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La violencia del patriarca

El crimen de Josef Fritzl se suma a otras historias de padres criminales que llenan de vergüenza y  estupor a Europa.

Francisco Peregil/ Especial de El País, Amstetten

17 de mayo de 2008 - 04:12 p. m.
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Josef Fritzl, El monstruo de Amstetten, levantó muros invisibles entre él y sus vecinos. Muros que a nadie en este pueblo de 23.000 almas llamaban la atención, porque están acostumbrados bien a no verlos o bien a respetarlos. En Amstetten nadie sabía que Fritzl había intentado violar a una mujer de 21 años en septiembre de 1967 en la ciudad vecina de Linz. Nadie sabía tampoco que había pasado 18 meses en la cárcel por violar a otra de 24 años.

En Austria, los antecedentes por delitos sexuales desaparecen de los archivos judiciales al cabo de 10 ó 15 años. Ésa puede ser la razón por la que en 1994, cuando la policía investigó los antecedentes de Fritzl antes de permitirle adoptar un bebé, no encontraron ninguna mancha en su historial.

En Amstetten los vecinos lo veían pasar con su Mercedes gris plateado. Algunos sabían que fue electricista antes de jubilarse, y que tenía siete hijos con su esposa Rosemarie. Nada más. Uno de ellos era la pequeña Elisabeth, quien venía siendo violada por su padre desde la niñez.

El martes 28 de agosto de 1984, Fritz le pidió que le ayudara a subir una carga del sótano. Y ya no volvió a ver la luz del día. Elisabeth tenía entonces 18 años. En su declaración a la policía, comentó cómo el padre la mantuvo esposada a un poste los dos primeros días, y durante los seis o nueve meses siguientes permaneció atada con una cuerda que sólo le permitía llegar al baño.

Fritzl le hizo escribir una carta dirigida a la madre en la que Elisabeth le anunciaba que había ingresado en una secta. Los primeros cinco años los pasó sola en el sótano, sin más visita que cuando el padre llegaba para abusar de ella.

De estos abusos nacieron seis hijos, tres de los cuales fueron autoenviados por Fritzl a la puerta de su casa: Liza, Monika y Alexander. Los bebés llegaban acompañados o bien de alguna carta que el padre había obligado a escribir a Elisabeth en las que pedía a Rosemarie que adoptaran a sus hijos porque ella no podía hacerse cargo de ellos; o bien al cabo de unos días sonaba el teléfono cuando se encontraba en casa Rosemarie, y Fritz desde otro lugar colocaba una cinta en la que ésta volvía a decir que se encontraba bien y que no la buscasen.

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Tres hijos de Elisabeth se criaron abajo sin conocer el sol; los otros tres arriba, sin saber que su madre estaba presa. La primera hija de Elisabeth nació en 1988. Se llama Kerstin. Dos años después nació Stefan. Ninguno de los dos salieron del búnker. Después llegaron Lisa (16 años), Monika (15) y Alexander (12), quien nació junto a otro gemelo. Pero el éste sólo vivió unos días. Para deshacerse del cadáver, Fritzl metió al niño en el horno.

Con su esposa Rosemarie hacía tiempo que Fritzl dejó de acostarse, según Christine R., cuñada de Fritzl. Pero con Elisabeth tuvo un último hijo hace sólo cinco años. Le pusieron Félix y quedó condenado a vivir en el sótano.

Cuando los policías entraron en aquel búnker de unos sesenta metros cuadrados y 1,70 de altura lo describieron como una cárcel pensada para niños. Dispone de lavadora, lavavajillas, baño, retrete y cocina. Tiene dos puertas de acero y hormigón; una de ellas al menos, escondida detrás de una estantería. Fritzl había ideado un mecanismo para abrirlas con un mando a distancia con un código secreto. ¿Pero qué les hubiese ocurrido a Elisabeth y a sus tres hijos si Fritzl hubiera muerto de forma repentina? ¿Habrían agonizado lentamente por desnutrición? Fritzl declaró a la policía que había ideado un mecanismo para que en caso de extrema urgencia se pudiese abrir desde dentro.

