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La noche de las velitas de 1999, la que jamás podré olvidar, marcó un punto de inflexión en mi vida. Sangrienta madrugada del 8 de diciembre en la que guerrilleros de la columna Joselo Lozada de las Farc realizaron una cobarde y cruel emboscada a una patrulla de la Policía Nacional, usando como escudo las instalaciones del Hospital del Rosario de Campoalegre, Huila, en donde yo para ese momento fungía de médico rural del Servicio de Urgencias de la institución. Esa maldita noche de las velitas, la que cada año me devuelve a ese instante en que se me escurrió de las manos el alma del policía José Patiño Valencia, y a duras penas pude contener la vida de Raúl Almarales, también policía, dos héroes anónimos de la nación.
Esa inocente noche de las velitas marcó mi exilio de Colombia y el abandono de mi profesión de médico por trece años. Porque fueron tantas la rabia y la impotencia que sentí, que al día siguiente de este fatídico evento estaba denunciando públicamente esa masacre inmisericorde que no respetó derecho humanitario alguno.
Me dieron tres días para salir del pueblo. Con esposa, un hijo de cuatro años y una niña de tan solo diez meses no era tarea fácil abandonar una vida. Me embarqué en una aventura de la que no me arrepiento. Estaba tan desilusionado de este “país de mierda”, como dijo Cesar Augusto Londoño, que decidí salir de Colombia para donde fuera.
Sin estatus migratorio llegué a tierra venezolana. Allí inicié una nueva vida, fundé una empresa que prosperó rápidamente. Desarrollé destrezas de las que no tenía idea. A pesar de la inestabilidad económica en el vecino país, paros petroleros, golpes de estado y demás, logré posicionar en toda Venezuela un producto coreano del que obtuve la representación. Abrimos cuatro tiendas directas en Caracas y creamos una red de distribución que llegaba hasta los puntos más alejados. Conocí varios países por invitación de mis proveedores, en premio por el cumplimiento de las metas de ventas. Sin embargo, traté y sigo tratando, sin éxito, de olvidar esa noche.
A pesar de la crispación política que caracteriza a Venezuela, siempre me mantuve alejado. No quería pasar por la misma situación que me obligó a huir de mi propio país. Pero parece que el destino estuviera confabulado y lo que es para uno, llega por mucho que lo evites. En 2011 mi empresa, que ya contaba con más de 50 empleados, fue invadida y saqueada por las hordas chavistas empoderadas desde el Gobierno. En esos casos no hay mucho que hacer, las únicas vías posibles son las de hecho, porque la justicia en Venezuela es una caricatura. Y soy un hombre pacífico, no creo en la violencia.
Así que después de negociar con los empleados, reduje en un 60 % el tamaño de la empresa —que aún funciona— y decidí regresar a Colombia. Por cosas del caprichoso destino regresé a ejercer de nuevo mi profesión de médico en el mismo hospital que abandoné forzosamente trece años antes. El regreso me dio la oportunidad de reencontrarme con mis amigos y de hacer las paces con mi adorada Colombia.