Tomé la decisión de migrar a Estados Unidos cuando me ocurrió el suceso más desagradable de mi vida. Una noche de viernes salí con un amigo a tomar un par de cervezas y después de medianoche decidimos volver. Al llegar a mi casa, mientras nos despedíamos, yo vi por el retrovisor a dos hombres apuntando con un arma hacia el carro. Mi reacción fue decirle a mi amigo que arrancara, pero él no me creyó; entonces rompieron el vidrio, abrieron la puerta y nos pasaron para atrás.
Después de diez minutos de camino, lo bajaron a él del carro y a mí me llevaron. Me tuvieron secuestrada por un día, pero para mí fue un año. Fue la peor experiencia de mi vida. Fue tanto el trauma que fui a la Embajada de Estados Unidos para migrar a ese país, con tan mala suerte que me negaron la visa.
Pero era tanto el desespero, que tomé la decisión más difícil de mi vida: irme por el hueco. Para mi familia fue muy duro, pero me apoyaron. Volví a Bogotá a pedir visa para México, la obtuve y compré tiquete. Para mi papá fue tan duro, que decidió acompañarme en esa travesía y se fue conmigo. Un conocido nos contactó con alguien en México para cruzar la frontera.
Después de cruzar la barda nos detuvieron. Estuvimos un mes en la cárcel, y mientras tanto apelábamos la decisión de deportación argumentando lo que me había pasado en Colombia. Conseguimos un buen abogado y salimos bajo fianza. A partir de allí, estuvimos más de un año legalmente en Estados Unidos mientras un juez decidía si nos quedábamos o nos íbamos. Al final nos deportaron, pero fue un buen año, lleno de experiencias. Trabajé aunque no debía, conocí muy buenas personas y estuve con mi familia. Ahora estoy feliz en Colombia y la experiencia ya fue superada.