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En el sótano nunca entró un médico. Kerstin, la que nació hace 20 años, iba perdiendo poco a poco su dentadura. Sin embargo, los tres hermanos de arriba disfrutaban de todas las ventajas de la educación en un pueblo como Amstetten. “Lisa —la que tiene 16 años— es inteligentísima”, relata su compañero de clase y amigo, Sascha Robb. “Y además, buena persona. Siempre ayudaba a los demás”.

Una macabra rutina

La vida en Amstetten, como en tantas partes de este país de 8,2 millones de habitantes, se basa en el respeto y la confianza mutua. Los periódicos están disponibles desde primera hora de la mañana en unas bolsas de plástico que cuelgan de las farolas. Nadie vigila. Pero todo el mundo paga. Por la noche, los chavales de la edad de Kerstin salen a tomar una copa y a la entrada de los bares cuelgan sus chaquetas. Nadie cobra por vigilarlas. Cada uno sabe cuál es la suya. Los pasos de cebra son sagrados para el automovilista. Las adolescentes y los viejos circulan por la ciclorruta tarareando canciones. En la rueda de prensa que ofrecen las autoridades de la comarca, uno de los policías lee su declaración en inglés, en deferencia a los periodistas extranjeros. En el restaurante del hotel Axel no está permitido al batallón de periodistas que ha aterrizado en el pueblo trabajar con sus computadores. Para eso está la cafetería o el vestíbulo. Todo en Amstetten lleva el aroma inconfundible de la civilización.

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Fritzl bajaba cada mañana al sótano a las nueve. “Decía que estaba trabajando en planos de máquinas que vendía a una empresa, comenta Christine R. “A mi hermana Rosi le tenía prohibido bajar allí. Ni siquiera le estaba permitido llevarle café. A veces también pasaba la noche en el sótano. Ahora sabemos por qué”.

A la policía no le consta que abusara de los seis hijos que tuvo con Elisabeth ni de los otros seis que engendró con Rosemarie. “¿Por qué eligió a Elisabeth?”, la policía no lo sabe. Sólo repite que metió a su hija en el sótano porque quería protegerla de las drogas. La tortura pudo haberse prolongado mucho más tiempo si no es porque su hija y nieta Kerstin, de 20 años, se encontraba grave de una enfermedad cuya causa se desconoce. Fritzl accedió a llevarla al hospital. Los médicos observaron que Kerstin presentaba un cuadro clínico propio de quienes han nacido tras una relación incestuosa. Las autoridades sanitarias hicieron un llamamiento público en un canal local para que la madre de Kerstin se presentase en el hospital de Amstetten. Entonces la policía recibió una milagrosa llamada en la que alguien les anunció que Fritzl iría al hospital con su hija Elisabeth. Allí les detuvieron. ¿Quién realizó esa llamada? Los jefes policiales mantienen que no provenía de la casa de Fritzl.

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Cuando Stefan y Félix fueron rescatados, los niños apenas podían tolerar la luz del sol. Los médicos han contado que ambos se comunican entre sí con una especie de gruñidos animales y que el pequeño Félix, de cinco años, prefiere gatear a caminar. Al montarse en el coche de la policía dijeron que sólo los habían visto en las películas. Les impresionaban las luces del salpicadero y les asustaba la llamarada de los faros que venían de frente. Al ver el cielo, Félix preguntó a los policías: “¿Dios vive ahí arriba?”. Los testigos que presenciaron el reencuentro de Elisabeth con su madre Rosemarie afirman que estuvieron abrazadas durante mucho tiempo y que Elisabeth no se quería despegar de la madre. Ella había salido con el cabello completamente blanco y parecía casi de la misma edad de Rosemarie.

El sótano disponía de un televisor. ¿Pudo ver Elisabeth en ella cómo el 23 de agosto de 2006 escapaba la joven vienesa de 18 años Natascha Kampusch de su secuestrador después de haber pasado 10 años encerrada? ¿Intentaron Elisabeth y sus hijos escapar del sótano? El monstruo les advertía que si intentaban hacerlo se activaría un mecanismo con el que morirían gaseados.

