26 Apr 2021 - 9:14 p. m.

La Nobel Svetlana Alexiévich: Chernóbil es otra dimensión de la muerte

La bielorrusa, ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015, explica en este fragmento de la novela “Voces de Chernóbil. Crónica del futuro” el alcance de la tragedia nuclear de la que hoy se cumplen 35 años.

Svetlana Alexiévich * / Especial para El Espectador

La tragedia de Chernóbil ocurrió en 26 de abril de 1986 en su país, Bielorrusia, cuando era parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Al menos cinco millones de personas fueron afectadas por la contaminación por radiación. Veinte años después publicó este testimonio sobre el "sufrimiento de nuestro tiempo”, como lo calificó la Academia Sueca al conceder el el Premio Nobel de Literatura. Svetlana Alexiévich lidera hoy las protestas contra el régimen que domina esa nación.
La tragedia de Chernóbil ocurrió en 26 de abril de 1986 en su país, Bielorrusia, cuando era parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Al menos cinco millones de personas fueron afectadas por la contaminación por radiación. Veinte años después publicó este testimonio sobre el "sufrimiento de nuestro tiempo”, como lo calificó la Academia Sueca al conceder el el Premio Nobel de Literatura. Svetlana Alexiévich lidera hoy las protestas contra el régimen que domina esa nación.

La noche del 26 de abril… Durante aquella única noche nos trasladamos a otro lugar de la historia. Realizamos un salto hacia una nueva realidad, y esta ha resultado hallarse por encima no solo de nuestro saber, sino también de nuestra imaginación. Se ha roto el hilo del tiempo. De pronto el pasado se ha visto impotente; no encontramos en él en qué apoyarnos; en el archivo omnisciente (al menos así nos lo parecía) de la humanidad no se han hallado las claves para abrir esta puerta. (Recomendamos: Bielorrusia quiere rostro de mujer. Crónica de Nelson Fredy Padilla sobre el régimen opresivo de ese país y las protestas femeninas).

Aquellos días oí en más de una ocasión: «No encuentro las palabras para transmitir lo que he visto, lo que he experimentado», «no he leído sobre algo parecido en libro alguno, ni lo he visto en el cine», «nadie antes me ha contado nada semejante». Entre el momento en que sucedió la catástrofe y cuando se empezó a hablar de ella se produjo una pausa. Un momento para la mudez. Y lo recuerdan todos.

Allá por las altas esferas se tomaban decisiones, se confeccionaban instrucciones secretas, se mandaba que levantaran el vuelo los helicópteros, o que se trasladaran por las carreteras enormes cantidades de transportes; abajo se esperaba recibir información y se pasaba miedo, se vivía a base de rumores, pero todos guardaban silencio sobre lo principal: ¿qué es lo que realmente había sucedido? (Recomendamos: La Nobel Svetlana Alexiévich vino a Colombia en 2016 a oír a las víctimas del conflicto armado).

No se hallaban palabras para unos sentimientos nuevos y no se encontraban los sentimientos adecuados para las nuevas palabras; la gente aún no sabía expresarse, pero, paulatinamente, se sumergía en la atmósfera de una nueva manera de pensar; así es como podemos definir hoy nuestro estado de entonces. Sencillamente, ya no bastaba con los hechos; aspirabas a asomarte a lo que había detrás de ellos, a penetrar en el significado de lo que acontecía. Estábamos ante el efecto de la conmoción. Y yo estaba buscando a esa persona conmocionada. Esa persona enunciaba nuevos textos. A veces las voces se abrían paso como llegadas desde un sueño o desde una pesadilla, desde un mundo paralelo.

Ante Chernóbil todo el mundo se ponía a filosofar. Las personas se convertían en filósofos. Los templos se llenaron de nuevo. Se llenaron de creyentes y de gente hasta el día anterior atea. Gente que buscaba respuestas que no les podían dar ni la física ni las matemáticas. El mundo tridimensional se abrió y dejé de encontrarme con valentones que se atrevieran a jurar sobre la Biblia del materialismo.

De pronto, se encendió cegadora la eternidad. Callaron los filósofos y los escritores, expulsados de sus habituales canales de la cultura y la tradición. Durante aquellos primeros días, con quien resultaba más interesante hablar no era con los científicos, los funcionarios o los militares de muchas estrellas, sino con los viejos campesinos. Gente que vivía sin Tolstói, sin Dostoyevski, sin internet, pero cuya conciencia, de algún modo, había dado cabida a un nuevo escenario del mundo.

