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Hace 17 años, tras una minuciosa inspección oficial a las basuras que producía un apartamento de Lima, agentes especiales de la Policía peruana capturaron a un antiguo profesor universitario de Filosofía que, en los años 70, había partido a la selva para crear un grupo guerrillero. Su nombre era Abimael Guzmán.
Con todos los bombos y platillos que requería la ocasión, el gobierno de Alberto Fujimori mostró ante las cámaras de televisión del mundo a un hombre de abundante barba canosa, cabello enmarañado, gafas oscuras y vestido como un preso de película. Era el mismo que había causado la muerte de más de 35.000 personas en las décadas en que estuvo al frente de los ataques armados de Sendero Luminoso.
Ese día, en septiembre de 1992, los camarógrafos y periodistas presentes, más ocupados en gritarle insultos, no repararon en la advertencia que el líder senderista lanzaba con un dedo acusador: “Algunos piensan que vendrán derrotas, sueñan. Y les decimos: ‘Sigan soñando’. Esto es simplemente un recodo en el camino, nada más. El camino es largo”.
Las palabras de Guzmán, conocido también como Presidente Gonzalo, se fueron olvidando. Del temible guerrillero, que fue confinado a un base naval en El Callao, condenado a cadena perpetua por un tribunal militar y aislado por completo, la prensa peruana no volvió a acordarse sino hasta esta semana, después de que Alfredo Crespo, su abogado, presentara el libro De puño y letra, una selección de escritos de Guzmán que despertó la furia del Ejecutivo.
“Una de las cosas que tenemos que pedir es que se proceda inmediatamente a la incautación del libro”, dijo Aurelio Pastor, ministro de Justicia de Perú, a una emisora de radio local, y también anunció que interpondría una demanda por apología del terrorismo a los promotores de la publicación.
En pocas horas, actuando con extraordinaria prontitud, la Procuraduría Antiterrorista demandó a Crespo y a Carmen Huaya, la mujer que leyó en la presentación del libro una carta escrita por la compañera sentimental de Guzmán, Elena Iparraguirre, en la que aseguró que la lucha armada del antiguo comandante, hoy de 75 años, había terminado.
Empecinado en esta labor, Julio Galindo, titular de esa institución, se dedicó a escudriñar el pasado de los acusados y encontró una perla: Walter Villanueva, editor de De puño y letra, había sido condenado en 1995 a 15 años de cárcel y a pagar una multa de US$1.700.
En diálogo con El Espectador, el escritor Santiago Roncagliolo, quien siguió los pasos de Guzmán y escribió el reportaje La cuarta espada, explica que, con su estrategia, el gobierno peruano está siguiendo el juego del ex líder guerrillero. “Él siempre ha planteado trampas al Estado, y ésta es una más. Toda acción que tome el gobierno dará más atención e importancia a un hombre que hasta ahora estaba silenciosamente sepultado en una prisión”, señala.
Todo este escándalo estalla en el momento menos indicado, cuando la reactivación militar de Sendero Luminoso, acusado de dejar a un lado la ideología para aliarse con narcotraficantes, ha llevado al gobierno a revelar que no tiene los hombres necesarios para combatirlo.
De momento, la cruzada del Ejecutivo contra el libro deja insólitos beneficiarios. “Todos quieren el libro de Abimael Guzmán. Me llaman y me dicen que ya se acabó”, reveló Villanueva a la emisora Radioprogramas del Perú, y de paso agradeció al gobierno por disparar las ventas.