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El terrible secreto que Josef Fritzl guardó durante un cuarto de siglo aún puede deparar más sorpresas. Pero la propia Natascha Kampusch ha declarado que lo mejor que puede hacer la sociedad por Elisabeth y sus hijos es respetar sus silencios.

Una macabra confesión

Austria no sale de la conmoción. Unas semanas después de conocer la historia de Josef Frizl, apareció otro hombre haciendo una horrible confesión. Einhard Steinbauer, un austríaco de 39 años, aseguró haber matado a cinco miembros de su familia con un hacha. El asesino comenzó su recorrido de horror y sangre en su casa familiar, en donde mató a su esposa, de 42 años, y a su hija, de 7 años. Luego se fue a otra población cercana y asesinó a sus padres y a su suegro. Con el hacha al hombro llegó a una estación de policía y confesó sus crímenes. El detenido confesó que planeó todo a finales de abril. No obstante, esperó unos días para escoger el momento propicio. Steinbauer visitó una tienda de herramientas y eligió el arma con que llevaría a cabo sus planes. Optó por un hacha, que compró por nueve euros, y luego de pasar un fin de semana tranquilo, los aniquiló a todos. Steinbauer dijo haber tapado a sus víctimas con sábanas “por razones de piedad”.

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Un cuento de hadas perverso

A los diez años de edad, Natacha Kampusch, una joven austriaca, vivió la vida de Caperucita Roja. Sólo que de forma macabra.

En 1998, mientras se dirigía al colegio, fue raptada por un técnico electricista que la escondió en el sótano de su casa. Ocho años después logró escapar por sus propios medios; el lobo de la historia se suicidó en las vías del tren.

Kampusch saltó a las primeras planas al comparecer esta semana en la demanda que su madre interpuso por calumnia: un juez la acusó de ser cómplice en el rapto.

Según el sicólogo del caso, la niña no fue víctima de abuso sexual.

28 años atrapada

Aunque el mundo ya conocía su historia, bastó con que el rostro de Josef Fritzl saliera en cada tabloide y en cada pantalla para que a Lydia Gouardo se le abalanzaran los medios como feligreses que buscan angustiados la iluminación.

En el diario Le Parisien, en la cadena radial RTL, la historia de esta francesa volvió a permear la mortificada memoria colectiva de sus conciudadanos. Y de nuevo, como lo hiciera en 1999, recitó uno de los relatos más vergonzosos de Francia en las últimas décadas.

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Los palabreros modernos lo bautizaron a la altura: la historia del monstruo de Francia.

Desde que tenía ocho años, Lydia Gouardo permaneció encerrada por su padrastro, Raymond Gouardo, bajo  la mirada permisiva e indolente de su madre.

Incontables veces fue violada y maltratada. Duraba meses atada, y cuando lograba liberarse sus muchos e infructuosos intentos de fuga eran seguidos con arremetidas furiosas de su captor. Raymond rociaba ácido clorhídrico sobre sus piernas y brazos, castigo suficientemente doloroso y atemorizante que la doblegó al dantesco cautiverio.

“Me violaba mañana, tarde y noche”, le confesó hace algunas semanas a la cadena radial RTL. “Mi madre simplemente me repetía que lo soportara”.

En incontables salidas al hospital para atender sus embarazos o las graves quemaduras causadas por el ácido, Lydia no llamó la atención de las enfermeras ni los médicos, sus vecinos o las autoridades. Al contrario, la familia Gouardo regresaba a su casa en la villa de Crecy-la-Chapelle, cerca de París, e impunemente seguían sometiendo a su hijastra a ese  suplicio.

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Al morir Raymond, en 1999, demacrada y curiosamente montaraz, Lydia apareció en los medios para contar su historia. Tras esto, su madre fue apresada y condenada a tres años de prisión, pena que fue ampliada en 2007. Le dieron cuatro años más  de cárcel, por no actuar en defensa de su hija.

 

Por Francisco Peregil/ Especial de El País, Amstetten

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