Y su conciencia no se destruyó. Seguramente nos hubiéramos acostumbrado mejor a una situación de guerra atómica, como lo sucedido en Hiroshima, pues justamente para esa situación nos preparábamos. Pero la catástrofe se produjo en un centro atómico no militar, y nosotros éramos gente de nuestro tiempo y creíamos, tal como nos habían enseñado, que las centrales nucleares soviéticas eran las más seguras del mundo, que se podían construir incluso en medio de la Plaza Roja. El átomo militar era Hiroshima y Nagasaki; en cambio, el átomo para la paz era una bombilla eléctrica en cada hogar. Nadie podía imaginar aún que ambos átomos, el de uso militar y el de uso pacífico, eran hermanos gemelos. Eran socios.

Nos hemos hecho más sabios, todo el mundo se ha vuelto más inteligente, pero después de Chernóbil. Hoy en día, los bielorrusos, como si se trataran de «cajas negras» vivas, anotan una información destinada al futuro. Para todos. He escrito durante muchos años este libro. Casi veinte años. Me he encontrado y he hablado con extrabajadores de la central, con científicos, médicos, soldados, evacuados, residentes ilegales en zonas prohibidas… Con las personas para las cuales Chernóbil representa el principal contenido de su vida, cuyo interior y cuyo entorno, y no solo la tierra y el agua, están envenenados con Chernóbil.

Estas personas contaban, buscaban respuestas. Reflexionábamos juntos. A menudo tenían prisa, temían no llegar a tiempo, y yo aún no sabía que el precio de su testimonio era la vida. «Apunte usted —me decían—. No hemos comprendido todo lo que hemos visto, pero que queden nuestras palabras. Alguien las leerá y entenderá. Más tarde. Después de nosotros». Tenían razón en tener prisa; muchos de ellos ya no se encuentran entre los vivos. Pero les dio tiempo a mandar la señal…

—Todo lo que conocemos de los horrores y temores tiene más que ver con la guerra. El gulag estalinista y Auschwitz son recientes adquisiciones del mal. La historia siempre ha sido un relato de guerras y de caudillos, y la guerra constituía, digamos, la medida del horror. Por eso, la gente confunde los conceptos de guerra y catástrofe. En Chernóbil se diría que están presentes todos los rasgos de la guerra: muchos soldados, evacuación, hogares abandonados… Se ha destruido el curso de la vida.

Las informaciones sobre Chernóbil están plagadas de términos bélicos: átomo, explosión, héroes… Y esta circunstancia dificulta la comprensión de que nos hallamos ante una nueva historia. Ha empezado la historia de las catástrofes… Pero el hombre no quiere pensar en esto, porque nunca se ha parado a pensar en esto; se esconde tras aquello que le resulta conocido. Tras el pasado. Hasta los monumentos a los héroes de Chernóbil parecen militares.

—En mi primer viaje a la zona…, los huertos se cubrían de flores, brillaba alegre al sol la hierba joven. Cantaban los pájaros. Era un mundo tan familiar…, tan conocido. La primera idea que te asaltaba era que todo estaba en su lugar, como siempre. La misma tierra, el mismo agua, los mismos árboles… En ellos, tanto las formas como los colores, así como los olores, son eternos, y nadie será capaz de cambiarlos, ni siquiera un poco.

Pero ya el primer día me explicaron que no hay que arrancar las flores de la tierra, que es mejor no sentarse, como tampoco hay que beber agua de los manantiales. Al atardecer, observé cómo los pastores querían dirigir hacia el río al cansado rebaño, pero las vacas se acercaban al agua y, al instante, daban media vuelta. De algún modo intuían el peligro. Y los gatos, me contaban, dejaron de comer los ratones muertos de los que estaba lleno el campo y los patios. La muerte se escondía por todas partes; pero se trataba de algo diferente. Una muerte con una nueva máscara. Con aspecto falso.

El hombre se vio sorprendido y no estaba preparado para esto. No estaba preparado como especie biológica, pues no le funcionaba todo su instrumental natural, los sensores diseñados para ver, oír, palpar… los sentidos ya no servían para nada; los ojos, los oídos y los dedos ya no servían, no podían servir, por cuanto que la radiación no se ve y no tiene ni olor ni sonido. Es incorpórea. Nos hemos pasado la vida luchando o preparándonos para la guerra, tantas cosas que sabemos de ella, ¡y de pronto esto!

