Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
A finales de septiembre de este año, a lo largo de una amplia avenida en el centro de Seúl, cientos de personas se agolparon para ver pasar, sobre varias camionetas, a un grupo de ancianos perplejos. 30 veteranos heridos en la Guerra de Corea, entre ellos el nariñense Gerardo Francisco Rodríguez, saludaban a la masa que, en un idioma inatrapable, voceaba agradecida.
El recuerdo es cada vez más borroso y para evocarlo, Gerardo esconde los ojos entre sus arrugas. Tenía 19 años y prestaba servicio militar en Puerto Leticia, en 1952, cuando se enteró del llamado de las Fuerzas Militares para que voluntarios se enlistaran en el Batallón Colombia, que asistía al ejército de la ONU en la península de Corea.
“Llegaron muchos telegramas y duré varios meses pensándolo”, recuerda Gerardo, hoy de 76 años. “Pero al final me decidí. Había nacido en Pupiales, Nariño, un pueblo conservador, era un adepto al presidente Laureano Gómez y quería luchar contra el comunismo y evitar que avanzara hacia Occidente”.
La Guerra Fría daba sus primeros pasos y la península de Corea sería el primer escenario donde se libraría. Dos años antes, el 25 de junio de 1950, las fuerzas comunistas de Corea del Norte, alentadas por el poderío de sus vecinos chinos y rusos, había decidido cruzar el límite demarcado tras el fin de la Segunda Guerra, el paralelo 38, y había incursionado sangrientamente en Corea del Sur, de fuerte arraigo occidental. El gesto desató una rápida reacción de la naciente
Organización de Naciones Unidas, que bajo la batuta norteamericana, organizó una fuerza internacional compuesta en gran parte por el Octavo Ejército Norteamericano, liderado por el general Douglas MacArthur.
La seducción de la guerra
Desde el primero de noviembre de 1950, día en que la Fragata de Guerra Almirante Padilla zarpó desde Buenaventura hacia su destino final, en Corea del Sur, por órdenes del presidente Laureano Gómez, alrededor de 5.000 colombianos viajarían a Corea durante los años de la guerra.
Para muchos jóvenes de la época, sólo imaginar la posibilidad de participar en un teatro de operaciones genuino era emocionante. “El chiste era ir a una guerra de verdad y volver a contarlo”, recuerda el coronel (r) Guillermo Rodríguez Guzmán, presidente de la Asociación de Oficiales Veteranos de Corea.
Y el deseo de muchos soldados se convertía en realidad. Tras el ofrecimiento de Laureano Gómez a Estados Unidos de la Fragata de Guerra y un batallón de 1.080 hombres, muchos fueron los militares voluntarios que respondieron al llamado en los sucesivos relevos que durante dos años realizarían las Fuerzas Armadas colombianas.
Aquel que regresaba de la guerra traía consigo relatos que despertaban gloria y aventura en la imaginación de otros jóvenes soldados. Las hazañas narradas sobre la “Operación Nómada”, librada en octubre de 1951, y que constituyó el primer gran esfuerzo colombiano para darle apoyo a las fuerzas de Naciones Unidas para asegurar la presencia aliada en territorio norcoreano, eran prueba de que en la península estaban pasando grandes cosas. Y ni hablar de la posibilidad de conocer tierras lejanas, en especial Japón, lugar de descanso para las tropas, y de cuyas tierras los soldados rememoraban innumerables devaneos con las geishas de Tokio y Yokohama.
Al recordar los períodos que pasó en Japón, entre películas incomprensibles dobladas al idioma local y salones exóticos, Gerardo cierra de nuevo los ojos, alza los brazos y sonríe con picardía: “Imagínese para mí, que vengo de Pupiales, Nariño, son épocas inolvidables”.
La cebolla y las trincheras
Según la ponencia del proyecto de Ley 153 de 2007, radicado en la Cámara de Representantes por el congresista Luis Antonio Serrano Morales para defender el derecho a la pensión de todos los veteranos de la guerra de Corea, en la actualidad 1.068 miembros del Batallón Colombia siguen vivos. Alrededor de 300 aún no obtienen pensión de veteranos y unos tres mueren mensualmente de causas naturales.
Con cada uno de ellos se desvanece parte de una historia que sólo puede ser reconstruida en coro. La distribución de los voluntarios, a lo largo de la guerra, en cuatro batallones, divididos en varios relevos que hicieron parte del regimiento 31 del Ejército Norteamericano —los Osos Polares, según fuera bautizada por la jerga militar norteamericana—, fragmentó las reminiscencias de la guerra.
El general (r) José Jaime Rodríguez, en ese entonces teniente de la Compañía C del Batallón, es uno de los siete oficiales que aún quedan vivos, y que lideró a sus hombres durante la Operación Bárbula y la defensa del cerro Old Baldy, en marzo de 1953.
