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¿Por qué nada cambia después del "juicio del siglo” al "Chapo" Guzmán?

Al tiempo que se formaliza la segura condena a cadena perpetua del narcotraficante Joaquín Guzmán, se publica el libro “El Chapo Guzmán: el juicio del siglo”, escrito por Alejandra Ibarra Chaoul, periodista mexicana que cubrió el evento. Adelantamos el prólogo del editor de la revista que denunció al capo.

Ismael Bojórquez Perea * / Especial para El Espectador

16 de julio de 2019 - 02:19 p. m.
La Fiscalía de EE. UU. pidió cadena perpetua más 30 años de cárcel para Joaquín “el Chapo” Guzmán, acusado de dirigir una empresa criminal a través del cartel mexicano de Sinaloa. Había sido extraditado a EE. UU. en 2017. / EFE
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Fue a principios de enero cuando nos avisaron. El juicio en Brooklyn estaba generando fricciones entre Ismael Zambada García y los hijos de Joaquín Guzmán Loera. Era una pregunta que me hacían con frecuencia los medios nacionales. Qué está pasando en Sinaloa, cómo está impactando el juicio en la tierra de los más grandes capos que ha parido este país, en la cuna del cartel de Sinaloa, la plaza del Chapo. Todo está tranquilo por acá, les decía. Y estaba. Por lo menos durante las primeras semanas de haber iniciado el juicio. Después no. Según nuestras fuentes, luego de las declaraciones de su hijo Vicente Zambada, el Mayo se comunicó con los hijos del Chapo, Iván Guzmán Salazar y su hermano Alfredo. Les pidió que le enviaran un mensaje a su padre, que debía declararse culpable, que ya no tenía salida y que quería ayudar a su hijo para que saliera pronto.

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El Vicentillo fue extraditado en febrero de 2010 y después de un largo jaloneo entre los fiscales y su defensa, el acusado alegó una figura legal que se llama “autoridad pública” y que supuestamente le otorgaba inmunidad contra actos criminales. No hay que olvidar que dos horas antes de ser detenido en Ciudad de México, en 2009, Vicente había estado en una reunión con dos agentes de la DEA en el hotel María Isabel Sheraton, ubicado a un costado de la Embajada de Estados Unidos. Vaya coincidencia. (Más: Al "Chapo" le confiscarían más de 12 mil millones de dólares)

Tenía acusaciones en cortes federales de Washington y Chicago y, aunque terminó declarándose culpable, llegó a un acuerdo con los fiscales y los jueces para obtener una sentencia mínima a cambio de cooperar con la justicia norteamericana. Por eso estaba ahí Vicente frente al Chapo, su socio, su compadre, su amigo, señalándolo en un acto de congruencia criminal. “Bisnes son bisnes”.

No debió gustarles mucho la petición a los Chapitos. Respetan al Mayo. Son familias que históricamente han colaborado. Han estado fusil con fusil en las más sangrientas guerras con los otros carteles de la droga. Han hecho dinero juntas y han creado imperios en México y otros países. Pero se trataba del padre, de su padre en el banquillo de una corte gringa, todo el peso de las pruebas encima, testimonios que vendieron su alma al diablo para alivianar el peso de sus propios procesos judiciales. (Más: El narco colombiano que fue clave en el juicio).

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No le respondieron o quizás un “lo veremos”. Días después Ismael Zambada los citó en alguna de sus guaridas y no fueron por desconfianza. Las cosas se tensionaron. Por el contrario, Iván y Alfredo decidieron prepararse para una discrepancia mayor, y una de las primeras medidas fue hacerse por la fuerza de 200 vehículos adicionales, principalmente camionetas. No se apreciaba mucho en la superficie, pero se percibía que algo muy turbio se movía en los túneles de la ciudad.

Siempre estuvimos pulsando reacciones en Culiacán durante el juicio. Algo podía pasar, decíamos. La atención que en Sinaloa se le prestó estaba determinada por muchos factores: la fuerza mediática del acusado y hasta el cariño y la admiración que muchas y muchos sienten por él, los personajes que gravitaban en torno suyo -principalmente los testimonios-, la historia del narco, el interés por la información que ahora fluiría en la corte… y especialmente la cobertura que estaba haciendo RíoDoce a través de Alejandra Ibarra Chaoul, quien, con recursos mínimos, estuvo a la altura, en calidad y tiempo, de los más importantes medios y periodistas internacionales.

