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31 Jul 2020 - 2:00 a. m.

La ministra Digital “hacker” que derrotó la COVID-19 en Taiwán

Audrey Tang es una figura llamativa por donde se le mire: además de ser una defensora a ultranza de los datos abiertos, es la primera ministra transgénero del país y la más joven.
Nicolás Marín

Nicolás Marín

Periodista Mundo
Audrey Tang lleva cuatro años como ministra Digital de Taiwán; su estrategia digital fue una de las claves para atajar al virus en ese país. / AFP
Audrey Tang lleva cuatro años como ministra Digital de Taiwán; su estrategia digital fue una de las claves para atajar al virus en ese país. / AFP
Foto: AFP - David Fernandez

El pasado 1° de enero, cuando la información sobre la existencia de el COVID-19 todavía era incipiente en gran parte del mundo, el gobierno de Taiwán ya inspeccionaba a los viajeros que llegaban desde Wuhan (China), primer foco de contagio del virus. Para encontrar el motivo de la anticipación hay que remitirse a lo que bautizaron como “sociedad civil abierta”, una red de confianza mutua en el manejo de los datos entre las autoridades y los ciudadanos. Fueron estos últimos, a través de grupos de hackers e ingenieros, quienes recibieron información proveniente de China y prendieron las alarmas. La cabeza de toda esta estrategia tiene nombre propio: Audrey Tang, ministra Digital del país asiático.

En tiempos en que la tecnología parece ser cada vez más invasiva y agresiva, la mujer de 35 años no solo da esperanza sobre su futuro, sino que se convirtió en una eminencia a la hora de hablar de democracias digitales, hacking ético y acceso abierto de la información. En una reciente charla en la plataforma TED afirmó: “Como sabemos, la democracia mejora cuanto más personas participen. La tecnología es una de las mejores herramientas para aumentar la participación. Hay tres ideas en las que me gustaría hacer énfasis sobre la democracia digital: es rápida, justa y divertida”.

La velocidad se explica en la forma en que se detectó la COVID-19. Tang se refiere al sistema que se construyó para lograr que todos tuvieran acceso no solo a la información, de una forma segura, sino a las mascarillas, por ejemplo. A mediados de febrero, ante su escasez, la ministra detectó una aplicación, desarrollada por un ingeniero de sistemas, que rastreaba cuáles farmacias tenían disponibilidad y cuáles no, a través de Google Maps. Habló con el primer ministro y logró que todas las mascarillas fueran distribuidas por la Aseguradora Nacional de Salud, que mantiene una base datos actualizada.

Luego, propuso que la gigante base de datos fuera pública y se la entregó a un grupo civil de hackers, quienes crearon más de cien herramientas para ayudar a las personas. “Actualizábamos la información cada treinta segundos y las personas solo debían mirar un mapa y, a través de ‘chatbots’ o asistentes de voz, ver dónde había disponibilidad de máscaras”. Todo esto, acompañado de campañas contra la desinformación basadas en el eslogan “humor sobre el rumor”; es decir, piezas gráficas que viralizaban en pocos días y, haciendo reír a las personas, lograban que el contenido falso se olvidara.

Una mente brillante

La historia de Audrey Tang es llamativa por donde se le mire. Con un cociente intelectual de 180, la investigadora en computación no solo es la primera ministra transexual del mundo, sino que fue la más joven de su país, pues llegó al cargo a los 35 años. Nació en 1981, con un problema cardíaco congénito, y desde ese momento enfrentó momentos difíciles. Los médicos le recomendaron a sus padres mantener bajo control sus emociones, tanto así que, según cuenta, uno de sus primeros recuerdos es estar practicando la meditación taoísta, corriente que cita en sus discursos.

Su vida en el colegio estuvo marcada por un matoneo constante, según ha reconocido, tanto así que a los catorce años logró que sus padres le permitieran renunciar y empezar un estudio virtual autodirigido. Su círculo cercano asegura que empezó a programar a los ocho años, y a los doce ya sabía codificar en Perl, un lenguaje informático con el que ha estado relacionada desde entonces. Tres años más tarde empezaría su propia compañía, juntos con otros piratas informáticos, para desarrollar diferentes tipos de software.

Allison Randal, exdirectora de la Fundación Perl y expresidenta de Open Source Initiative, aseguró a Wired: Audrey es inmensamente inteligente y apasionada por la resolución de problemas, pero no en la forma desagradable que nuestra industria parece admirar tanto (Elon Musk, por ejemplo). Siempre me impresionó profundamente lo infaliblemente amable que era, incluso en medio de conversaciones difíciles. Ella inspira a las personas a esforzarse por mejorar, no solo haciendo un mejor trabajo, sino también construyendo comunidades fuertes y saludables que se apoyen mutuamente.”

Su primera gran prueba en la escena política fue en 2014, cuando apoyó al movimiento estudiantil Girasol. Durante 22 días consecutivos, los estudiantes se tomaron la Asamblea Legislativa de Taiwán, denunciando el tratado de libre comercio que existía con China, pues, según ellos, favorecía a las grandes empresas. “Después de ocupar el parlamento, no hay nadie muerto, nadie desaparecido. Luego de toda esa experiencia tomamos en cuenta todas las posiciones y luego diseñamos la administración para que se ajustara al nuevo mandato político, la nueva norma social, las nuevas expectativas sociales. En cierto sentido, solo somos canales de esa energía posterior a la ocupación”, afirma Tang.

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Dos años después, cuando llegó al poder el Partido Popular Democrático, fue designada ministra Digital. Desde entonces, su aporte ha sido considerado por expertos un ejemplo para el resto del mundo. “En estos tiempos de usos oscuros de la tecnología y desilusión con la tecnología, Taiwán es un buen recordatorio objetivo de que estas herramientas pueden ser puestas al servicio de la humanidad y el gobierno”, dice Nick Monaco, experto en desinformación del Instituto para el Futuro en Palo Alto, California.

Nos encontramos en un momento clave para las democracias digitales, pues si algo ha hecho la pandemia es reforzar nuestra participación en los espacio políticos y sociales de la virtualidad. “Los países y los gobiernos no tienen cómo defender los datos y proteger a los ciudadanos. Es muy difícil estar pendiente de todo lo que está ocurriendo en línea; todo el mundo está espiando. Eso pasa desde que existimos. Espían los Estados y las empresas, por lo que significa que los datos de los seres humanos en realidad nunca han estado tan protegidos”, le asegura a este diario Ildikó Szegedy-Maszák, profesora de Derecho Económico Internacional de la Pontificia Universidad Javeriana.

Ahí es donde adquiere valor el aporte de Tang, en su visión del trato de datos en internet y la relación ética y de confianza que debe existir entre el Estado y la sociedad civil. De hecho, la ministra afirma, en uno de sus manifiestos publicados en 2016, que “internet y la democracia evolucionaron juntas en Taiwán, se extendieron e integraron juntas. Para nosotros, no había democracia antes de internet. La democracia viene con su aparición”.

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