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La vida en el hotel congoleño donde permanecen 15 migrantes latinos deportados por Trump

Fueron retenidos y enviados a Kinshasa por el gobierno de Trump. Ahora se enfrentan a una peligrosa elección: volver a Latinoamérica o quedarse en África.

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Ruth Maclean, Emiliano Rodríguez Mega, Pranav Baskar y Justin Makangara | The New York Times
17 de mayo de 2026 - 12:07 a. m.
Hugo Palencia fue deportado de Estados Unidos a Kinshasa, República Democrática del Congo, el mes pasado.
Hugo Palencia fue deportado de Estados Unidos a Kinshasa, República Democrática del Congo, el mes pasado.
Foto: Justin Makangara para The New York Times
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Hugo Palencia dijo que por estas fechas del año pasado estaba repartiendo comida en Aurora, Colorado, para DoorDash y Uber. Ahora se encuentra en un hotel de la República Democrática del Congo, aturdido por un viaje que, según dijo, lo llevó encadenado desde Estados Unidos a un país centroafricano del que apenas había oído hablar antes del mes pasado.

Palencia fue deportado a la RDC el 16 de abril junto con otros 14 migrantes de Colombia, Ecuador y Perú, dijo. Los llevaron a un gran hotel a las afueras de Kinsasa, la capital.

“Estoy al otro lado del mundo”, dijo Palencia.

Esta semana, la odisea de los migrantes se vio repentinamente llevada a los tribunales cuando un juez dictaminó que uno de ellos, la colombiana Adriana Maria Quiroz Zapata, probablemente había sido deportada a la RDC de forma ilegal. El juez dijo que Quiroz Zapata había sido enviada a la nación africana incluso después de que este le dijera al gobierno de Trump que no podía aceptarla debido a una afección médica. El juez ha ordenado a los funcionarios de migración que devuelvan a Quiroz Zapata a Estados Unidos.

En entrevistas concedidas a The New York Times en el hotel, Palencia, de 25 años, y otros migrantes dijeron que les dieron a elegir cuando llegaron. Unos funcionarios de la agencia de migración de las Naciones Unidas, la OIM, les dijeron que podían regresar a sus países de origen en América Latina o quedarse en la RDC y esperar lo mejor, dijo.

Tuvieron siete días para decidir.

La llamada política de deportación a terceros países del gobierno de Donald Trump ha enviado a miles de migrantes desde Estados Unidos a países lejanos distintos de los suyos. En muchos casos, a los migrantes les quitan sus pasaportes y teléfonoslos encierran en centros de detención extranjeros y se les mantiene en un limbo legal.

El gobierno cuenta con que la amenaza de ser enviados a un país como la RDC, Sudán del Sur o Camerún actúe como elemento disuasorio para quienes planean llegar a Estados Unidos de manera ilegal. En algunos casos, estas naciones pueden ser más peligrosas que el país de origen del migrante, lo que hace que la amenaza sea aún más palpable.

Una abogada de los deportados, Alma David, dijo que varios de los migrantes tenían órdenes de protección estadounidenses que hacían ilegal que Estados Unidos los repatriara, porque temían por su seguridad. Aunque el gobierno de Trump ha descrito a los deportados estadounidenses como “criminales bárbaros”, ninguno de los migrantes del hotel en la RDC tiene antecedentes penales en Estados Unidos, según el gobierno congoleño.

El Departamento de Seguridad Nacional no hizo comentarios sobre los 15 migrantes latinoamericanos deportados a la RDC. En una declaración al Times, la agencia dijo: “Cualquiera que haya sido deportado recibió el debido proceso completo”.

Una mujer de Colombia, que pidió el anonimato por motivos de seguridad, dijo que a ella y a los demás migrantes les habían dicho que, si aceptaban volver a casa, la OIM los protegería y les permitiría permanecer en el hotel “el tiempo que sea necesario”.

Si no aceptaban la oferta, dijeron ella y Palencia, los funcionarios de la agencia les dijeron que se quedarían solos y tendrían que pagar su propio alojamiento. Los deportados tienen en este momento un visado de turista de tres meses, que no les permite trabajar en la RDC, dijo la mujer. Sin embargo, se les ha permitido salir del hotel, con supervisión.

En una declaración al Times, la OIM dijo que no obliga a nadie a regresar a su país de origen. Añadió que el plazo de siete días es el periodo mínimo de ayuda de la OIM, y que la agencia podría ampliar la asistencia más allá de esos días.

Sentado en una silla de plástico junto al bar de la piscina en su primera noche en el hotel, Palencia se gastó parte del poco dinero que tenía en una Corona para recordar su hogar en Colombia.

“A la hora de la verdad”, dijo Palencia, se preguntaban “si tenemos miedo o no de regresar a nuestro país, pues tenemos miedo de estar aquí en un país” como la RDC. Según dijo, un juez estadounidense había ordenado su expulsión en 2023 después de que entrara ilegalmente en el país en dos ocasiones, pero el juez lo protegió para que no fuera devuelto a Colombia, alegando el riesgo de tortura. En su lugar, las autoridades lo enviaron a la RDC.

El plazo de la OIM expiró hace más de dos semanas y la mayoría de los migrantes han aceptado volver a casa, dijo Palencia.

