Por naturaleza un Tomás dubitativo, debí haber desconfiado de los síntomas cuando me sometí a una “experiencia de conversión” hace 20 años. Algo estaba fuera de órbita, el resplandor interior de certeza absoluta, el vertiginoso sentido de estar con la gran marejada de amigos no creyentes. Porque mi experiencia de conversión fue al ateísmo. Hubo, de hecho, varios momentos de epifanía, pero uno de los más dramáticos ocurrió en el púlpito de una iglesia.
En St. Mary-le-Bow, en la ciudad de Londres, existen dos púlpitos y durante décadas se han utilizado para organizar diálogos a la hora del almuerzo. Acababa yo de publicar una biografía de C. S. Lewis (autor de Las crónicas de Narnia, quien se convirtió al cristianismo, luego de ser ateo por muchos años), y el párroco de St. Mary-le-Bow, Victor Stock, me invitó a participar en uno de esos intercambios. La memoria edita, y quizá distorsiona, los puntos principales de la discusión. La memoria dice que mientras el padre Stock me preguntaba sobre Lewis, comencé a “testificar”, denunciando la defensa muscular de Lewis de las creencias religiosas.
Mucho más de mi gusto, dije, había sido la aproximación del arzobispo de Canterbury Michael Ramsey, cuya biografía acababa de leer. Un joven sacerdote atormentado lo había venido a visitar para decirle que había perdido su fe en Dios. La respuesta de Ramsey fue un largo silencio seguido de una repetición del mantra: “No importa, no importa”. Le dijo al sacerdote que continuara rindiendo culto a Jesús en los sacramentos y que la fe regresaría. “¡Pero!”, exclamó el padre Stock. “¡Si ese sacerdote era yo!”.
Como muchas de las cosas que dijo este hombre divertido, ésta alborotó al público. Pero algo me mantenía en control, y pensaba (¿lo dije lo suficientemente fuerte?): “Claro que importa. Justamente una batalla como la de Lord Tennyson no es algo bueno…”.
Puedo recordar que casi gritaba que la lectura de Mere Christianity de Lewis me había hecho un no creyente —no sólo en la versión de cristianismo de Lewis, sino en el cristianismo mismo—. Entonces comprendí que luego de una vida asistiendo a la iglesia, todo el castillo de naipes había colapsado para mí —el sentido de la presencia de Dios en la vida y la noción de que existiera cualquier tipo de Dios, ni hablar de un Dios caritativo, en este mundo brutal y desagradable—.
En cuanto a Jesús como fundador del cristianismo, esa idea me parecía absolutamente absurda. Porque por mucho que se pueda discutir sobre Jesús a partir de los documentos existentes, él creía que el mundo estaba a punto de acabarse, como todos los primeros cristianos. Entonces, ¿cómo podía siquiera tener la intención de iniciar una nueva religión para gentiles, por no hablar de establecer una iglesia o instituir los sacramentos? Era un sinsentido, como también la idea de un Dios personificado o un Dios amoroso en un universo lleno de sufrimientos. Absurdo, absurdo, absurdo.
Fue tal el alivio de desecharlo todo que, durante meses, levitaba. Por esos días, el Independent (periódico inglés en el que trabajaba) me envió a entrevistar al evangelista Billy Graham, quien comandaba una misión en Syracuse, Nueva York, antes de uno de sus viajes a Inglaterra. La pauta en estos encuentros era la misma de siempre. El viejo ídolo hablaba. El coro evangelista cantaba alguna afectuosa cancioncilla, y luego los conversos bajaban a los pasillos para comprometerse con la nueva fe.
Parte del brillo estaba, con seguridad, en saber que no eran parte de una gran comunidad de creyentes. Como un vacilante y dubitativo hombre religioso, nunca había entendido lo que sentían. Pero como un ateo renacido, ahora sabía exactamente las satisfacciones que estaban en oferta.
Por primera vez en mis 38 años, al fin estaba del lado de mi propia generación. Me había vuelto uno de los Billy Grahamites, solamente que al revés. Si me topaba con Richard Dawkins (un viejo colega de los días en Oxford) o si cenaba en Washington con Christopher Hitchens (como lo hice tanto en ese viaje para entrevistar a Billy Graham como en otros más), no tenía que sentir temor.
Hitchens estaba emocionado de saludar a un nuevo converso de su no-credo y me sometió a un catecismo antes de descorchar un extraordinario claret: “¿Así que nada de Dios?”. “No”, pude contestar con afán moonista. “¿Nada de vida futura, nada del ‘más allá’?”. “No”, respondí obediente.
¡Por fin! Podía integrarme en el credo compartido por tantos (¿la mayoría?) de mis contemporáneos inteligentes en el mundo occidental: que los hombres y mujeres son puros seres materiales (cualquier cosa que eso signifique), que “esto es todo lo que existe”, que Dios, Jesús y la religión son una sarta de mentiras; y peor que eso, la causa de muchos (no, hombre, libérese), de la mayoría (por qué se detiene, vamos) de todos los problemas del mundo, de Jerusalén a Belfast, de Washington a Islamabad.
Mi temperamento dubitativo, sin embargo, me hizo un ateo poco convincente. Y poco convencido. Esta creencia de que la religión puede ser despachada con un par de argumentos fuertes (descritos en los magníficos Diálogos sobre religión natural por David Hume) y luego echarse a reír me acompañó durante algunos años. Cuando me veía tambaleando, regresaba a Hume para estabilizarme, como un católico que cuando tiene dudas regresa al relicario de un santo particular para sostenerse mientras la primavera de la fe está seca.