Ha cambiado la imagen del enemigo. Nos ha salido un nuevo enemigo… Enemigos. Mataba la hierba segada. Los peces pesados en el río, la caza de los boques… Las manzanas… El mundo que nos rodeaba, antes amoldable y amistoso, ahora infundía pavor. La gente mayor, cuando se marchaba evacuada y aun sin saber que era para siempre, miraba al cielo y se decía: «Brilla el sol. No se ve ni humo, ni gases. No se oyen disparos. ¿Qué tiene eso de guerra? En cambio, nos vemos obligados a convertirnos en refugiados…». Un mundo conocido…, convertido en desconocido.

¿Cómo comprender dónde nos encontramos? ¿Qué nos está pasando? Aquí… Ahora… No hay a quién preguntar. En la zona y a su alrededor…, asombraba la enorme cantidad de maquinaria militar. Los soldados marchando en formación con sus armas recién estrenadas. Con todo el armamento reglamentario al completo. No sé por qué razón no se me quedaron grabados los helicópteros ni los blindados, sino solo esos fusiles.

Las armas. Hombres armados en la zona de Chernóbil. ¿A quién podían disparar o contra qué defenderse? ¿De la física? ¿De las invisibles partículas? ¿Ametrallar la tierra contaminada o los árboles? En la propia central trabajaba el KGB. Buscaban espías y terroristas, corría el rumor de que la avería se había debido a una acción planificada de los servicios secretos occidentales, para socavar el bloque socialista. Había que mantenerse vigilantes.

Y este escenario bélico… Esta cultura de guerra se desmoronó literalmente ante mis ojos. Ingresamos en un mundo opaco en el que el mal no da explicación alguna, no se pone al descubierto e ignora toda ley. Asistí a cómo el hombre anterior a Chernóbil se convirtió en el hombre post Chernóbil.

—Más de una vez… —y aquí hay en qué pararse a pensar— me han llegado opiniones según las cuales el comportamiento de los bomberos que la primera noche apagaron el incendio en la central atómica, así como el de los liquidadores, recordaba al de los suicidas. Un suicidio colectivo. Los liquidadores trabajaban a menudo sin los uniformes especiales de protección, se dirigían sin protestar allí donde «morían» los robots, se les ocultaba la verdad sobre las altas dosis recibidas, y ellos se resignaban a ello, y luego se alegraban incluso al recibir los diplomas y las medallas gubernamentales que les entregaban poco antes de su muerte. Y a muchos ni siquiera llegaron a tiempo de entregárselos.

Así pues, ¿de quién estamos hablando, de héroes o de suicidas? ¿De víctimas de las ideas y la educación soviéticas? No se sabe por qué con el tiempo se olvidan de que estos hombres salvaron a su país. Han salvado a Europa. ¿Quién puede imaginarse aunque sea por un segundo el panorama si hubieran explotado los tres reactores restantes?

—Son unos héroes. Héroes de la nueva historia. Se los compara con los héroes de las batallas de Stalingrado o de Waterloo, pero ellos han salvado algo más importante que su propia patria, han salvado la vida misma. El tiempo de la vida. El tiempo vivo. Con Chernóbil, el hombre ha alzado su mano contra todo, ha atentado contra toda la creación divina, donde, además del hombre, viven miles de otros seres vivos. Animales y plantas.

Cuando fui a verlos… Y cuando escuchaba sus relatos sobre cómo se dedicaban (¡los primeros y por primera vez!) a una tarea nueva, humana e inhumana a la vez, que era la de enterrar la tierra en la tierra, es decir, la de enterrar en búnkeres de hormigón especiales las capas contaminadas junto con todos sus habitantes: escarabajos, arañas, crisálidas… Los más diversos insectos cuyos nombres incluso desconocían. O no recordaban.

Estos hombres tenían una idea completamente distinta de la muerte, y esta idea se extendía a todo: desde el ave a la mariposa, su mundo ya era otro mundo; un mundo con un nuevo derecho a la vida, con un nuevo sentido de la responsabilidad y un nuevo sentimiento de culpa. En sus relatos estaba presente el tema constante del tiempo; esos hombres decían: «por primera vez», «nunca más», «para siempre»… Recordaban cómo recorrían las aldeas desiertas y se encontraban a veces allí a ancianos solitarios que no habían querido partir con los demás o que habían regresado más tarde de su exilio: hombres que vivían a la luz del candil, segaban con la guadaña y la hoz, cortaban leña con el hacha y se dirigían en sus oraciones a los animales y los espíritus. A Dios.

* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial, sello Debolsillo.

Comparte: