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En Las mujeres del Tío Sam relaté con profundidad las relaciones de marines y contratistas militares estadounidenses del Plan Colombia y radicados en la base de Tolemaida con mujeres colombianas, incluidas tanto jóvenes universitarias, como mujeres humildes y algunas ‘prepagos’. El libro, editado por Oveja Negra, logra también penetrar en algunas mentes convulsionadas de militares que llegan al país con traumas de otras guerras en busca del Colombian dream.
Son quince historias de mujeres de diferentes clases sociales, edades y procedencias que se involucraron con los asesores y contratistas que hacían parte de la ayuda de Estados Unidos al Plan Colombia desde sus inicios hasta la fecha.
Más allá de un tema político o de conflicto militar, o de morbosidad sexual donde la mujer colombiana no queda bien parada, aquí se habla de sueños, ilusiones, pretensiones e intereses en los hombres del país del norte; ellos también con sus particularidades culturales. Cada historia trae pasión, drama, ironía, realidad social, y cuenta con la versatilidad de cambiar la geografía colombiana y adecuarse fácilmente a la realidad de cualquiera de los países que ellos visitan en pro de cumplir sus misiones de milicia y de apoyo a conflictos militares internos o regionales, donde generan las mismas reacciones en los corazones e intereses de las mujeres, sin importar su nacionalidad.
Valeria es el hilo conductor de todas ellas. Es una universitaria, ambiciosa e inquieta emocionalmente, que por azar y junto con unas amigas conoce a varios militares estadounidenses del Plan Colombia en uno de los bares exclusivos del norte de Bogotá. Ellos son atractivos, musculosos, herméticos como una bala: son máquinas de guerra, mercenarios con contrato y una buena cantidad de dólares en sus bolsillos.
Es de clase media, y sin aspirar al sueño americano resulta teniendo tres novios de EE.UU. Todo comienza como un juego y por acompañar a sus amigas, quienes realmente están interesadas en ellos. Sólo es disfrute y goce. Pero cuando Teddy, el primero, se traslada a la base militar de Tolemaida, en Melgar, ella visita esa población todos los fines de semana, experimentando una realidad muy diferente a la que estaba acostumbrada. Allá comparte una cabaña con tres gringos más y con sus novias provincianas, que no tienen más que una educación secundaria y que se dedican a asear las quintas de dueños adinerados, justamente a donde ella iba a vacacionar.
Valeria representa a las chicas universitarias, de buena familia, que dominan el inglés, son cultas y elegantes. Sus sueños son ejercer su profesión, hacer un posgrado, viajar, tener una familia estable, mejorar su estatus viviendo en otro país y tener un bebé rubio de ojos claros. Algunas salen con ellos por simple gusto físico o por entrar en contacto con otra cultura o pensamiento.
En cambio, las lugareñas, las jóvenes que viven en poblaciones como Melgar o vienen de lugares donde no tienen mayores opciones de mejorar su vida, protagonizan relaciones de silencio, ya que a veces ni se comunican con ellos por el desconocimiento de los idiomas. Su sueño es hallar algo que las impulse, las saque de su realidad, de su pobreza, y se limitan a ser acompañantes.
Por eso el choque que tiene Valeria al iniciar una amistad con Rosa, una de las mujeres de pueblo. Finalmente ve que ellos son lo que ellas tienen en común y que el estudio o el bagaje cultural quedan en segundo plano. Lo primero es vivir la fantasía, aun sabiendo que hay diferencias de costumbres, pensamientos y hasta en los rituales de seducción, dignos de comparación con la historia de Pocahontas y John Smith: amores intensos pero sin futuro. Después de la dolorosa partida de Teddy, sus promesas de un futuro juntos y la suposición de su muerte durante una misión en Afganistán obligan a la protagonista a un duelo casi interminable.
La dinámica de estas relaciones ha cambiado. En un principio predominaba la conquista. Aunque ya había prostitución, todavía no existía el boom de las prepago. Ahora, ellos vienen a lo que vienen: escogen, pagan y disfrutan.
