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¿Podrá España confrontar el pasado de su Guerra Civil? (I)

Ese país sigue en vilo el controvertido proceso de exhumación de los restos de Federico García Lorca.

Jon Lee Anderson

03 de octubre de 2009 - 04:00 p. m.
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En la ciudad andaluza de Granada, pasando los terraplenes boscosos de la Alhambra, un pequeño sendero que conduce al cementerio sube por la montaña. La tierra es de un rojo intenso y crudo, y los viejos árboles de olivo que lo intercalan son verdes y grises. La pared que circunda el cementerio es alta, larga, del mismo color rojo de la tierra y está coronada con una tosca teja de barro. A veinte pies de la esquina suroccidental, sobre los ladrillos de la pared, se divisan agujeros del tamaño de un huevo. Estas marcas fueron causadas por impactos de bala. En el verano de 1936, día tras día, más de mil personas fueron llevadas en camiones abiertos al cementerio para ser fusiladas por pelotones de fusilamiento contra esa pared. Los turistas americanos que se estaban alojando en los pequeños hoteles ubicados más abajo sobre el sendero más tarde contaron el horror de ser despertados por el chirrido de los cambios de los camiones y minutos más tarde al escuchar la ráfaga de tiros. El 16 de agosto, treinta personas fueron fusiladas en el cementerio, mientras que abajo, en la ciudad, el poeta Federico García Lorca era arrestado. Dos días más tarde, Lorca también fue asesinado junto a dos toreros y un profesor.

Lorca era bien parecido, de cabello oscuro y un caminar curioso y definido, que lo hacía instantáneamente reconocible en su Granada natal. Formaba parte de la élite local, su padre era un adinerado terrateniente granadino. Sin embargo, dentro de esta ciudad conservadora de provincia, la familia también tenía vínculos con la República Española y sus valores liberales; una de las hermanas de Lorca estaba casada con el alcalde socialista de Granada, quien fue uno de los treinta fusilados ese 16 de agosto.

Tras la publicación de su romancero Baladas gitanas, en 1928, y su obra trágica Bodas de Sangre, en 1932, Lorca se había convertido en el más reconocido poeta y dramaturgo de España. Dentro de sus amigos más cercanos se encontraban Salvador Dalí, con quien mantuvo un tórrido romance, y el director de cine Luis Buñuel. Lorca había estado de gira por España desde 1931 con su grupo de teatro La Barraca, auspiciado por el Ministerio de Educación de la República. A sus treinta y ocho años, casi que abiertamente homosexual, Lorca era una figura visible para los simpatizantes republicanos. En el verano de 1936, eso era suficiente para ser asesinado.

Franco vs. Garzón

El 17 de julio de 1938, el general Francisco Franco, de cuarenta y tres años, emprendió una rebelión militar contra el gobierno izquierdista español. Tres días más tarde una camarilla de oficiales del ejército tomó control de Granada. La guerra civil que sobrevino duró tres años, y durante ésta Franco y sus Falangistas ultranacionalistas, quienes recibieron ayuda de Hitler y Mussolini, asesinaron a más de medio millón de españoles antes de que la República finalmente sucumbiera. En abril de 1939 Franco oficialmente declaró su dictadura, la cual se mantuvo hasta su muerte, en 1975.

Recientemente, una tarde visité el viejo cementerio y encontré que el campo de ejecución estaba desierto, pero un racimo de rosas rojas yacía marchito junto a la pared, bajo un grupo de impactos de bala. Los impactos estaban a lo que sería la altura de la ingle de un hombre de pie. Lo comenté a mi compañero, Juan Antonio Díaz, un profesor de filología alemana e inglesa de la Universidad de Granada. —No si estabas de rodillas, comentó, allí te darían en la cabeza. Un momento después maldijo, apuntando a un espacio en blanco sobre la pared. —Se han llevado la placa. Sabía que lo harían. Unos meses atrás, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Granada, de la cual Díaz era miembro, había colocado una pequeña placa que decía: “En memoria de las víctimas del Franquismo que murieron en este lugar”. Sin ella, no había indicios que algo dramático o histórico hubiera jamás allí sucedido.

