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Pero apenas dos meses después de asumir el cargo de su padre, el nuevo líder Kim Jong-un tiene que voltear el programa de la nación: suspenderá el enriquecimiento de uranio y las pruebas con misiles de largo alcance para obtener 240 mil toneladas de asistencia alimentaria de EE.UU.
Se trata de un nuevo pico en una crisis de alimentos que azota al país desde 1990. Antes de ese año, los arrozales norcoreanos fueron fértiles, gracias a una maquinaria agrícola subsidiada principalmente por la URSS y China. Pero con la desintegración de la Unión Soviética y la eliminación de los subsidios chinos, la nación quedó sin recursos para garantizar la seguridad alimentaria.
Luego, inundaciones provocadas por la deforestación impidieron la recuperación de las cosechas. Entre 1995 y 1999 murieron de hambre cerca de dos millones de norcoreanos. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU denunciaba que el 60% de los niños menores de siete años estaban atrofiados física o mentalmente debido a la desnutrición. Mientras tanto, el entonces mandatario, Kim Jong-il, financiaba la investigación para fabricar la bomba atómica y proclamaba la “autosuficiencia” del país.
La situación no mejoró en la última década. Se presentaron más inundaciones y recortes de la ayuda internacional (como la de EE.UU., en 2009). La hambruna volvió a tocar extremos a finales de 2011. Mientras en las pantallas del mundo aparecía el majestuoso funeral de Kim Jong-il, la ONU advertía que seis millones de personas —un cuarto de la población— necesitaban urgentemente ayuda alimentaria.
El PMA añadió que las reservas del Sistema de Distribución Pública estaban casi agotadas. Para junio, las raciones de cereal eran de 150 gramos por persona al día —un cuarto de la ración que el gobierno buscaba ofrecer—.
La decisión del nuevo líder norcoreano busca evitar una mortandad mayor a expensas de los avances nucleares que han sido el orgullo del régimen desde su fundación. Está por verse si el pacto marca o no el inicio de una etapa de negociaciones con EE.UU.