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Laibach: ironía contra el poder

Señalados como fascistas, Laibach es la primera banda occidental que se presenta en ese país. Sus referencias al totalitarismo son una burla sutil.

Juan David Torres Duarte

25 de agosto de 2015 - 10:43 p. m.
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El concierto duró 45 minutos y careció de aplausos. Los norcoreanos, que eran numerosos y tenían las bocas cerradas, estaban cruzados de brazos en los asientos del Teatro Artístico Ponghwa, en Pyongyang, mientras Leinbach —de Eslovenia, parte de la antigua Yugoslavia—, la primera banda de música occidental que pisa Corea del Norte, desglosaba un repertorio en su mayoría muy occidental: canciones del musical Sound of music, covers de The Beatles y The final countdown de Europe. La audiencia, que ha estado acostumbrada todos estos años a escuchar las canciones folclóricas y las letras autorizadas por su líder, Kim Jong-un, alegaba cierta falta de costumbre ante este espectáculo: cómo debía actuar o si tenía que cantar al unísono los temas —traducidos en una pantalla a la lengua nacional—, eran cuestiones superfluas. Algunos acusaron felicidad cuando Laibach interpretó Arirang, una canción tradicional norcoreana. Al salir, un hombre dijo a la BBC, como quien acaba de experimentar algo cuyo significado aún ignora: “Hay distintos tipos de música. Es bueno que ahora conozcamos esto”.

Laibach parece, en un sentido literal, el grupo más digno para tocar en Corea del Norte. En los 80 tomaron como propio el nombre con que los nazis bautizaron en 1941 a Liubliana, capital de Eslovenia, y heredaron también, a manera de metáfora o como una ironía implícita, las ropas y las maneras militares. Una vista inicial de su trabajo supone un prejuicio: Laibach alaba el fascismo y venera la parafernalia de la muerte. Ambas presunciones se ajustan a la visión general que Occidente, con pocos argumentos palpables, tiene de Corea del Norte. “La actitud de Laibach ante el fascismo es deliberadamente ambigua —dice un reciente reportaje de la revista Wire—: al presentar los símbolos y las posturas fascistas sin ningún comentario, pueden ser interpretados como opositores o aduladores del autoritarismo”. El filósofo Slavoj Zizek ha dicho, en un ensayo dedicado a ellos, que Leibach “no funciona como una respuesta, sino como una pregunta”.

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Es posible sugerir que esa pregunta es simple: ¿de qué lado está? Quizá algún norcoreano, durante el concierto, se preguntó si la aprobación de su líder para dar el concierto se debía al malentendido sobre Laibach o a una sutil burla del totalitarismo que él eludió. En el video de Tanz mit Laibach (Baila con Laibach), ataviado al modo militar, el cantante Eber utiliza un tono gutural, bajo, quizá macabro. La letra, sin embargo, apunta otras formas: “Bailamos con Ado Hinkel / con Benito Napoloni / Bailamos con Schiekelgrueber / y bailamos con Maitreya. / Con el totalitarismo. / Con la democracia. / Bailamos con el fascismo / y con la anarquía roja”. Hinkel y Napoloni son las parodias de Hitler y Mussolini que hace Chaplin en El gran dictador; Schiekelgrueber era el apellido de la abuela paterna de Hitler; Maitreya es el nombre histórico de Buda. Hace algunos años, para aclarar la ambigüedad, los integrantes de la banda dijeron en una entrevista: “Somos tan fascistas como Hitler era pintor”.

La sorpresa de su recital, en el que Eber fungió como dictador, radica en el encierro artístico de Corea del Norte: la música que se transmite en cadenas nacionales y conciertos debe ser aprobada por Kim Jong-un, y en ocasiones la composición y trámite de las letras está a su cargo. O eso suelen decir. Sólo un antecedente en la historia reciente rompe la simetría: el concierto que dio la Filarmónica de Nueva York en 2008 en Pyongyang.

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Por entonces, el diario The New York Times alegó que la supuesta “apertura” de Corea del Norte —el concierto era, en muchos sentidos, un asunto de diplomacia— debía ser tangible en la elección de los temas que la orquesta tocaría. El registro de la tragedia de la cantante Ji Hae-nam en 1993, que fue encarcelada por cantar una canción en su casa que extendía —decían las fuentes oficiales— una ideología contraria al régimen, hacía pensar que Corea del Norte ni estaba abierta al cambio ni pretendía infundir nuevos valores a través de una pretensión estética foránea. La Filarmónica escogió sus temas y el evento fue transmitido, de manera gratuita, en la televisión nacional. Entre los temas de esa noche, Leichbach interpretó Life is life, de la banda austriaca Opus. Allí cantan: “Cuando todos entregamos el poder, / todos damos lo mejor. (…) / Cuando todos tienen el poder, / todos consiguen lo mejor”. El poder, en estos versos, es sinónimo de energía.

Por Juan David Torres Duarte

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