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La pandemia nos mostró la soledad, pero el problema estaba mucho antes de ella

La emergencia desatada por el COVID-19 visibilizó un problema de salud pública preocupante en todo el mundo: la soledad. Desde hace años, diferentes gobiernos y organizaciones trabajan por construir herramientas para combatirla. La respuesta a esta crisis está en el cuidado mutuo, pero las condiciones actuales lo han hecho todo más difícil.

Camilo Gómez Forero

25 de julio de 2020 - 09:00 p. m.
Melbourne (Australia), 24/07/2020.- Un hombre con una m·scara en Collingwood, Melbourne, Australia, el 24 de julio de 2020. Australia ha visto recientemente un aumento en los casos de coronavirus con un grupo en el estado de Victoria, donde se aplicaron nuevas restricciones para frenar la propagaciÛn de COVID-19. EFE/DANIEL POCKETT AUSTRALIA AND NEW ZEALAND OUT
Foto: EFE - DANIEL POCKETT
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Se ha vuelto casi que una rutina diaria achacarle todas nuestras desgracias a la pandemia del coronavirus, pero no podemos hacerla responsable -no del todo- del fenómeno de la soledad, un estado social moderno y peligroso que ya iba prendiendo las alarmas en todo el mundo antes de la aparición del COVID-19.

El fenómeno de la soledad es muy complejo. Quizá, dentro de todo el amplio marco de estudio sobre este problema, lo primero que hay que comprender es que hay una diferencia enorme entre vivir solo y sentirse solo.

Un hombre puede vivir solo en un apartamento en Londres, pero eso no implica que este no disfrute de una vida social activa y salga a cenar o de fiesta con sus amigos. Esa es muy diferente a la condición de aislamiento y desconexión que soportan millones de personas en todo el mundo, caracterizada por el sentido del “yo separado de los demás”, en una posición de ser aislado, y por otro lado la falta de un significado en sus relaciones, o también la falta de ellas, lo que provoca que se sienta desconectado.

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Una madre, por ejemplo, puede sentirse sola a pesar de tener compañía debido a que se le han recargado todas las tareas del hogar, sobre todo durante la pandemia. Sin embargo, al estar en contacto con otras personas en casa y tener momentos de enojo o alegría con ellas, la madre de nuestro ejemplo no presenta un cuadro tan grave como el que podría tener alguien que de verdad se encuentra sin nadie a su lado, como un adulto mayor o un joven que lleva meses sin interactuar con otra persona porque vive apartado y por el hecho de estar solo es rechazado, o porque no cuenta con las conexiones sociales que gustaría tener. Como pueden ver, las condiciones para describir la soledad son muy amplias. Pero, ¿por qué es tan grave al fin y al cabo?

Sabemos que fumar o tomar bebidas azucaradas en exceso conlleva a consecuencias graves para la salud. La soledad también, e incluso puede ser peor. La diferencia entre unas consecuencias y otras es que las de los primeros ejemplos son más visibles a nuestros ojos. El tabaquismo da problemas cardíacos y el azúcar, obesidad, entre otras condiciones un poco más visibles. Mientras tanto, la soledad tiene efectos en el cerebro que pueden conducir más adelante a trastornos como la depresión, el estrés postraumático, la ansiedad e incluso puede provocar la muerte prematura. Padecimientos que van creciendo de manera casi imperceptible. Además, desarrolla una variedad de problemas que son más notorios como trastornos alimentarios, abuso de drogas, privación del sueño, alcoholismo y una mayor probabilidad de sufrir un deterioro cognitivo.

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Por otro lado, casi tan importante como los trastornos que causa, la soledad también nos impide disfrutar del poder curativo que da la compañía y del contacto físico. La ciencia lo dice: las conexiones y el apoyo son importantes. El contacto físico libera una variedad de neurotransmisores que, además de disminuir el estrés y la ansiedad, alivian el dolor y ayudan a sobrellevar enfermedades. Pero antes de seguir hay que destacar que la soledad de por sí no es mala, el problema es cuando esta se prolonga.

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“La soledad no es solo un sentimiento. Es una señal de advertencia biológica para buscar a otros humanos, del mismo modo que el hambre es una señal que lleva a una persona a buscar comida, o la sed es una señal para buscar agua, dice Julianne Holt-Lunstad, neurocientífica y psicóloga de la Universidad de Brigham Young en The Ne Yorker.

Es común pensar ahora que esta soledad de la que el mundo se ha puesto a hablar es un producto de la pandemia del coronavirus por las medidas de aislamiento, pero es un análisis algo ligero y errado. Por supuesto que las condiciones actuales han incidido en el problema. Las cuarentenas y el aislamiento hicieron que quienes viven solos, pero que no necesariamente sentían soledad, ahora sí presenten un cuadro de este tipo, pues sus actividades sociales, como cenar, salir de fiesta o a un bar, han quedado bloqueadas por el momento.

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La tecnología, entre otras cosas, puede haber ayudado a que el cuadro no haya sido más grave. El mundo, o mejor, buena parte de este, se ha podido conectar a través de chats y videollamadas, lo que nos indica que más que un distanciamiento social debemos hablar de un distanciamiento físico, pero en ese campo no hay mucho que la tecnología pueda hacer para reemplazar nuestras necesidades. Hay testimonios de personas que llevan más de cuatro meses sin, por ejemplo, haber interactuado con un ser vivo diferente a su mascota. Los que tienen la fortuna de tener una. Y eso tiene consecuencias en la salud.

Pero mucho antes de esta pandemia el mundo estaba reportando sus niveles más altos de soledad en la historia. En Estados Unidos, por ejemplo, el 22 % de las personas se sentían con frecuencia solas en 2018, según un estudio de The Economist. La aseguradora Cigna señaló en un informe de enero de este año que alrededor del 60 % de los adultos en ese país sentían cierto grado de soledad.

