Alex Sinclair es un hombre judío, novelista, que vive en Israel. Hace unas semanas fue detenido por usar su kipá —la prenda tradicional del judaísmo— bordada con las banderas de Israel y de Palestina, convirtiéndolo en una figura disruptiva y rebelde dentro de su propia comunidad.
Fue precisamente la inclusión de la bandera palestina la que generó conmoción, desató cientos de críticas y le trajo problemas con las autoridades. En un contexto ya fragmentado por los ataques terroristas de Hamás contra Israel y por la ofensiva militar y el régimen de ocupación del ejército israelí en Palestina, el caso de Sinclair ha polarizado aún más la opinión pública alrededor de ambos países.
Sinclair, de 53 años, relató que el lunes las autoridades israelís lo sacaron de un café donde estaba sentado, cerca de su casa en Modiin, en el centro de Israel, le exigieron que entregara su kipá y luego lo encerraron en una celda. Aseguró que, cuando le devolvieron la prenda, la sección donde aparecía la bandera palestina había sido recortada.
En Israel, la bandera palestina no está prohibida de forma absoluta por ley, pero su exhibición está fuertemente restringida y se ha vuelto prácticamente ilegal de facto en muchos contextos, sobre todo en espacios público.
El ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben‑Gvir, ha ordenado a la policía impedir la presencia de banderas palestinas en manifestaciones y eventos públicos, haciendo uso de la figura de “orden público” más que de una prohibición explícita en el código penal, aunque el Parlamento ha avanzado proyectos de ley para castigar su exhibición con penas de prisión.
Por la polémica generada, Sinclair escribió un artículo de opinión en el medio Haaretz, en el que explica las razones por las cuales decidió llevar su kipá con ambas banderas, defendiendo su gesto como un llamado a la convivencia y la crítica a la escalada de violencia. En el texto menciona al grupo de “ultraderechistas” dentro de su comunidad que, según él, no comprenden su mensaje y lo han señalado como traidor a la identidad judía.
“Mi kipá ha sido un símbolo poderoso para los palestinos israelíes”, afirma Sinclair.
Un día cualquiera mientras hacía mercado, la cajera de origen palestino detalló su kipá y sorprendida, le agradeció “en nombre de todos”. Luego, otro día cuando fue a su modista de confianza para que le arreglara un pantalón, este al ver su bandera plasmada en una prenda judía no pudo contener las lágrimas y empezó a llorar.
Sinclair explica que ya el hecho de usar una Kipá es un mensaje por si solo, y en el lenguaje social de Israel puede enmarcarte rápidamente en una corriente política y espiritual, “de derechas, pro-asentamientos, anti-palestinos,fundamentalistas ortodoxos y no igualitarios”.
Sinclair explica que la razón por la que lleva la kipá es compleja y se remonta a su juventud, cuando empezó a tomarse el judaísmo más en serio. Aunque a veces se cuestiona si debería dejar de usarla, reconoce que hay algo en ella que aún valora profundamente.
Sin embargo, aunque él se considera judío y hace parte de muchas tradiciones, busca diferenciarse de ciertas visiones que han promocionado la eliminación del pueblo palestino, donde desde octubre de 2023 han muerto más de 70.000 personas por la ofensiva israelí.
“No me incluyáis en sus repugnantes agendas políticas. No asumas que creo en el mismo Dios fundamentalista en el que ellos creen. No me cooptes en su versión no ilustrada del judaísmo”, escribió el hombre.
Chava Kadoche, una judía norteamericana radicada en Israel publicó una respuesta a Sinclair en The Times of Israel, donde expresó su profundo descontento ante la decisión del hombre de portar la bandera palestina en su kipá, viéndolo como un acto intencional en contra de su comunidad.
“No puedo ni imaginar lo que podría evocar para un rehén que ha regresado, para un soldado que ha luchado, para un padre que ha perdido a un hijo, o para un niño que aún intenta entender el mundo que les rodea. ¿Qué representa ese símbolo para ellos, aquí y ahora?“, escribió Kadoche.
La mujer afirmó que los símbolos tienen un significado que va mucho más allá de lo que explica Sinclair: “La bandera palestina hoy no se percibe como una idea política abstracta ni como una aspiración lejana; en este momento, es inseparable de un trauma que aún no ha tenido espacio para asentarse”.
Finalmente, Sinclair ve el uso de la kipá como un acto profundamente personal, que solo puede ser decidido y modificado por quien elige llevarla puesta. Sus acciones, polémicas para muchos, constituyen una apuesta política dentro de una comunidad a la que se siente parte, pero que también busca cuestionar frente a lo que él considera injusto.
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