La tumba de Lorca, ubicada a la vera del camino, junto a un pueblo cercano, también llevaba tiempo sin marca alguna. Él, junto con los toreros y el profesor, fueron enterrados allí apresurada y secretamente. El historiador irlandés Ian Gibson, quien se convirtió en biógrafo de Lorca, identificó la posible ubicación de la tumba en 1966; sin embargo, los cuerpos permanecieron donde los habían dejado sus asesinos. Luego, a finales del año pasado, el juez español Baltasar Garzón ordenó la exhumación del cuerpo de Lorca.

Garzón es famoso por encontrar nuevas maneras para utilizar la ley en aras de la justicia histórica. En 1998 invocó los estatutos internacionales para asegurar el arresto del ex dictador chileno Augusto Pinochet. En abril pasado dio inicio a una investigación formal sobre las torturas de Bahía Guantánamo. Su orden de exhumación fue vista como un reto histórico al silencio que sobre los años de Franco ha regido en España, la primera investigación oficial acerca de la represión causada por la dictadura. No obstante, desató una fuerte polémica en el interior del país.

El problema radica en que aunque la Guerra Civil terminó hace setenta años, los vencedores y los vencidos nunca se han reconciliado realmente. El conflicto permanece vivo de las maneras más inesperadas. Junto con la orden de exhumación de Garzón, apareció la noticia de que los parientes de Lorca, sus sobrinos y sobrinas, se oponían a la misma. De hecho, lo habían mencionado con anterioridad, pero sólo ante esta situación cobró importancia. En un lacónico comunicado de prensa dijeron: “Reiteramos nuestro deseo, tan legítimo como el de otros familiares, que los restos de Federico García Lorca reposen para siempre donde están”. Para muchos españoles esto es incomprensible y dio pie para todo tipo de rumores —que la familia sentía vergüenza de su homosexualidad; que ya lo habían exhumado privadamente y vuelto a enterrar en otro lugar—. Los familiares de Lorca habían declarado que querían a toda costa evitar un “espectáculo mediático”, pero por el contrario se encontraron luchando por su cuerpo.

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Hasta la muerte de Franco un libro de texto titulado El Parvulito formaba parte de los textos de preescolar en España. En este libro, para niños de cuatro y cinco años, se presentaba la Guerra Civil en una página titulada “El alzamiento nacional”. Debajo de un dibujo donde se representa un soldado portando una bayoneta se lee: “Hace varios años España estaba muy mal gobernada. Todos los días había tiros por las calles y se quemaban iglesias. Para acabar con todo esto, Franco se sublevó con el ejército y después de tres años de guerra logró echar de nuestra Patria a sus enemigos. Los españoles nombraron a Franco jefe o caudillo y desde el año 1936 gobierna gloriosamente España”.

Entre los años de 1939 y 1947 más de cuatrocientos mil españoles fueron recluidos en campos de concentración. En las siguientes tres décadas la persecución de españoles por motivos políticos continuó y miles fueron ejecutados por pelotones de fusilamiento y con garrote. Medio millón de españoles abandonaron su patria. En la atenuada y nerviosa “glasnost” o apertura que caracterizó la transición a la democracia luego de la muerte de Franco, los políticos adoptaron la medida de no mirar atrás. En 1977, el Parlamento español aprobó una ley de amnistía que fue conocida como el Pacto del Olvido, con la cual se sellaba el pasado.

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Contra el olvido

Así se mantuvieron las cosas hasta hace diez años, cuando los grupos de “memoria histórica”, formados por los descendientes de republicanos, comunistas y anarquistas asesinados comenzaron a exhumar sus cuerpos. Las actividades de estos grupos de memoria inspiraron un cabildo nacional que buscaba desafiar el pasado español. Sin embargo, el gobierno conservador del Partido Popular, a quien pertenecía José María Aznar, quien estuvo en el poder entre 1996 y 2004, rechazó dichas demandas. Aznar fue sucedido por el socialista José Luis Zapatero y para 2007 el Parlamento español aprobó la Ley de Memoria Histórica, la cual obligaba al Estado a apoyar la exhumación de miles de fosas comunes. La ley también otorgaba ciudadanía a los descendientes de españoles republicanos obligados a abandonar el país entre los años de 1936 y 1955. Se aprobaron las aplicaciones de más de un millón de personas, la mayoría de ellos latinoamericanos, y entre ellos casi doscientos mil cubanos. En febrero se expidieron los primeros pasaportes.

