En su primera visita como presidenta electa al Palacio Presidencial de Planalto, Dilma Rousseff conversó largamente con Luiz Inácio Lula, quien desde el primero de enero de 2011 se convertirá en su predecesor en la jefatura de Estado de Brasil.
Después de la reunión con su copartidaria, Lula ofreció una rueda de prensa en la que se comprometió a dar ejemplo de lo que significa ser ex mandatario. "Un ex presidente no indica, no veta. Sólo puede dar consejos, pero siempre y cuando se lo pidan. El gobierno de Dilma tiene que tener la cara de Dilma”, aseguró el presidente, próximo a partir a Seúl, Corea del Sur, a la cumbre del G-20 donde Brasil buscará mediar en la guerra cambiara entre China y EE.UU .
Las declaraciones siguientes fueron la respuesta a uno de los mayores interrogantes que se formulan sobre el futuro político de Lula. “No aspiraré a la presidencia en 2014. A rey muerto, rey puesto”. Posteriormente sugirió que su salida del poder con el 80% de popularidad y el boyante momento de la economía de su país trazan el camino para cuatro años de un gobierno exitoso de Rousseff, quien a su juicio reunirá merecimientos para aspirar a una reelección.
Al terminar, Lula se dirigió a su sucesora, quien respondió con una sonrisa a las palabras de su mentor: “La pelota está en su campo, doña Dilma. Monte su equipo, que yo estaré en la gradería, con la camiseta de su club y aplaudiendo”.