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La muerte en Venecia

El sábado, algunos venecianos hicieron un desfile por los canales de la ciudad para invitar a su funeral.

Fernando Araújo Vélez

14 de noviembre de 2009 - 03:59 p. m.
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Fueron anónimos y ya algunos, muchos, se autodesterraron. Sufrieron las pestes negras de 1347 y 1576. Se aislaron y decidieron refugiarse en pequeñas islas que con los años fueron edificando con casonas, palacios, iglesias y puentes. Lucharon desde allí contra los germanos que invadían Italia. Se aliaron al Imperio Bizantino en sus guerras contra los normandos y al Islam para poder llevar sus barcos y productos a Alejandría, Beirut y Jaffa, y así transformarse en el puerto de comercio más importante de Europa. Luego, con la Toma de Constantinopla en 1453 y el Descubrimiento de América en 1492, decayeron, pues los circuitos del comercio se fueron por otros mares, para volver a surgir por el arte y para el arte en pleno Renacimiento. Tiziano marcó el estilo de los sucesivos pintores de Venecia con su rico y cálido colorido, y la Escuela veneciana trascendió hasta influir a Rubens, a Velázquez y, en general, al barroco del siglo XVII.

Vivaldi compuso gran parte de su obra allí, a orillas del Adriático. Casanova se volvió el amante por antonomasia allí, entre sus húmedas plazoletas. Shakespeare le hizo un homenaje con El mercader de Venecia, y luego, pasados los años y los siglos, Thomas Mann recreó allí La muerte en Venecia.

Venecia era y fue el lugar venerado por los europeos desde el siglo XIX. Sus 120 islotes, sus 150 canales y 400 puentes la convirtieron en el centro romántico del mundo, pero las noticias sobre sus encantos y bellezas también comenzaron a ser su sepultura. De a pocos, luego de los años 70 del siglo XX, los venecianos empezaron a huir de su ciudad, de sus pasados, sus ancestros, su historia y sus costumbres. Se iban porque en épocas de marea alta las tuberías de sus casonas se llenaban de ratas, y después, en tiempos de baja marea, el hedor era insoportable. Se iban porque los turistas invadían los antiguos recovecos donde solían pasear y conversar. Se iban porque las grandes firmas hoteleras compraban sus edificios, y ante tanto dinero, la historia resultaba inocua. Se fueron. En 30 años pasaron de ser 120 mil, a 60 mil. En 30 años, la ciudad se convirtió en un pueblo triste, pardo y, en ocasiones, nauseabundo.

Por eso, por todo eso, el sábado el Gran Canal, y Rialto, se despejaron para darle paso a una larga y lenta procesión de góndolas fúnebres que anunciaban y padecían la muerte de Venecia. Su inspirador, Matteo Sechi, dijo que el movimiento pretendía hacerles un llamado a la humanidad y a los políticos de la ciudad para que evitaran el éxodo de los venecianos. Que tomaran algunas medidas para que no se construyan más hoteles, que aprueben incentivos fiscales a los propietarios de casas que alquilen sus viviendas a venecianos, que favorezcan la compra de casas populares a aquellos que se marcharon de la ciudad para que puedan regresar.

El funeral, dijeron Sechi y sus socios, fue una manera de conmover a quienes pueden cambiar el estado de sus cosas, una forma de buscar la resurrección de la ciudad, antes de que se transforme en una especie de parque temático del arte y la cultura sin alma. Un conjunto de muros, piedras, pasado y esplendor vacío.

Los guías turísticos contarán la historia, la amenizarán con anécdotas como aquella de cuando Carlos V fue a visitar a Tiziano y al pintor, viejo y cansado ya, se le cayó un pincel. El rey se inclinó y lo levantó del suelo. Se lo entregó al artista. No se dijeron nada. No necesitaban palabras. Entonces dirán, para rematar, que a fin de cuentas, por aquellos tiempos, luego y hoy, pocas veces se necesitaron palabras en Venecia.

Por Fernando Araújo Vélez

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