A pesar de la ley, la mayoría de fosas comunes en España permanecen sin exhumar. Maribel Brenes, historiadora y presidenta de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Granada, preparó un mapa donde se señalan, en la provincia de Granada únicamente, ciento veinticinco fosas, las cuales se estima contienen 12 mil víctimas. Su motivación no es de índole personal, tanto así que uno de sus abuelos luchó junto a Franco. “No es un tema de venganza, es para documentar la historia. Nosotros los españoles somos hipócritas. Hicimos un alboroto por lo que Pinochet hizo en Suramérica, pero aquí nadie ha hecho nada por nuestros desaparecidos”, comenta.

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En octubre pasado, en respuesta a una petición presentada por 13 asociaciones de memoria histórica, Baltasar Garzón declaró a Franco y a otras 32 personas como culpables de crímenes contra la humanidad; “un plan sistemático y preconcebido para la eliminación de oponentes políticos logrado mediante la tortura, el exilio, las desapariciones forzosas y el genocidio”. Se contabilizaron más de 114 mil víctimas. Al declarar la amnistía de 1977 como nula en relación con las violaciones de los derechos humanos, Garzón ordenó la exhumación de 19 fosas comunes, entre las cuales se encontraba la que presuntamente contiene los restos de Lorca.

Emilio Silva, fundador del Movimiento de Memoria Histórica en España, llamó la orden de Garzón “la condena del Franquismo, aquella que el Parlamento español no ha sido capaz de llevar a cabo”. Sin embargo, Garzón también inspira rabia. El ex presidente Aznar, cuyo padre y abuelo ambos lucharon junto a Franco, habló críticamente de aquellas personas que buscan “destruir” España. Luego Javier Zaragoza, fiscal general de España, radicó una apelación en contra de la orden impuesta por Garzón, retando su jurisdicción y acusándolo de llevar a cabo una “inquisición”.

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Zaragoza logró un alto temporal de las exhumaciones. Si su apelación era aprobada, lo cual era una posibilidad real, la investigación de Garzón moriría. Garzón respondió con una acción arriesgada y preventiva. El 18 de noviembre repentinamente anunció que cerraba el caso federal y referiría los casos de los crímenes identificados a las cortes de provincia. Al hacer esto permitía que las investigaciones continuaran, sin embargo, era claro que se había topado con un obstáculo. Dos días más tarde, en el aniversario 32 de la muerte de Franco, en una habitación sobre el techo de un centro cultural en Madrid, aproximadamente 50 personas se reunieron para ofrecer apoyo a Garzón. Una anciana, quien había estado recluida en uno de los campos de concentración en la época de Franco, expresó su apoyo, al igual que Ian Gibson. El cantautor valenciano Paco Ibáñez, famoso por dar música a los versos de Lorca, se levantó y cantó.

Luego, junto con Ibáñez y Fanny Rubio, una poetisa quien había ayudado a organizar la reunión, fui a una reunión con Garzón en Riofrío, en un café cruzando la calle de la Audiencia Nacional, centro de la Corte Suprema española. Nos ubicamos en un reservado esquinero. Unos minutos más tarde llegó Garzón, acompañado de uno de sus guardaespaldas (el grupo separatista Eta lo ha amenazado de asesinato: un complot, revelado la semana pasada tenía como protagonista una botella de coñac envenenada). El guardaespaldas, vestido con guardapolvo, se ubicó a unos metros de Garzón. Garzón, con sus 53 años y su distintivo mechón gris, pidió un té de manzanilla y menta. Por razones jurídicas no podía hablar conmigo directamente sobre el caso, pero me permitió acompañarlo en su conversación con Ibáñez y Rubio.