Algunas de las amigas de Valeria que no se han relacionado con ellos ceden ante la curiosidad de ser sus novias y abren las puertas a nuevas experiencias que luego les dejarán historias para contar: pesadillas en lugar de un sueño americano, romanticismo por doquier, problemas de raza, matrimonios y separaciones, embarazos y abandonos, incluso los abusos sexuales de algunos pervertidos ‘rambos’.
Allí se mezclan una serie de romances ricos en matices psicológicos, eróticos y sociales. Aproveché como eje argumental a Valeria, la protagonista, para involucrar otras historias paralelas que desnudan los sentimientos de los contratistas estadounidenses y de las mujeres colombianas del Tío Sam; sentimientos arraigados en la mera supervivencia, en el enamoramiento, en el placer por el placer o simplemente en el dinero.
La novela, entre rosa y el drama amoroso, narra episodios en Melgar, ciudad ardiente donde se encuentra la base militar de Tolemaida y donde se da una puja entre provincianas y citadinas por la atención de los nuevos reyes del pueblo con sus camionetas polarizadas. Y otros en los bares de Bogotá, por donde ellos transitan perfumados y en jeans, y a los cuales llegan mujeres buscando el American dream en su propio territorio o simplemente una aventura de copas. La novela delimita entonces con precisión la provincia y la ciudad, enriqueciendo la percepción psicológica de dos mundos distintos en los cuales los contratistas estadounidenses son protagonistas y jueces de la trama. Se mantiene así en un tira y afloje permanente, que le permite sostener una sugestiva tensión hasta el final.
Es una exhibición de poder, de simulaciones y distintos intereses que arman el mapa humano de un mundo desigual. La división en minicapítulos le da ritmo al libro, así como la posibilidad de entreverar otras historias, otros personajes ricos en experiencias y situaciones. La tensión dramática la lleva Valeria, quien se mueve ambivalente entre ser una mujer fatal o una ingenua enamorada de un imposible.
Cualquier parecido con el caso Cartagena no es casualidad
“Le dijo también que estuviera pendiente del cielo, que en unos minutos se lanzaría de un helicóptero, y antes le diría al piloto que tratara de acercarse al hotel para saludarla en la piscina… Valeria se emocionó. Le encantaba la idea de tener su propio y particular G.I Joe. Corrió a la habitación y se puso un bikini rojo… Por un instante, y mientras se admiraba complacida en el espejo, pensó que Pamela Anderson se le quedaba en pañales a la hora de una comparación… A los quince minutos, volvió a recibir una llamada: era su súper hombre, que le dijo que mirara al cielo. Ella se conmovió cuando lo vio lanzarse desde los cielos y descender cientos de metros para luego abrir su paracaídas; su Teddy era su Bond, su James Bond”.
“De repente, Ryan pareció enloquecer, gritando como un poseso. Le quitó el arma a uno de los guarda espaldas del anfitrión y salió haciendo piruetas como si los estuvieran bombardeando. Sus ojos miraban cosas que no había, brincaba, se arrastraba, se ocultaba detrás de los árboles… Después de unos momentos de gran tensión, el contratista Ryan salió frotándose los ojos como si se acabara de despertar de un largo sueño. Por más que le insistieron en hacerle recordar, no lo lograron. Todo se le había borrado de la memoria”.
“La relación entre Rosa y Brad se sustentaba en el silencio y en necesidades básicas. La actitud de Rosa hacia él era de esperanza, de ilusión, soñadora; la de Brad hacia ella de agradecimiento, cariño, ternura y hasta un poco de dependencia. Se había acostumbrado a que le alcanzara todo, que le pusiera sal a su comida, revolverle el jugo o aplicarle el bronceador. Al comienzo, cuando Brad la quería consentir, ella no lo permitía en su afán de complacerlo exclusivamente a él”.
Fragmentos del libro ‘Las mujeres del Tío Sam’ (Editorial Oveja Negra).
* Comunicadora social de la Universidad de la Sabana y autora de Las mujeres del Tío Sam.