia de otros dictadores de la región, Karímov no dejó ningún heredero en particular. Y en 26 años, ese país no ha conocido a otro dirigente sino a él. Es el fin de una era y el inicio de una incierta.