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Garzón comentó que se había encontrado solo ante las altas cortes, sin aliados. Los altos oficiales del gobierno socialista pensaban que había ido demasiado lejos y no estaban dispuestos a apoyarlo. La batalla no estaba perdida; al transferir los casos a las cortes de provincia se generaba un efecto multiplicador. Ya no estaba solo. A través del país los jueces serían obligados a llevar a cabo las investigaciones correspondientes y hacerlo seriamente sin importar sus creencias personales. Una vez presentado el crimen, serían obligados a analizar toda la evidencia disponible, incluidas las fosas comunes. Había logrado la multiplicación de miles de Lorcas.


“¿Y qué sucede con los familiares de Lorca, quienes se niegan a exhumarlo?”, preguntó Ibáñez.

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“Imagina que soy un juez de investigación. Me indican que hay una casa donde se encuentra un cuerpo enterrado en el sótano. Cuando doy la orden de exhumación la familia que vive en la casa me dice: ‘No puede, es nuestro tío y queremos que su cuerpo quede allí’. ¿Lo debo dejar allí simplemente porque me lo han pedido?”.

Reportero de grandes hechos y grandes personajes

Jon Lee Anderson nació en California, Estados Unidos, en 1957. Comenzó su trabajo periodístico en el semanario The Lima Times en 1979 y retratando la realidad del llamado tercer mundo se hizo visible a través de la prestigiosa revista The New Yorker. Además de crónicas y reportajes, aparecidos en medios como The New York Times, Financial Times, The Guardian, El País, Harper’s, Time, The Nation, Life, Le Monde, Diario Clarín, El Espectador, ha publicado los siguientes libros: Al Interior de la Liga (1986), sobre la Liga Mundial Anticomunista y sus vinculaciones en América Latina con los escuadrones de la muerte; Zonas de Guerra: voces de los campos de matanza del mundo (1987), testimonios de cinco guerras; Guerrillas (1992), sobre El Salvador, Sahara Occidental, Gaza, Afganistán y Birmania; Che Guevara: una vida revolucionaria (1997); La tumba del león: partes de guerra desde Afganistán (2002), y La caída de Bagdad (2004), sobre la guerra de Irak. Ha visitado Colombia para dictar talleres en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en Cartagena y también en El Espectador, así como para participar en el Festival anual de la revista El Malpensante.

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Zalamea: la conexión colombiana de  García Lorca

“Jorge Zalamea es un muchacho colombiano, inteligente y frágil, nacido en Bogotá en 1905, que abriga una desmedida pasión por Goethe y quiere ser escritor. Con el tiempo logrará su propósito. No se sabe cómo o cuándo Lorca conoció a Zalamea. pero ya por 1928 su relación es estrecha. Lorca le había escrito poco después de su regreso a Granada el 2 de agosto. Una segunda carta revela que la celebridad del poeta, que crece ahora a pasos agigantados gracias al fenomenal éxito del Primer romancero gitano, empezaba a preocuparlo seriamente. ‘Quiero y retequiero mi intimidad. Si le temo a la fama estúpida es por esto precisamente’, escribe a Zalamea.

En Vida pasión y muerte de Federico García Lorca (1998), p. 323, Ian Gibson nos pone de presente el estrecho vínculo que unió a García Lorca con Zalamea. Esa cercana amistad, de 1928 a agosto de 1936, hasta el momento del asesinato del poeta por los franquistas, muestra ya la amplia dimensión universal en que la figura de Zalamea se situó, desde sus comienzos. Zalamea muy joven había dejado atrás su parroquial Colombia y se había lanzado por los caminos del mundo. Unas palabras de Lorca dirigidas a Zalamea en una carta son reveladoras: ‘No quiero que me venzan. Tú no debes dejarte vencer’. Zalamea, por más avatares, caídas y dramas, siempre fue fiel, hasta el final, a su vocación de escritor”. Extractos de un ensayo de Juan Gustavo Cobo Borda.

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 * Espere el próximo domingo la segunda parte de este reportaje: ‘La visita al Valle de los caídos’ y la versión de la familia de Lorca. Este texto fue publicado en inglés por la revista ‘The New Yorker’.

Por Jon Lee Anderson

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