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Los testimonios más importantes eran de aquí y todos habían sido parte de un mismo equipo criminal. Jesús Reynaldo Zambada, el Rey, también sujeto a proceso en una corte de Chicago, dijo cosas insólitas de su compadre el Chapo. Lo mismo Vicente Zambada. Y Dámaso López Núñez, quien desvió la atención del crimen del periodista sinaloense Javier Valdez hacia otros móviles y otros autores intelectuales.

Fue como estar en una gran carpa. Jeffrey Lichtman, uno de los abogados del Chapo, aseguró, desde el arranque del juicio, que su cliente no era el líder del cartel de Sinaloa, sino el Mayo Zambada. Y en una declaración insólita, afirmó que Guzmán Loera era un chivo expiatorio y que el gobierno mexicano defiende a Ismael Zambada porque los expresidentes Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón habían recibido sobornos del cartel, en particular de Zambada García. Con ello la defensa sembraba a futuro, germinara o no la semilla.

La declaración del Rey Zambada fue, en sí, una crónica fabulosa de lo que ha hecho el cartel de Sinaloa en los últimos lustros, bajo el liderazgo de su hermano y del Chapo, y que Alejandra recoge de manera precisa en este libro con la chispa de una reportera que tiene la virtud de estar haciendo sus pininos en el periodismo, lo cual brinda la ventaja de una mirada nueva que parece estar descubriendo el mundo apenas. Y por ello no se le escapa nada y ningún dato es desechable.

Siempre se ha dicho y especulado sobre la gran corrupción que impera en las esferas del gobierno cuando se habla de narcotráfico, pero que lo haya declarado y sostenido con lujo de detalles un hombre como el Rey Zambada, durante el juicio más importante del siglo hasta ahora, era sencillamente espectacular. Igual la narración que hizo de los asesinatos cometidos contra líderes de otros carteles, socios, subalternos y jefes policiacos.

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El hermano del Mayo, extraditado a EE. UU. en 2012, hizo una relatoría pormenorizada de cómo funciona el cartel, sus relaciones entre los diferentes líderes, la compra de favores a gobernadores, jefes policiacos y militares, a funcionarios de la PGR, incluso a la Interpol.

Y para que no dudaran, él mismo desdobló su testimonio. Aceptó, en una de las sesiones en la corte, que había llegado a un acuerdo -no precisó la fecha- con el gobierno norteamericano, porque quería reducir su condena; dijo que había aceptado colaborar con los gringos a cambio de la benevolencia del juez. Por ello la seguridad con la que hablaba, como quien responde un cuestionario con un “acordeón” en la mano. Y por ello también la “familiaridad” del Rey con los fiscales y el juez, con quienes intercambió algunos juegos verbales.

La crónica que Alejandra Ibarra nos presenta aquí cubre las 11 semanas que duró el juicio por donde desfilaron 56 testigos, todos acusando al hombre de La Tuna, Badiraguato, ante su mirada casi siempre atónita, comprensiva a veces, pero nunca fría. Siempre en la sala Emma Coronel (su esposa), el Chapo parecía fugarse, ahora en sueños con la madre de sus gemelas, mientras el juicio rodaba como una cinta que por momentos parecía inacabable.

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Porque todo fue montado como para un espectáculo donde el cerrojo fue que la DEA publicó un video de los momentos en que Joaquín Guzmán Loera es trasladado de México a Estados Unidos y donde da a entender que está asustado y llorando. Horas antes el jurado había dado su veredicto unánime en todos los cargos que le imputaron: “Culpable”. El Chapo vivía uno de los momentos más angustiosos de su vida, la madre de sus hijas a solo unos metros de distancia pero inalcanzable, más allá de Plutón.

No había dudas para los que siguieron el juicio ni para el jurado: el Chapo Guzmán era realmente el monstruo que el propio gobierno norteamericano había construido durante lustros, el “enemigo público número uno”, el gran capo de las drogas en el mundo, un despiadado, un asesino, un violador, envenenador de hombres y mujeres, niños; corruptor de autoridades e instituciones, de gobiernos.