Pero la religión, una vez el resplandor de la conversión se había apagado, no es un asunto de argumentos solamente. Envuelve a la persona como un todo. Por lo tanto, me sentía ahogado, una y otra vez, ante el reconocimiento desconcertante de que tanta gente que había admirado y amado, tanto en la vida como en los libros, había sido creyente. Leyendo La vida de Mahatma Ghandi, de Louis Fisher, seguida de la propia autobiografía de Ghandi, La historia de mis experimentos con la verdad, me pareció imposible no darse cuenta de que todo en la vida, todo lo que es, deriva de Dios, como Ghandi dio su vida por demostrarlo.
Por supuesto, hay argumentos que pueden hacernos dudar del amor de Dios. Pero una vida como la de Ghandi, que estuvo enfocada a Dios tan profundamente, me recordó todas las cualidades humanas que han de ser negadas si uno se embarca en el desolado y confuso credo de un ateo materialista. Es un poco como tratar de afirmar que la música es una aberración y que, si bien Bach y Beethoven son muy impresionantes, uno está mejor si carece de un sentido musical. Con todo lo atractivo y placentero que era David Hume, ¿confrontó las complejidades de la existencia humana con la misma profundidad de su contemporáneo Samuel Johnson, y era para mí igual de interesante?
Ver morir a un grupo amplio de amigos y a mi propia madre durante un corto período de tiempo me convenció de que las “explicaciones” puramente materialistas de nuestra misteriosa existencia humana sencillamente no lo logran —en un nivel intelectual—. El fenómeno del lenguaje, solamente, debe llevarnos a una pausa. Un materialista darwiniano cenaba conmigo hace unos años y nos reíamos aludiendo a cómo, con el paso de los años, uno olvida los nombres. Ansioso, como son casi siempre los darwinianos comprometidos, por manifestarse en todo momento, mi amigo aseguró: “Es porque cuando éramos simples monos antropoides no había necesidad de distinguirnos dando nombres”.
Esta confesión de credo me sorprendió, pues es tan supersticiosa como creer en la historicidad del arca de Noé. Más que eso, en realidad. ¿Realmente creen los materialistas que el lenguaje simplemente “evolucionó”, como los picos de los pinzones, o es sencillamente que nunca han pensado el tema de manera racional? ¿Dónde está la evidencia? ¿Cómo pudo suceder que seres humanos se pusieran todos de acuerdo en que un gruñido particular estuviera cargado de connotaciones particulares? ¿Cómo pudo suceder que grupos de antropoides desarrollaran la magnífica complejidad morfológica de una sola frase, por no hablar del misterio de toda la gramática que ha atraído a Chomsky y otros lingüistas desde tiempos inmemorables?
No, la existencia del lenguaje es uno de los muchos fenómenos —de los cuales el amor y la música son los más fuertes— que sugieren que los seres humanos son mucho más que una colección de carnes. Estos fenómenos me convencen de que somos seres espirituales y de que la religión que profesa la encarnación, es decir, que Dios hizo la humanidad de su propia imagen, simplemente es la verdad. Como un anteproyecto en construcción para la vida, una plantilla contra la cual evaluar la experiencia, casa perfecto.
Durante unos años me resistí a admitir que la experiencia de mi conversión al ateísmo había sido una especie de síndrome de los 40. Encuentro difícil expresar pensamientos sobre la religión. Sigo siendo el tipo de persona que apaga la radio cuando suena el “Pensamiento del día”. Me da vergüenza confesar que seguí los consejos que le dio hace todos esos años un arzobispo prudente a un joven desconcertado: que los momentos en los que falle la fe “no importan” y que si uno regresa a practicar la fe, la fe sí volverá.
Cuando pienso en mis amigos ateos, incluido mi padre, me parecen personas que no tienen buen oído para la música o que nunca han estado enamorados. No es que (como creen ellos) hayan destapado el fraude tremendo de la religión —eso hacen los profetas cada generación— sino que se están perdiendo de un concepto que no es tan difícil de captar. Tal vez sea demasiado obvio para entender; obvio como los amantes sienten que era obvio que deberían encontrarse, u obvio como la resolución final de una fuga.
No he mencionado la moralidad, pero una cosa que puso fin a mis aspiraciones de ser no-creyente fue escribir un libro sobre la familia Wagner y la Alemania de los nazis, que me hizo caer en la cuenta de qué tan incoherentes eran los desvaríos neo-darwinianos de Hitler y qué tan potente era la oposición, en gran parte hecha por cristianos, que fue pagada no con una clara victoria intelectual, sino con sangre. Lean el libro La ética, de Pastor Bonhoeffer, y pregúntense en qué tipo de mundo loco creen los que opinan que la ética es un concepto puramente humano. Piensen en la serenidad de Bonhoeffer antes de ser colgado, aunque estaba enamorado y con todo un camino por delante.
Mi partida de la fe fue como una conversión en la vía hacia Damasco. Mi vuelta fue lenta, vacilante, dudosa. Así será para siempre; pero sé que nunca cometeré de nuevo el mismo error. Gilbert Ryle, con una absurdidad pedante, llamó a Dios “un error de categoría”. Pero el verdadero error de categoría que hacen los ateos no se trata de Dios, sino del ser humano. Diríjanse a la Charla de la mesa, de Samuel Taylor Coleridge: “Lea el primer capítulo del Génesis sin prejuicios y estará convencido de una vez por todas… ‘El Señor hizo el hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de la vida’ ”. Y luego agrega Coleridge: “Y el hombre se convirtió en un alma viva”. El materialismo nunca será capaz de explicar esas últimas palabras”.
* Novelista, poeta y biógrafo inglés. Este artículo se publicó originalmente en la revista británica ‘New Statesman’.