La tendencia existe prácticamente desde la industrialización, aunque vino a acelerarse en la década de 1960. Los tamaños de los círculos sociales de un individuo se han reducido, así como el interés de pertenecer a comunidades sociales. Por otro lado, también se tienen menos hijos. Mientras tanto, la proporción de hogares en los que vive solo una persona se ha duplicado. Claro, en algunas ocasiones porque se opta por ello en busca de “independencia” de los padres. Pero otras porque un divorcio o la muerte de su pareja condujo a esa situación y ocasionan un sentimiento de pérdida y desolación.

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El historiador Fay Bound Alberti, autor de La biografía de la soledad: la historia de una emoción, señala que este problema surge específicamente con el cambio de la agricultura a la industrialización, que llevó a jóvenes a alejarse de los viejos dejándolos a la deriva para que se valieran por su cuenta. Pero hay otras circunstancias que ahondaron el problema, como la “veneración capitalista”, la cual cita Matt Simon en una entrevista que le hizo a Alberti. En esta, el “individuo se puso por encima del grupo, destruyendo a la comunidad a favor de las ganancias”. El agotamiento en el ambiente laboral y no contar con conexiones positivas con sus compañeros de trabajo también pueden contribuir al problema, así como el vivir con la familia lejos de su lugar de residencia.

“Durante el siglo pasado la vida humana se ha centrado cada vez más en el dinero y las pertenencias materiales, lo que, especialmente con la tecnología, condujo al abandono de las relaciones humanas. Ahora que de repente estamos atrapados en casa, la mejor manera de sobrevivir, psicológica y biológicamente, es interactuar con las personas por cualquier medio disponible”, le dijo Ami Rokach, psicóloga clínica de la Universidad de York a The New Yorker.

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Algunos de los gobiernos más golpeados por el problema han abierto organismos para darle visibilidad y encontrar soluciones a este. En enero de 2018, la exprimera ministra de Reino Unido Theresa May creó el primer Ministerio de la Soledad británico para combatir lo que se convirtió sin duda en un serio problema de salud pública. Esta es una propuesta que había recomendado seguir la diputada laborista Jo Cox, quien fue asesinada a tiros por un simpatizante neonazi en 2016 en plena campaña por el brexit.

Un informe de la comisión que creó Cox, para tratar el problema de la soledad, encontró que había más de nueve millones de personas, es decir, el 13,7 % de la población en 2018, que se sentían solas. El fenómeno no distingue edad ni sexo; sin embargo, es aún más dramático en la población de la tercera edad. Según cifras más actuales de la Campaña para Acabar con la Soledad, el 51 % de los mayores de 75 años viven solos; 500 mil adultos mayores pasan entre cinco y seis días sin hablar con nadie y 3,9 millones de ciudadanos de la tercera edad manifestaron que la televisión es su compañía principal.

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En Francia, durante el gobierno de Jean-Marc Ayrault (2012-2014), la exministra delegada para los asuntos de personas mayores y autonomía Michèle Delaunay promovió la “Red Monalisa”, la cual reúne más de 500 asociaciones sin fines de lucro que realizan planes de cooperación territorial para combatir la soledad y el aislamiento social. Ambos proyectos han sido importantes para crear herramientas que sirvan para combatir este mal. Pero se necesitan más programas, y ahora con la aparición de la pandemia, con mayor urgencia.

“El problema con el COVID-19 es que exagera las fallas existentes en la sociedad. Lo que estamos viendo es que las personas que ya tenían desafíos y tienen vidas difíciles son las más afectadas. Funciona de acuerdo con el origen étnico, la pobreza y la edad, por lo que lo vemos con personas mayores que ya están aisladas. Las personas que viven solas se vuelven mucho más solitarias. He notado que las personas que viven solas han hablado mucho sobre la falta de contacto y la falta de contacto físico con los demás. Parece que es algo de lo que hablaremos mucho más en los próximos meses, porque no hay un final fácil para esto. Esto es algo que realmente nos ayuda a pensar sobre lo que nuestras relaciones con los demás deben ser”, destaca Alberti.

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Los investigadores del American Psychological Association dijeron en junio que no han encontrado por ahora un aumento significativo de las cifras sobre soledad durante la pandemia. Sin embargo, los cientos de miles de muertes y los millones de despidos en todo el mundo a causa del COVID-19 nos han dejado más vulnerables a nivel emocional, y los efectos podrían comenzar a notarse más adelante, según advierten expertos. El excirujano Vivek Murthy advierte que podríamos entrar en una “recesión social”, un colapso de las interacciones sociales que produciría daños en la salud física, mental e incluso en la economía, pues si los trabajadores sufren de soledad, estos tienden a tener una desconexión con sus tareas y un descenso en su productividad y creatividad.

“Resulta que la conexión humana está en el centro de todo. Si usamos este momento (la pandemia) para reconocer eso y construir vidas centradas en las personas, y para defender la creación de una sociedad donde pensamos en la conexión humana al diseñar lugares de trabajo y escuelas reevaluando también el impacto de la política, creo que nos pondremos en el camino de crear una sociedad más saludable y fuerte, pero también más resistente, que antes de que comenzara la pandemia”, dice Vivek en el portal Vox.

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Debido al confinamiento todos estamos hablando de soledad, por lo que si algo bueno pudo haber dejado la pandemia es que evidenció un problema que ya prevalecía en todos lados, y está haciendo que hablar de la soledad sea más fácil para millones de personas que necesitaban ayuda y luchaban en la penumbra con este problema.

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