El Chapo fue el Meursault de Brooklyn. Llegó un momento en el que no se sabía si lo estaban acusando de narcotraficante o de insensible. En El extranjero, de Camus, Meursault no es juzgado por haber matado a un árabe en un arranque de locura, sino por no haber llorado por la muerte de su madre y de haberse tomado un vaso de leche cuando tenía el cuerpo tendido a un metro de distancia. Como el Chapo, tampoco se defendió y fue sentenciado a la horca.

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En la corte de Brooklyn se montó una ceremonia para demostrar que el hombre que estaba en el banquillo no era aquel héroe de las montañas que daba trabajo, que ayudaba y defendía a la gente, que invertía y creaba empleos; que no era el ídolo por el cual miles de hombres y mujeres, la mayoría jóvenes, marcharon por las calles de Sinaloa en 2014 para exigir que fuera liberado, una vez que fue reaprehendido en Mazatlán. Que ese hombrecillo de traje y corbata de utilería, mirando siempre a Emma Coronel con los ojos inyectados por el desvelo y la desesperanza, de 1,64 m de estatura y 62 años a cuestas, al momento de terminar este libro, era en realidad un pequeño monstruo.

El juicio del Chapo Guzmán fueron muchos juicios. En el banquillo de los acusados estuvieron sus sociosprincipalmente Ismael Zambada. También sus hijos. Pero, principalmente, el gobierno mexicano, varios generales del ejército, gobernadores, policías, políticos, el país entero. Y del lado del bien, inmaculados e intocables, los norteamericanos, la corte que lo juzga, el fiscal que lo acusa, el juez que dará la sentencia, la DEA, el ICE, el Departamento del Tesoro…

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Fue como una obra teatral donde se trataba de representar al bien y al mal, y el lugar que cada cual ocupa en la conciencia colectiva. El Chapo con su imperio de muerte donde caben todos menos ellos. Y ellos convertidos en la gran espada de Damocles decidiendo como dioses no si la dejaban caer.

Luego sabremos por qué el Chapo Guzmán no apeló a figuras legales como la llamada “autoridad pública”, que hubiera, sin duda, sellado el juicio, como fue el caso de Vicente Zambada. Y entonces todo se hubiera cocinado en los sótanos de la corte. Y por qué la estrategia de Guzmán Loera fue frontal. Nunca se declaró culpable de los cargos, pero llegado el momento se rehusó a hablar y a defenderse.

El juicio y el destino del Chapo fueron muy distintos al del Vicentillo, a pesar de que se encuentran juntos en varios procesos; tenían que ser distintos y del tamaño del monstruo mediático que los mismos gringos ayudaron a crear. Por eso fue también un juicio moral donde debía quedar claro que si en EE. UU. mueren decenas de miles de adictos al año no es por las políticas prohibicionistas del gobierno central que imperan desde principios del siglo pasado -y porque el mismo gobierno estadounidense desde entonces se ha beneficiado de la política “contra” las drogas-, sino porque en el resto del mundo existen infiernos como México y Colombia que generan demonios como el Chapo todos los días y que hay que conjurar. Nada cambiará en EE. UU. después de este juicio, o nada parece estar cambiando, como bien concluye Alejandra Ibarra y lo cual suscribo sin reservas. Absolutamente nada. La droga seguirá llegando a sus calles y a sus barrios umbrosos, a sus grandes mansiones, a sus fiestas y bacanales, a sus escuelas. Desgraciadamente.

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¿Y qué pasará en México después de este espectáculo circense lleno de fieras esposadas y domadores de paja? Nada. Tampoco pasará nada. México seguirá siendo por muchos años más la gran plataforma, el gran trampolín para que la droga llegue al suelo norteamericano, esa enorme, creciente y penosa alberca de adictos a las drogas. Pero eso no se discutió en el juicio porque no estaba en cuestión la moral gringa, sino la nuestra. Bien dijo Gabriel García Márquez cuando juzgaron a Bill Clinton por haberse enredado con una becaria, que “el puritanismo es un vicio insaciable que se alimenta de su propia mierda”. Y eso es lo que se evidenció en el juicio contra el Chapo.

