Para salir mejores de esta crisis es necesario que recuperemos el saber que tenemos de un destino común como pueblo. La pandemia nos recuerda que nadie puede salvarse solo.
Existe entre nosotros un lazo que nos une y que llamamos comúnmente solidaridad. La solidaridad es más que actos de generosidad, aunque estos son importantes; es la invitación a abrazar la realidad unidos por lazos de reciprocidad. Sobre esta base sólida podremos construir un futuro mejor, diferente y humano.
Lamentablemente, esta es una perspectiva ausente en las narrativas políticas contemporáneas, ya sean liberales o populistas. La visión predominante en la política occidental considera a la sociedad poco más que un conjunto de intereses que coexisten y sospecha del lenguaje que valora los lazos de la comunidad y la cultura. Por otro lado, se encuentran también visiones (por ejemplo, los diversos populismos) que deforman el significado de la palabra “pueblo” al vincularlo con ideologías que se enfocan en supuestos enemigos, internos y externos.
Si una visión ensalza y promueve al individuo atomizado dejando poco espacio para la fraternidad y la solidaridad, la otra reduce al pueblo a una masa sin rostro que dice representar. Es interesante notar cómo las corrientes neoliberales han buscado marginar del escenario político cualquier debate significativo sobre el bien común y el destino universal de los bienes.
De hecho, la promesa que promueven es, esencialmente, la gestión eficaz de un mercado y un mínimo control gubernamental. El problema radica en que, cuando el objetivo principal de la economía se centra en el lucro, nos olvidamos con facilidad de que los recursos de la tierra son para todos y no para unos pocos.
El afán obsesivo por el lucro debilita las instituciones, capaces de proteger a los pueblos de los intereses económicos egoístas y de la excesiva concentración de poder. Los crecientes conflictos sociales se nutren, en gran medida, de la inequidad y la injusticia, pero su causa subyacente radica en el deterioro de los vínculos de pertenencia. Una sociedad atomizada nunca puede estar en paz consigo misma porque es ciega ante los efectos sociales de la iniquidad. La fraternidad hoy es nuestra nueva frontera.
Cuando se concibe al individuo únicamente en relación con el Estado y el mercado, como un individuo radicalmente autónomo, tales movimientos liberales miran con recelo las instituciones y las tradiciones. Sin embargo, aunque de modo encubierto, existe un “instinto” (llamémoslo así), por el cual la mayoría de las personas anhelan profundamente a la familia, a la comunidad y a la historia de sus pueblos.
Es en las instituciones mediadoras de la sociedad -comenzando con la familia- y no en el mercado, donde las personas encuentran un sentido para sus vidas y aprenden las dimensiones de confianza y de solidaridad. Por eso me preocupa una cierta cultura mediática que busca desarraigar especialmente a las jóvenes generaciones de sus más ricas tradiciones, despojándolas de su historia, de su cultura y de su patrimonio religioso.
Una persona desarraigada es muy fácil de dominar.
Las convicciones religiosas y de otra índole ofrecen perspectivas únicas sobre el mundo; son fuentes de bien. Generan convicciones -de solidaridad y servicio- que pueden fortalecer a la sociedad en su conjunto. Son lugares de reconciliación donde las personas experimentan lo que el mercado nunca les podrá dar: su valor como personas, en lugar de un mero valor como empleados o consumidores.
En un diálogo de tipo sinodal, personas de distintas instituciones y convicciones diferentes pueden ser capaces de crear armonías sorprendentes. Los desacuerdos de naturaleza filosófica o teológica -entre credos o entre grupos seculares y gente de fe- no son obstáculos para unirse y trabajar por metas compartidas, siempre y cuando los involucrados compartan la inquietud por el bien común. Hay rigidez y fundamentalismo en algunas instituciones, es cierto, pero generalmente estas no participan de este tipo de diálogo.
El modelo laissez-faire, centrado en el mercado, confunde fines y medios. En vez de verse como una fuente de dignidad, el trabajo se vuelve un mero medio de producción; el lucro se convierte en la meta en vez de un medio para alcanzar bienes mayores. Y desde aquí podemos terminar suscribiendo el trágico error de que todo aquello que es bueno para el mercado es bueno para la sociedad.
No critico al mercado per se. Denuncio el escenario, demasiado frecuente, donde la ética y la economía se desacoplan. Y critico la idea, notoriamente ficticia, de que permitir a la riqueza deambular descontroladamente creará prosperidad para todos.
Si miramos a nuestro alrededor, vemos que esto es falso: librados a sus propios medios, los mercados han generado inmensa desigualdad y enormes daños ecológicos. Una vez que el capital se convierte en un ídolo que gobierna el sistema socioeconómico, nos esclaviza, nos enfrenta unos con otros, excluye a los pobres y pone en peligro al planeta que todos compartimos.
No es de extrañar que Basilio de Cesarea, uno de los primeros teólogos de la Iglesia, llamara al dinero “el estiércol del diablo”. Por eso, una economía neoliberal termina sin otro objetivo real más allá que el crecimiento. Sin embargo, las fuerzas del mercado no pueden por sí mismas lograr la meta que ahora necesitamos: regenerar el entorno natural viviendo de una manera más sustentable y sobria, al mismo tiempo que cubrir las necesidades de los que hasta ahora fueron dañados o excluidos de ese modelo socioeconómico. A menos que aceptemos un principio de solidaridad entre los pueblos, no saldremos mejores de esta crisis.
El mercado es una herramienta para el intercambio y la circulación de bienes, para establecer relaciones que nos permitan crecer y prosperar, y para ampliar nuestras oportunidades. Pero los mercados no se gobiernan a sí mismos. Necesitan estar cimentados en leyes y regulaciones que aseguren su desempeño en función del bien común. El libre mercado de ninguna manera es libre para una enorme cantidad de personas, sobre todo para los pobres, quienes en la práctica terminan teniendo pocas o nulas opciones. Por eso san Juan Pablo II hablaba de economía social de mercado; al incluir el término “social”, abría el mercado a la dimensión comunitaria.
Cuando hablo de solidaridad me refiero a mucho más que la promoción de obras filantrópicas o el financiamiento de la asistencia para aquellos que salen perdiendo. Porque la solidaridad no es compartir las migajas de la mesa, sino hacer, en la mesa, lugar para todos. La dignidad de los pueblos es un llamado a la comunión: compartir y multiplicar los bienes y la participación de todos y para todos.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial, sello Plaza & Janés.