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Milagros en el infierno

El accidente de Spanair es la tragedia aeronáutica más importante de los últimos 25 años en España dejó 153 muertos y 19 heridos.

Diego Rubio Lince/ Especial para El Espectador,Madrid

22 de agosto de 2008 - 08:57 p. m.
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Cuando despertó, semiinconsciente, estaba rodeada de cuerpos todavía humeantes. Abrió los ojos con dificultad y, en medio de un calor insufrible, sólo alcanzó a oír el llanto de una niña, algunos gritos de auxilio y los gemidos de los pocos pasajeros del vuelo JK 5020 que habían sobrevivido al impacto.

Una hora antes del accidente, les contaría esa noche la colombiana Ligia Palomino a su madre y a su hermana gemela en el Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid, el piloto de la aerolínea Spanair había anunciado que el avión, un McDonnell Douglas 82, tenía un problema técnico. Por eso lo habían regresado al hangar del aeropuerto de Barajas de Madrid y, con los 162 pasajeros y los diez tripulantes a bordo, había permanecido parqueado durante 40 minutos antes de volver a la pista para iniciar el despegue.

En ese momento, contó a la emisora Cadena Ser Donovan Rubén, hijo de una de las víctimas, su padre pidió que lo bajaran, pero no lo dejaron pues las azafatas estaban cerrando las puertas y en pocos minutos iban a iniciar el vuelo a la ciudad de Las Palmas, en la isla de Gran Canaria. Tenía miedo. El capitán no quería despegar, según el joven, porque uno de los motores estaba dañado. “Cariño, te quiero, pero el avión está averiado. He pedido que me cambien de vuelo, pero estamos esperando”, leía al aire Rubén en el mensaje de texto que recibió minutos antes de la tragedia.

El aparato tomó carrera, alcanzó el punto de no retorno y se levantó unos 50 metros de la pista. Cuenta el diario El País que el avión se sacudió de repente. Que Ligia oyó un “ruido horrible”, agarró fuerte el brazo de su pareja, José, y salió disparada no sabe cómo ni a dónde. Perdió la conciencia. Tampoco sabe si pasó un segundo, un minuto o una hora desde ese momento hasta que la despertó la explosión de las 15 toneladas de queroseno con que iba cargado el avión, cuando una bola de fuego gigante amenazó con quemarlo todo.

Estaba tumbada frente a un cuerpo inmóvil y chamuscado. Lo miró. Palpó su cara. En un principio pensó que podía ser José, pero el reloj que llevaba el cadáver en la muñeca no era el suyo. Entonces gritó su nombre. Después el de su cuñada, Gema, que estaba en la octava fila del avión, una por delante de ellos. Nadie respondió. Los tres tenían planeado pasar una semana del verano en la playa y celebrar hoy el cumpleaños número 42 de Ligia.

Médica de profesión, intentó pararse por sí misma, pero se desplomó una vez tras otra hasta que se dio cuenta de que tenía roto el fémur. Entonces se quedó tirada sobre la tierra amarilla y reseca, tratando de protegerse de las llamas que ardían sobre los árboles y pastos cercanos; del calor que le cortaba la respiración y le nublaba los ojos. Lo que más le dolía, confesaría dos días después en el hospital al embajador de Colombia en España, Carlos Rodado Noriega, era no poder pararse para ayudar a la pequeña que lloraba a su lado.

Horas después del accidente, un miembro de los servicios de emergencia describió a la prensa que el panorama era “dantesco”; otro comunicó que no había más de 20 sobrevivientes; un guardia civil aseguró que se había sentido en el mismísimo “infierno”; y dos trabajadores del aeropuerto informaron a la televisión local que entre un mar de humo habían encontrado los cuerpos sin vida del capitán y una azafata.


Más de 20 ambulancias y 370 socorristas llegaron a Barajas. Uno de ellos, el bombero Francisco Martínez, rescató a tres niños: “Había uno que creía que se trataba de una película y preguntaba dónde estaba su padre". Se presume que ese pequeño es Jesús Alfredo Acosta, de ocho años e hijo de colombiano. Diecinueve de los 22 menores que viajaban en el avión de Spanair murieron, Jesús Alfredo sólo se fracturó una pierna.

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Tumbado en una cama del hospital Niño Jesús, sólo se le ve un raspón en la barbilla y una herida en el brazo. Milagro. El jueves recibió dos visitas: la del embajador Rodado, que lo describe como “listo, despierto y resistente”, y la de los príncipes de Asturias, Felipe y Letizia. Se siente bien, comentan quienes han hablado con él. Dos días después del siniestro, todavía bajo los efectos de la anestesia tras ser operado de la pierna, quería que lo llevaran a la piscina, jugar con Spiderman,  comer. El problema, creen los psicólogos que lo acompañan día y noche, llegará cuando se entere de que su papá, el costeño Alfredo Acosta Sierra, murió entre los hierros del avión; y que su mamá, la española Gregoria Mendiola, está en estado de coma.

Acosta, el padre, nació en la década de los 40 en Ciénaga (Magdalena), trabajó en Barranquilla y se radicó hace 20 años en España. Era administrador de empresas y vivía con su familia en Torralba de Calatrava, un pueblo de 3.000 habitantes en la provincia de Ciudad Real. Uno de sus dos hijos colombianos, Adriana, llamó el viernes desde Barranquilla a la embajada colombiana para avisar que ella y su hermano, que actualmente vive en Italia, ya se habían enterado de la funesta noticia.