Las tropas de las Naciones Unidas habían asegurado una buena porción del territorio norcoreano, mordiendo los alrededores de su capital, Pyongyang. Apostados sobre la franja que corría al este y al oeste de lo que se llamó el Triángulo de Hierro (ver mapa), el general Rodríguez lideró a sus tropas durante la “guerra de movimientos” que buscó, en pleno desarrollo de las conversaciones de paz entre ambos bandos, asegurar las posiciones tomadas en el territorio hasta ahora ocupado.
Eran días te tensa calma entre las trincheras. Aunque se adelantaban las negociaciones, muchos veteranos recuerdan los días y noches de guardia y patrullaje. Las salidas para emboscar el enemigo chino, que como recuerda el entonces soldado Carlos Bejarano Infante, “se podía identificar por el intenso olor a cebolla y ajo en el aire”; las noches en vela en las trincheras, el calor en el ambiente frente a los lanzallamas enemigos y las arduas jornadas de entrenamiento, más duras incluso que el frente de batalla, y que tenía en la tropa un efecto paradójico: “Preferíamos estar en la línea de combate que en el entrenamiento, porque allá no nos sacaban la leche”.
El general Rodríguez recuerda una consigna de oro: “El entrenamiento debía ser tan duro, que el combatiente encontrara descanso en la guerra”. Fue ese el imperativo que rigió semanas antes del primer gran esfuerzo colombiano en 1953, la Operación Bárbula, en la que más de un centenar de hombres de su compañía rodeó el cerro 180, tomado por el enemigo, para “tentar” al ejército chino y medir su capacidad ofensiva.
El resultado fue violento. Al llegar a la punta del montículo, “nos dimos cuenta de que las fuerzas enemigas eran más de las que pensábamos”. Entre las trincheras, el combate cuerpo a cuerpo contra los chinos diezmó en un 60% a la compañía colombiana.
La noche anterior, el teniente Rodríguez había pasado la noche en vela viendo dormir a su tropa. Horas después, enfrentaba el golpe. “Al regresar a la zona de nuestra compañía —no es vergüenza recordarlo—, me senté a llorar la pérdida de nuestros hombres”.
“El cruento mes de marzo de 1953”, así bautizó el general las semanas que antecedieron y sucedieron a la Operación Bárbula. Ya que a contados diez días, y con la compañía C aún debilitada, el batallón en su totalidad sería enviado a defender
dos cerros que quedarían grabados en la memoria de la tropa: Dale y el Old Baldy. Allí, durante la noche del 23 de marzo, los soldados colombianos serían sometidos, sin la posibilidad de refuerzos, al ataque del ejército chino, que arremetió con una fuerza seis veces mayor sobre los colombianos.
La batalla dejaría 95 muertos, 97 heridos y 30 desaparecidos, la más sangrienta para los colombianos en la guerra, y que concluiría con la aniquilación de las fuerzas chinas sobre el malogrado cerro, bajo una lluvia de bombas de napalm, por parte de los aviones aliados. “Aún se me calientan las mejillas al recordar el bombardeo sobre el cerro”, dice el general.
En la postrimería invernal, los bombarderos y los morteros cambiaban la temperatura: “Bien podía estar haciendo tres grados bajo cero. Apenas empezaban los combates, el clima subía hasta los treinta”, recuerda Gerardo, quien durante el Old Baldy, y las semanas siguientes recibiría 25 heridas de esquirla en sus piernas, las cuales lo convirtieron en uno de los dos colombianos invitados el pasado septiembre a Seúl, para asistir al primer encuentro de veteranos heridos en combate, junto a compañeros de los otros 14 países que hicieron parte de las fuerzas aliadas de la ONU.
Con una pensión de un salario mínimo y un par de deudas, Gerardo se negó inicialmente a la invitación, realizada por la Embajada de Corea. Aunque el viaje era todo pago, aún debía incurrir en los costos del impuesto de salida para viajar al encuentro. Su hijo insistió, y logró que su padre se montara en el avión azul de Korean Air que lo llevaría a visitar un país que, cuando partió a los 22 años, era un mar de ruinas. A lo largo de las avenidas impecables de Corea del Sur, Gerardo fue saludado en masa. “Nunca en mi vida, hasta ese día, me había sentido como un verdadero héroe”.
La guerra de Laureano Gómez
Como conservador radical, Laureano Gómez no soportaba la idea del comunismo y de un mundo sin Dios. Y de hecho, utilizó este discurso innumerables veces contra el Partido Liberal . Al ofrecer en 1950 un batallón colombiano para asistir a la fuerza de Naciones Unidas en Corea, Colombia sentó su posición como país aliado del capitalismo y fortaleció sus relaciones con Washington.
La acción fue criticada por el liberalismo de la época, pero fue ventajosa para el Ejército colombiano, que no estaba a la altura de los estándares militares del momento. Gracias a su intervención, las tropas fueron entrenadas en el manejo de armamento y obtuvieron experiencia como unidad militar.