Mientras esperan dentro de los altos muros de alambre de púas del hotel, los migrantes pueden nadar, jugar al tenis, descansar y pasear por los terrenos arbolados. Los servicios de electricidad y agua son esporádicos y de vez en cuando pasa alguna rata, pero hay aire acondicionado, así como cuartos de baño privados y tres comidas al día, todo pagado por la OIM y el gobierno estadounidense, según las autoridades congoleñas.

Pero el hotel no es lujoso y el ambiente era por momentos tenso. El Times vio decenas de instructores militares israelíes y soldados congoleños en el sitio.

Moverse por la RDC fuera del hotel también sería un reto. Kinsasa es una de las ciudades más grandes y dinámicas del continente, pero tiene una infraestructura envejecida e inadecuada y se hablan en ella múltiples idiomas. Su tráfico es famoso; los minibuses amarillos que rebotan al pasar por sus carreteras llenas de baches son conocidos como el Espíritu de la Muerte.

La RDC también está lidiando con una de las peores crisis humanitarias del mundo, y muchos congoleños se han preguntado por qué su gobierno ha accedido a aceptar a los deportados de Estados Unidos cuando los problemas urgentes del país incluyen a millones de personas desplazadas.

“Esta decisión es perjudicial para los intereses de los congoleños”, escribió Jean-Claude Katende, destacado abogado y comentarista de derechos humanos, quien se ha mostrado muy crítico con el acuerdo.

Muchos acusan al gobierno congoleño de conceder al presidente Trump demasiados tratos que le favorecen, incluido el acceso preferente a los abundantes minerales de la RDC.

En una inusual conferencia de prensa celebrada la semana pasada, Félix Tshisekedi, presidente congoleño, dijo que había impuesto ciertas condiciones a Estados Unidos antes de aceptar a los migrantes; los deportados no podían ser “chicos malos”. Pero había aceptado recibirlos, dijo, “simplemente porque era lo que querían los estadounidenses”.

“Soñaban con vivir el sueño americano, y ahora viven el sueño congoleño”, bromeó.

Palencia no tardó mucho en aceptar volver a Colombia, tras juzgar que los riesgos en la RDC eran mayores que los que corría en su país, dijo. No sabe casi nada de la RDC, dijo, salvo algo de música que los artistas de su país interpretan en español. Dijo que lo ideal hubiera sido que lo mandaran directo a casa, porque la RDC es más insegura que su país natal.

Aunque es poco probable que los emigrantes sientan los efectos del actual conflicto en el este de la RDC, podrían enfrentarse a amenazas asociadas en gran medida a algunos de los países más pobres del mundo: un sistema de salud en ruinas, carreteras peligrosas, corrupción arraigada y enfermedades tropicales como la malaria.

La mujer de Colombia dijo que no podía volver a casa. Describió haber sido secuestrada y torturada por un grupo armado, con la complicidad de una expareja que trabajaba para el gobierno. En su búsqueda de asilo en Estados Unidos, cruzó sola la frontera desde México en septiembre de 2024 y fue detenida de inmediato por las autoridades estadounidenses, dijo.

Dijo que había pasado un año y medio en el Centro de Detención de Eloy, en Arizona, intentando sortear sin abogado el proceso de migración. Un juez le concedió una orden de protección el año pasado, dijo, pero en marzo fue detenida por funcionarios del ICE durante una cita rutinaria de inmigración. (El Times verificó el historial migratorio de la mujer y la orden de protección contra torturas con documentos del gobierno y registros judiciales).

“¿En qué parte del mundo es este lugar?”, recordó que pensó cuando se enteró de que la enviaban a la RDC. “Yo les dije, ‘Yo tengo miedo de ir para allá. Yo no quiero ser enviada a África. O sea, no puedes hacerme esto. Lo que estás haciendo no es legal’”.

David, la abogada, dijo que los funcionarios de la OIM le habían informado a la mujer colombiana que seguiría recibiendo ayuda de la agencia debido a sus circunstancias, aunque se hubiera negado a regresar a su país. La abogada dijo también que los funcionarios de migración de la ONU se han ofrecido a ponerla en contacto con otra agencia de la ONU que tramita las solicitudes de asilo.

Los migrantes se han hecho muy amigos en las pocas semanas que han pasado juntos en la RDC. Salen a pasear y se quedan despiertos hasta tarde esperando llamar a sus familias en casa. La mayoría pasa los días bajo techo, para escapar del calor tropical y las tormentas. “Somos muy unidos”, dijo la mujer colombiana. Por la noche, bailaban y cantaban juntos vallenatos o trap latino.

Para pasar el tiempo, Palencia pone canciones de Christian Nodal y Yuri Buenaventura en YouTube. Cuando habla con sus familiares, a veces lloran por teléfono, dijo. Le resulta difícil consolarlos.

Palencia dijo que nadie debería vivir en lo que calificó como un tipo de prisión. Dijo que es duro despertar sin tener noticias de su familia y más aún si dependen de él.

Varada en la RDC, la mujer colombiana está aterrorizada por lo que pueda pasar. Todas las noches habla con su hija de 10 años, pero aún no le ha dicho que está en la RDC. No quiere que la niña se preocupe, dijo. Por ahora, finge que sigue llevando una vida normal en Estados Unidos.

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Por Ruth Maclean, Emiliano Rodríguez Mega, Pranav Baskar y Justin Makangara | The New York Times

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