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La otra colombiana que figura en la lista de fallecidos es Gladys Ospina. Nacida en Villavicencio pero de sangre paisa, Gladys, de 66 años, llegó a España en 1990 con su esposo, el español Pablo Enrique Sánchez. Vivían en Majadahonda, una localidad en la periferia madrileña. Ella era agente de seguros, él estaba jubilado. La pareja tuvo tres hijos: Liliana, Sandra y Enrique. Liliana vive actualmente en México, Sandra en Miami (Estados Unidos) y Enrique en Las Palmas de Gran Canaria.

Era a él a quien iban a visitar. Junto a él querían celebrar, el pasado viernes, el cumpleaños número 78 de Pablo Enrique. Minutos antes de la una y media de la tarde, hora en la que debía salir el vuelo, Gladys llamó a su hijo. Le comentó que el despegue estaba demorado y que se comunicaría con él cuando estuviera a punto de salir de Barajas. Nunca llamó.

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Apenas se enteró de la catástrofe que ocurría en Madrid, Enrique corrió al aeropuerto de Las Palmas y tomó el vuelo que Spanair tenía previsto para los familiares y amigos de los pasajeros del avión destruido. “Era trabajadora, bondadosa”, decía Enrique con la voz rota al lado de sus dos hermanas, camino a la casa donde vivían sus padres después de reconocer el cuerpo.

El viernes en la tarde, mientras la familia Sánchez Ospina repasaba devastada la habitación de Pablo Enrique y Gladys, Ligia Palomino se recuperaba en el hospital. Ella conoce muy bien los centros médicos, también los accidentes. Como parte del Servicio de Asistencia Municipal de Urgencia y Rescate de Madrid (Samur), ha tenido que atender emergencias tan brutales y aterradoras como la de la mañana del 11 de marzo de 2004, cuando casi 200 personas murieron en una serie de atentados en la estación de trenes de Atocha, en Madrid.

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Y fueron justamente sus compañeros de trabajo los que la rescataron del aparato en llamas, relataría esa noche, con la cara moreteada y el brazo vendado, a algunos periodistas que llegaron hasta la habitación 306 del hospital. Contaría que estaba tendida en una camilla cuando vio a uno de sus colegas. “¡Soy yo!”, le dijo al socorrista que, entre las lágrimas y la incredulidad, la reconoció.

Camino al hospital en una de las ambulancias en las que ella suele montarse como doctora, alguien le prestó un celular para llamar a Fernanda. Acto seguido, su hermana gemela habló con su madre, la periodista Ligia Riveros, quien se exilió en España hace 20 años, tras una cadena de amenazas en Colombia. Era increíble. Estaba a salvo. Estaba lúcida. Estaba tranquila.

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Así, mientras los medios de comunicación de todo el mundo sumaban muertos a sus titulares hasta llegar a 153, y el pabellón número seis de Ifema (el Corferias madrileño) se transformaba en tanatorio para el reconocimiento de los cadáveres, Fernanda aparecía en televisión hablando acelerada de un “milagro”. Pero no todo era alegría: José, la pareja de Ligia, permanecía el viernes estable tras sufrir una lesión en las vértebras y Gema, la cuñada, no había sido reconocida aún entre las víctimas mortales.

Hoy las gemelas cumplen 42 años. En Madrid, por estos días una ciudad triste y de luto, celebrarán que las dos están vivas; que Ligia, la colombiana que por poco sale ilesa del accidente en el que murieron más de un centenar y medio de personas, es uno de los prodigios que sobrevivieron al infierno.

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Gobierno contra Spanair

La ministra de Fomento de España, Magdalena Álvarez, criticó a la aerolínea por no informar oportunamente a las familias de los pasajeros del vuelo accidentado sobre la suerte de los suyos. En declaraciones a la cadena de televisión española La Sexta, la ministra señaló que el Gobierno había estado tratando de que Spanair le facilitara la lista “porque era información necesaria. Era su obligación y no lo hicieron bien”. De igual forma lo hizo el presidente del Gobierno de Canarias luego de una reunión en el Palacio de la Moncloa (casa de gobierno de España) con el presidente Rodríguez Zapatero, al decir que Spanair no había estado “a la altura de las circunstancias”.

La tragedia de Avianca en Barajas

Es la referencia anterior de duelo que tienen los medios para el accidente de la aerolínea Spanair en el aeropuerto madrileño de Barajas.

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A lo largo de la semana, los diarios y noticieros españoles han titulado “El peor accidente aéreo en 25 años”. Y es que el 27 de noviembre de 1983 el vuelo AV-011 de Avianca, un Boeing 747 de matrícula HK-2910, se estrelló antes de llegar a la pista 33 del Aeropuerto Internacional de Barajas, con un saldo de 181 muertos de los 192 pasajeros, entre ellos la reconocida crítica de arte  Martha Traba.

Según el reporte oficial del Ministerio de Fomento español, “la tripulación realizó el vuelo después de tres días de descanso en París”.

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El informe dice que “se realizaron las operaciones normales de prevuelo y recibieron la información meteorológica”. Sin embargo, antes de llegar a la pista, en la población de Mejorada del Campo, el avión cayó a una velocidad de 262 km/h e inmediatamente quedó reducido a escombros.

Por Diego Rubio Lince/ Especial para El Espectador,Madrid

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