Fueron dos días seguidos de llanto televisado. También de gritos, de arengas, y de filas eternas para poder entrar a la Casa Rosada y tocar, rozar apenas, ese féretro cerrado en el que yacía el cuerpo de quien dirigió los hilos de la política argentina en la última década.
Fueron horas interminables para la viuda, la presidenta del país, quien escondía bajo unos grandes lentes oscuros la tristeza que cargaba en la mirada.
Pero para él, a pesar de la pérdida, fueron momentos de aplomo, de firmeza. “Tratá de estar cerca de la presidenta”, le decían quienes en voz baja le daban el pésame.
Máximo Kirchner, el hijo mayor de la pareja presidencial, acaparó las miradas, los elogios, los rumores. Coordinó junto con el secretario general de Presidencia todos los detalles del velorio de su padre, y su determinación hizo que pronto varios análisis políticos se centraran en su figura. Politólogos, historiadores y periodistas no demoraron en coincidir en que Máximo sería el heredero natural del poder que dejaba su padre.
“Va a ser un apoyo político importante para Cristina Fernández en su gestión”, se aventuró a decir sobre Máximo, el gobernador de Santa Cruz, Daniel Peralta.
Desconocido para muchos, Kirchner Jr., como le gusta que lo llamen, no ha sido ajeno al mundo político y ahora comienza a conocerse el verdadero poder que ostenta, en parte gracias a su papel como gestor de la organización juvenil kirchnerista La Cámpora.
El avance de los jóvenes K
Cultor de un bajo perfil, al momento de la muerte de su padre administraba desde Río Gallegos los negocios y la fortuna de la familia Kirchner, a través de una inmobiliaria que manejaba con su novia.
En lo político, el conocimiento siempre estuvo en casa. “Tenía 10 años cuando su padre ganó la Intendencia de Río Gallegos y tenía 14 cuando Néstor Kirchner accedió a la Gobernación de Santa Cruz. Máximo había cumplido 26 años cuando sus padres se instalaron en la residencia presidencial de Olivos. Una vida a la sombra del poder”, describe el periodista Joaquín Morales Solá.
Hincha de Racing al igual que el ex presidente, probó suerte con el periodismo deportivo, para luego irse a estudiar abogacía a La Plata (como lo hicieran sus padres hace cuatro décadas), carrera que años después abandonaría también.
Lector compulsivo, le apasiona el fútbol. Cotidianamente solía organizar “picados” en la residencia presidencial en los que jugaban ministros, secretarios de presidencia y compañeros de las organizaciones civiles que lidera. “Su temperamento futbolístico es equiparable a la rabia de su padre en una disputa política”, confesó uno de sus compañeros de juego.
Aunque nunca ha dado un discurso público, ni ocupado un cargo de elección popular, ha sido clave su papel atrás de la fundación del movimiento juvenil kirchnerista La Cámpora.
Creada en Río Gallegos en 2007, pasó de ser una organización política regional a tener alcance nacional. La Cámpora se hizo fuerte tras la pelea entre el gobierno y el sector agrícola en 2008, cuando empezaron a ser más visibles en las manifestaciones públicas.
Una de las líderes de la Coalición Cívica, Elisa Carrió, denunciaba hace un par de meses que el movimiento era usado por la pareja presidencial como “fuerza de choque”. No en vano, fueron protagonistas de enfrentamientos con algunas organizaciones sindicales y ocuparon la primera plana de los medios cuando apoyaron la pelea de los Kirchner contra Clarín.
Hoy Máximo está alejado de la militancia, pero sigue siendo su mentor. En la organización saben que el jefe real es él. Gracias a su gestión varios de sus miembros fueron escalando posiciones en la estructura gubernamental y que le permiten hoy a Kirchner Jr., tener ojos y oídos en varias organizaciones estatales.
Sus más cercanos amigos y colaboradores —Andrés Larroque, José Ottavis y Juan Cabandié— además de presidir hoy la organización, tienen asiento en la Jefatura de Gabinete, en la Casa Rosada y en la legislatura de Buenos Aires, respectivamente. El mismo jefe de Gabinete aplaudió la gestión de lo que comienza a conocerse como “los jóvenes K” y el liderazgo del hijo de la actual presidenta. “Es un pibe que destila política y da gusto hablar con él. Sabe lo que sucede en la Argentina y en el resto del mundo, porque tiene una ubicación en tiempo y espacio superlativa que no la tienen los pibes comunes”, afirmó Aníbal Fernández.
Cerca a la presidenta
Fiel a su estilo, el joven Kirchner ha permanecido hermético a todo lo que se ha dicho sobre su futuro en la última semana. Respondió sólo con hechos. El mismo lunes, viajó junto con su madre de regreso a Buenos Aires y decidió mudarse a la Quinta de Olivos, desde donde seguirá dirigiendo los hilos de las organizaciones juveniles.
Hace cinco años, en 2005, Máximo evaluaba participar en las elecciones municipales en la ciudad de los vientos interminables, su natal Río Gallegos. La opción fue abandonada por “inconveniente”, pero hoy la posibilidad de que éste ocupe un cargo de elección popular se hace factible. “Será quizás el responsable de llenar el hueco que dejó Néstor”, dijo hace varios días el diputado nacional Ariel Pasini.
No lo creen así algunos otros para quienes el joven Kirchner es tan sólo un delfín más. “El hijo del ex presidente tiene la experiencia de haber visto de cerca cómo se administra el poder, pero no cómo se llega a él”, escribió al respecto Morales Solá.
Mientras tanto, fuentes cercanas a la Casa Rosada confirmaron que el gobierno quiere capitalizar la gran afluencia de jóvenes kirchneristas al velatorio, con miras a una reelección de Cristina en 2011. El encargado de hacerlo será el heredero del trono. La presidenta lo quiere ahora cerca.