El Chapo Guzmán: el juicio del siglo es la crónica contada por los propios protagonistas del crimen organizado en América en los últimos 30 años, fuentes inapelables de carne y hueso; pero también el gran reportaje de una joven periodista que se encontró de pronto ante la disyuntiva de saltar o no sin red, escrito con objetividad, pero también con una mirada que vaga entre el aturdimiento y la fascinación.

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* Editor en jefe del semanario mexicano “RíoDoce”, de Sinaloa, Premio a la Libertad de Prensa 2019 de Reporteros Sin Fronteras.
Este texto se publica por Cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.

 

Testimonio de la autora: “En el lugar correcto, en el momento indicado”

Alejandra Ibarra Chaoul *

Llegué a cubrir el juicio contra el Chapo Guzmán —como todas las cosas buenas en la vida— por estar en el lugar correcto en el momento indicado. Había visto a Ismael Bojórquez, director de Ríodoce, un par de veces en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, donde trabajaba como becaria. En ambos casos coincidimos en eventos que trataban el tema de la violencia contra periodistas en México. Una semana antes de que empezara el juicio le escribí para pedirle información sobre Javier Valdez Cárdenas, cofundador del semanario que dirigía, para un proyecto sobre periodistas asesinados en México. A Javier lo mataron saliendo de las oficinas de Ríodoce en 2017. “Deberías estar cubriendo el juicio del Chapo para nosotros”, me dijo ese día entre tantas cosas. Era una de esas oportunidades que solo se dan una vez en la vida. Le dije que sí, intentando sonar casual mientras trataba de contener mi emoción.

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Representar a Ríodoce entre la prensa nacional e internacional me confirió enorme respeto y durante toda la cobertura fue un honor portar el gafete con su nombre. El día que entré a la sala 8D de la corte federal de Nueva York, en Brooklyn, supe que ese evento cambiaría mi vida. Pero antes de que eso sucediera, lo único que sabía del Chapo Guzmán era lo siguiente: Joaquín Archivaldo Guzmán Loera fue extraditado a Estados Unidos el 19 de enero de 2017. Un día después, el 20 de enero, se declaró no culpable. Ese mismo día, Donald John Trump se convirtió en el presidente número 45 del mismo país, después de una campaña memorable, entre otras cosas, por sus incendiarios comentarios racistas en contra de los mexicanos.

Anteriormente, el gobierno mexicano había negado la extradición de uno de los narcos más célebres del mundo después de su captura, la madrugada del 22 de febrero de 2014, en el condominio Miramar, sobre el malecón de la ciudad costera de Mazatlán, en Sinaloa. Me acuerdo particularmente de este suceso, me quedé todo el día pasmada viendo lo que pasaba en Twitter sin dar crédito a lo que leía y sin entender que todos a mi alrededor siguieran tan tranquilos. Era la segunda vez que las autoridades mexicanas atrapaban a Guzmán Loera, y era también la segunda vez que serían incapaces de retenerlo.

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Años antes, en junio de 1993, el sinaloense había sido capturado en Guatemala. Tras su primer arresto, después de una estancia breve en la prisión del Altiplano, permaneció en la prisión de máxima seguridad de Puente Grande, Jalisco, hasta el 19 de enero de 2001, cuando escapó —según la versión oficial— en un carrito de lavandería. Días antes, a finales de diciembre de 2000, el Senado de la República había aprobado el Protocolo al Tratado de Extradición entre los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América, que entraría en vigor el 21 de mayo de 2001. Parecía, a todas luces, que el Chapo sabía bien cuándo y de quién escapar. En 2014, después de su segunda captura, Guzmán Loera fue enviado al Penal Federal del Altiplano, también de máxima seguridad, en Almoloya, estado de México. Ahí estaría hasta el 11 de julio del año siguiente, cuando escapó de forma célebre por un túnel.

* Estuvo en el juicio contra Joaquín el “Chapo” Guzmán como corresponsal para “Ríodoce”. También ha investigado para “The New Yorker” y “Univisión”. Es politóloga y maestra en Periodismo de investigación en la Universidad de Columbia en Nueva York. Fundó y dirige “Luchadores de la democracia”, un archivo que conserva los trabajos de los periodistas asesinados en México.

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Por Ismael Bojórquez Perea * / Especial para El Espectador

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