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La trampa de Hamas

La cuestión es por qué Israel se lanzó a lo que se veía como una celada y por qué la organización palestina creyó que era el momento.

Jean-Marie Colombiani / Especial de El País

10 de enero de 2009 - 05:00 p. m.
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Algunos días antes del comienzo de las operaciones militares en Gaza aparecía un artículo de Amos Oz en el diario La Repubblica. El escritor israelí describía con antelación lo que sobrevendría si Israel respondía a la provocación de Hamas, a saber: la indignación de la opinión pública árabe —y no sólo árabe— ante las víctimas civiles y el reforzamiento de las tendencias palestinas más duras y fanáticas (Abu Mazen debilitado, etcétera). Este escenario tan previsible se desarrolla ahora ante nuestros ojos implacablemente.

La cuestión es saber por qué Israel se lanzó a ciegas a lo que desde el principio podía presentirse como una trampa. Y, al mismo tiempo, saber por qué Hamas creyó que había llegado el momento de tenderla.

Desde el punto de vista de los radicales, de aquellos que, agrupados en torno al presidente iraní Mahmud Ahmadineyad, tienen como objetivo declarado la eliminación de Israel, la acción de Hamas —ruptura de la tregua y lluvia de misiles sobre el sur de Israel— puede responder a tres objetivos: por una parte, crear una situación en la que la presión de las opiniones públicas soliviantadas genere las condiciones para la reelección del presidente iraní; por otra, obstaculizar el proceso de negociación —importante donde lo haya— entablado, previa mediación turca, entre Israel y Siria —el apoyo armado y financiero que aporta Siria a Hamas se vería amenazado por una paz entre Damasco y Tel Aviv— y, finalmente, y puede que sobre todo, eliminar de la escena a Abu Mazen, interlocutor de los israelíes y partidario declarado de la paz, una vez más contando con la presión de una opinión cisjordana al rojo vivo ante el carácter cruel y desproporcionado de los ataques aéreos israelíes.

Desde el punto de vista israelí, lo que parece haber prevalecido es la presión del Ejército, contrariado tras el relativo fracaso de su ofensiva contra Hezbolá en Líbano. Desde entonces, los militares no han descansado hasta obtener reparación, es decir, hasta conseguir frente a Hamas lo que no consiguieron frente a Hezbolá (el otro brazo armado de los halcones iraníes y sirios).

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Los jefes militares se han salido con la suya, porque Israel es hoy un Estado sin un verdadero Gobierno: Olmert dimitió y los demás están preocupados por las próximas elecciones.

En términos de opinión, por otra parte, tanto para el Partido Laborista como para el centrista Kadima era imposible adoptar un lenguaje moderado frente a la actual popularidad de la derecha dura encarnada por el ex primer ministro Netanyahu. A partir del momento en que se cede a la lógica militar, es difícil hacer las cosas a medias. Para el Ejército, habría sido inconcebible e insostenible, en efecto, limitarse a incursiones aéreas puntuales para comprobar al día siguiente que se ha producido un nuevo lanzamiento de misiles de Hamas.

Esto no disculpa en absoluto la masacre de inocentes (al día de hoy, 130 niños muertos bajo las bombas). Ahí radica, hablando cínicamente, la ventaja de Hamas: sabe que en una ciudad superpoblada y densa como Gaza, los bombardeos aéreos causan víctimas civiles; los réditos entre una opinión dispuesta a olvidar o incluso a restar importancia a los factores desencadenantes de la crisis están prácticamente asegurados. Y, para Israel, el riesgo de empantanarse en Gaza es grande, pues nadie puede salir vencedor de un conflicto así.

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En un contexto tan trágico y teniendo en cuenta que Israel, sin una estrategia política visible y preocupada a corto plazo por restablecer la relación de fuerzas, está obligado a mantener su ofensiva, son pocas las esperanzas que se ponen en la propuesta diplomática de Egipto y Francia.

Es prácticamente imposible que el presidente francés, Nicolás Sarkozy, consiga repetir la hazaña de Georgia y Tbilisi, donde consiguió impedir que Putin depusiera y “colgara” al presidente georgiano Mijaíl Saakashvili. Más bien habrá que poner cualquier esperanza en un diálogo entre la Unión Europea, Estados Unidos —después del 20 de enero—, Rusia y los países implicados (Turquía, Egipto, Siria, Arabia), del que podría surgir una posición común que impusiera a unos y otros el camino de la paz.

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Las condiciones para el cese al fuego

A medida que el conflicto se ha agudizado, el número de voces que piden el cese al fuego ha aumentado. Sin embargo, los dos bandos no ceden en sus demandas para buscar un cese de hostilidades. Después de ignorar la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, la opción más viable para la diplomacia parece ser un diálogo mediado por países cercanos al conflicto, como Egipto y Siria.

 Israel ya ha dejado claras sus demandas para retirarse de Gaza. Primero, Hamas debe dejar de disparar misiles al territorio israelí de manera permanente y sin condiciones. Además, exige que la comunidad internacional garantice el desmantelamiento de la red de túneles en la frontera de Gaza con Egipto, utilizada para el transporte clandestino de armamento y suministros.

La manera en que se debe dar esa garantía es un punto delicado, pues la opción de tener tropas internacionales vigilando la frontera no resulta muy viable: Egipto no quiere tropas extranjeras en su territorio y estas mismas en Gaza serían el blanco perfecto para radicales islámicos.

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Por su parte, Hamas demanda que Israel se retire de manera incondicional e inmediata de Gaza y que cese los bombardeos. Adicionalmente, pide que se levante el bloqueo de las fronteras con Israel y Egipto, para que así puedan entrar y salir libremente personas y bienes.

Pero por ahora nadie cede ni negocia mientras cientos de inocentes mueren.

Por Jean-Marie Colombiani / Especial de El País

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